De personaje a personaje

COSETTE ALVAREZ
El pasado martes 16 de noviembre, asistí al homenaje a Juan Bosch que organizara su fundación con motivo del tercer aniversario de su muerte. Ya les he contado que don Juan fue un gran amigo de mi abuela paterna que se llamaba como yo y, como yo, fue madre soltera. En más de una época lo traté de cerca. Sentí por él mucho cariño, mucho respeto y un buen nivel de admiración, aunque no de adoración ni veneración, a lo que no soy dada. Aparte de eso, en los inicios de la gestión anterior del PLD, estando don Juan vivo, le hicieron un homenaje en el Banco Central que me resultó tan, pero tan divertido, que por nada del mundo iba a perderme éste, organizado más o menos por los mismos de la otra vez, aunque no estoy segura de que la fundación existiera entonces.

De éste no puedo decir que me divirtió, al menos no por las mismas causas que el otro. Esta vez, se percibía una mejor organización. Hubo momentos realmente luminosos y otros bastante emocionantes. Se percibía un esfuerzo en la intención de exaltar la figura y los valores de Juan Bosch aunque, peledeístas al fin, no pudieron escaparse al espíritu de la gloria del poder. Los baches que tuvo, mayormente técnicos, son perdonables, no así su duración: aquello parecía que no iba a terminar nunca y un buen número de asistentes se retiró del salón antes del final.

Para los que llevan anotaciones, todos los vídeos recibieron soporte técnico del Centro de Información Gubernamental. Y hubo interpretación simultánea para los sordos. Las personas que dieron testimonios de sus experiencias aleccionadoras, incluyendo por lo menos un par de funcionarios, exactamente Euclides Gutiérrez y Alejandrina Germán, se expresaron de manera suficientemente clara como para no dejar dudas de que el mérito era de Juan Bosch, es decir, no lucieron dándose auto-bombo, cosa que en por lo menos uno de los casos, es sorprendente, tan sorprendente como me resultó lo simpáticos y saludadores que fueron funcionarios del gobierno y dirigentes del partido.

Sin embargo, la otra sorpresa me la dio el presidente Fernández cuando dijo que leyó, de Víctor Hugo, “El 93” y que compara su relación con Bosch a la del maestro y el discípulo de esa novela. Conozco al novelista. Recuerden que estudié literatura francesa y fui buena estudiante. Conocí a don Juan. A Leonel, no lo conozco. No lo he tratado. Sin embargo, soy ciudadana dominicana. Ya (sobre)viví un período presidencial del PLD y estoy lista para (sobre) vivir éste.

Con todo respeto, señor presidente, no sabe cuánto me alegra que tenga tan presente la figura de don Juan. Pero de ahí a declararse su continuación, discúlpeme, pero como que se pasó. Como maestra que he sido por más años de lo que habría querido, créame que si hay algo indispensable para declararse pupilo, discípulo, alumno, en fin, para mostrar apertura al aprendizaje, es la humildad. Usted también pasó por la enseñanza, según tengo entendido. Se lo digo con el corazón en la mano, de personaje a personaje, ya que mi nombre también salió de una novela de Víctor Hugo.

No voy a tomar en cuenta el tiempo que estuve de pie encaramada en esos zapatos tan altos a mi edad y con mi peso para conseguir que usted me diera la espalda y no me contestara cuando me dirigí a usted porque sé que mi reino no es de su mundo, no tenía por qué reconocerme, y probablemente usted también estaba cansado, particularmente de saludar y escuchar solicitudes y problemas, que nunca ha parecido ser su deporte favorito y en realidad no debería estar para eso.

Lo que quería decirle, señor presidente, es que han estado cancelando embajadores nuestros mediante oficio. Sin considerarme una experta en la materia, creo que un oficio no tiene fuerza para derogar un decreto, y menos un decreto ratificado en el Congreso, o sea, que envuelve dos poderes del Estado. Además, este procedimiento deja muchas de nuestras embajadas acéfalas. Algunos de nuestros embajadores son de carrera, llevan muchísimos años en el servicio y les toca jubilación. Si fue para presionar la ratificación de los nuevos embajadores por parte del Congreso, hasta lo entiendo, pero no había que desconsiderar a los representantes de nuestro Estado ante otros gobiernos.

Por supuesto que habría aprovechado la ocasión para solicitarle que instruyera la agilización de la definición de mi status laboral, ya sea la reubicación (hasta me tocaría un ascenso) o la cancelación, lo que sea dentro de las atribuciones que le confiere el artículo 55 de la Constitución. No voy a abrazar el peledeísmo por mantener un empleo, ni voy a ponerme más en contra de lo que estoy si lo pierdo. Una cosa es mi derecho al trabajo y otra es mi derecho a pensar y opinar. Creo que también tengo derecho a saber qué hacer en términos de mi vida productiva. Con mi renuncia, no cuente. Me he visto peor y no me he suicidado.

Aquí, las costumbres, incluyendo las malas, las peores y las pésimas, hacen ley, así que no tengo por qué extrañarme de que me saquen del servicio para dar paso a un/a compañerito/a del partido o a un/a estudiante hijo/a de amigo/a o funcionario/a. De hecho, a pesar de que recibí educación doméstica, fui a la escuela y me precio de ser cumplidora y de trabajar con eficiencia, el carguito lo conseguí por mi amistad con Hipólito Mejía y aun así fui perjudicada porque Guido Gómez consideró que yo había sido muy dura con él una vez que lo enfrenté.

¿Qué más? Así como fue de gratificante encontrar a Raysa, Tati, Taína, Papío, Inocencio, José Manuel, Patricia, alcanzar a ver a Gladys, Alejandrina y tantos otros, me resultó muy lamentable no haber visto a Aurelio ni a Nazario, con los que me habría reído mucho.

Después les cuento cómo me fue en Santiago, en la inauguración de la extensión del Centro Juan Bosch que patrocina José Tomás Pérez. Aunque ya existe uno dirigido por Igor Arias que funciona con mucho éxito en el Distrito Nacional, donde José Tomás es senador, supongo que reproducirlo Santiago es parte del calentamiento para su candidatura presidencial.