DE PASO Y REPASO
Johnny Ventura más allá de las razones

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MARIVELL CONTRERAS
Un día como hoy hace unos años, no voy a decir cuántos, mi hermano Marlón me llevó a la primera gran fiesta que fui. Era 24 de octubre y unos días más tarde, yo cumpliría mis 15 años.  Recuerdo que era domingo, como hoy y recuerdo también que era en el famoso y viejo Típico Boronga.

En esa época ese bar de sillas de guano y techo de cana, lucía remozado.  Habían sustituido los alambres de púas con que cercaban la hermosa área verde llena de cocoteros y matas de mangos por una cerca más elegante de palitos pintados, con una entrada para los carros y ya uno no podía ver a todos los que estaban sentados en sus mecedoras bajo los paragüitas que ahora se dividían entre los que la cana les llegaba hasta abajo, como falda larga y los que se dejaban ver las piernas como minifaldas.

Es que tenía un nuevo propietario y un nuevo administrador.  El administrador se llamaba Aliro Caro y era por todos conocido que era socio en ese negocio del merenguero Johnny Ventura, quien además tenía una finca en las cercanías de nuestro Monte Plata.

Hasta entonces yo no había visto a este artista más que en carátulas de long play, algunas en blanco y negro y otras a full color, ni había tenido la oportunidad de bailar con una orquesta famosa.

Recuerdo que estrenaba varias experiencias juntas.  El pelo suelto, no desrizado, sino con suaves ondas sobre mis hombros.  Un conjunto de blusa de arandelas y minifalda azul con rayitas gruesas en diversos colores.  Y ese cierto aire de superioridad que sentimos las mujeres cuando nos encontramos en ese umbral que es para nosotras la adultez y que no es más que el comienzo de la traumática adolescencia.

Bueno, pues esa tarde conocí a Johnny Ventura.  Le presentía cuando no le miraba mientras movía mi pelo y mis caderas encandilada por su música y por el repentino descubrimiento del deseo en los ojos de varios de los que pretendieron y lograron bailar conmigo.

Cierro los ojos y me veo emulándolo en “amagar y no dar”.  Me rememoro sintiéndome en ese momento como la “muchacha bonita de los algodones”, bailando como el pingüino y evocando mi infancia de pies descalzos en que el radio de Arcadio nos llevaba a mí y a mi amiga Moreja hasta la casa de Marisa a disfrutarnos con el paso del ave palmípeda e intentando encoger nuestros brazos y mover así, nuestros pies.

Recuerdo que estaba sonando en la radio nacional, ojalá no sea esta una buena pista para calcular los años, “Las indias de Baní” y también cómo nos parábamos y continuábamos bailando con frenesí cuando El Caballo Ventura cantaba “en siendo mujer bonita todas me gustan a mí, sean vegana o santiaguera o San Pedro de Macorís” y la algarabía femenina cuando sustituía a la mujer puertoplateña por “una monteplateña”.

En ese momento de delirio colectivo, de calor y sudor a raudales, se selló lo que se había venido engendrando en mí desde que mami me sentaba en una silla a esperar que terminara sus labores de limpieza donde su compadre Gonzalo (Tropicana) o de su también compadre –qué cosas las de antes– Ernesto (donde se hizo popular la leche batida con vino tinto y canela).

No me recuerdo bailando de niña La agarradera, pero sí intentando mover las piernas frente al televisor mientras asumía como mi héroe artístico a Elvys Presley, sin saber que estaba cercana la hora en que tendría que sustituir al ídolo de Memphis  –al que ni siquiera sabía que le doblaban la voz para sus películas en blanco y negro y español- por uno negro y pata larga al que le “brotaba miel por los poros”.

Este fenómeno nunca lo dudé.  Se le notaba en el sudor que no caía y en la forma en que nos empalagaba de su ánimo y alegría.

He tenido la dicha de conocer al caballero que está detrás del Caballo Mayor.  He tenido la oportunidad de oír voces que lo elogian como artistas y otras que lo enlodan como persona y nada ha podido manchar la verdad de su obra. Tan cierta y sólida que ni él, ni nadie ha podido con ella.

Basta con que lo veamos moverse y decir “ajᔠpara que el merengue que corre por nuestra sangre se despierte.  El ánimo se levante.  La alegría aparezca y la razón se pierda. 

Los dominicanos no tenemos razones para querer a Johnny, es que Johnny es parte fundamental de nuestra formación y nuestra identidad. 

Aunque no tengamos ninguna anécdota en torno suyo.  Todas las cosas que nos pasaron mientras escuchábamos su merengue allá en el fondo, se quemaron en el disco duro de nuestro corazón para siempre.