De pintor a escultor, siempre creativo y versátil

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POR MARIANNE DE TOLENTINO
Desde hace muchos años, entre Santo Domingo y París, Juan Mayí se ha hecho conocer y reconocer por una obra pictórica fuerte, tal vez la más identificada  con la abstracción en la plástica dominicana. Premios nacionales e internacionales han coronado su carrera.

A partir de sus inicios, se ha alejado de la figuración: él se ha entregado totalmente a estructuras, colores y materia como lenguaje, no se repite en su imaginario y muestra constantemente, por la calidad investigativa, la impronta que los años académicos han dejado en su producción.

Un gran abstracto raramente nace y crece, ajeno al legado de la formación que le permite abordar las más diversas técnicas.

Así Juan Mayí puede ampliar, evitando errores, debilidades y contradicciones, el campo de su actividad creadora. Manifiesta pues una sorprendente habilidad en el oficio de escultor, proponiendo la escultura como “objeto de arte”. Él insiste en esa calificación, el “objet d’art” –un término aun más evocador en francés- que probablemente surge de la larga estancia parisina y evoca una cierta preciosidad, a la vez que no se encierra en categorías y definiciones.

VARIEDAD E INSPIRACIÓN

Esta exposición tiene la ventaja de su ubicación en un local propio, que no impone al artista un número fijo de obras, lo que facilita, al compás de la inspiración y del trabajo, agregar piezas nuevas y dejar otras, anteriores y testimoniales. Junto a las esculturas, están, en armonioso diálogo, las obras sobre papel y sobre tela, afirmando la continuidad creadora. El polifacético Mayí prueba que tiene el privilegio de no ser un pintor que hace escultura, como tampoco será el escultor que recuerda la pintura. En esta dualidad triunfante, que hoy observamos, habrá simultáneamente coherencia, equilibrio y capacidad de renovación.

El artista sigue la inspiración del momento y le imprime tanto su habilidad como su pasión. Ese temperamento, entusiasta y lúdico, explica la frecuencia de los llamados “materiales mixtos” en la obra tridimensional: Juan Mayí escoge y/o combina la piedra, la madera, el metal, la arcilla, en función de su inventiva e igualmente de los resultados que busca. Nada se deja a la pura casualidad y al mero hallazgo.

Si él recurre al material natural, como el mármol, el barro o la caoba, lo elabora, descarta la rusticidad de origen, pero no lo desnaturaliza. Sí utiliza materiales industriales, así el hierro, el acero, los alambres, les da una terminación perfecta, los pule, modula las superficies. Notamos también que es un maestro en la soldadura, precisa y limpia.

Sí recurre a elementos “ready made”, en metal habitualmente pesado, los retrabaja, los ennoblece, los integra en una obra original y metamórfica. Citaremos en especial una pieza… histórica, cuya base es una tapa de alcantarillado que data de Ciudad Trujillo. Juan Mayí se resiste en ceder la obra, pese al interés que suscita.

Obviamente el artista ama las sustancias –virtud propia de un escultor-, disfrutando su densidad, su maleabilidad o su dureza, su color y su textura.

Cabe señalar que en su pintura, la parte matérica, las turbulencias, las áreas emergentes, cobran mucha importancia. La continuidad estética sigue en la polivalencia tridimensional.

ORGANICIDAD Y CONSTRUCCIÓN

Los “objetos de arte” de Juan Mayí son de tamaño mediano o pequeño, según lo sugiere su denominación, pero hay sus excepciones como la gran viga oscura de caoba inclinada, incrustada de deliciosos “parásitos” de acero, por contraste brillantes, erizados de filamentos a modo de lianas ignotas. Una pieza fundamental, no sólo por su formato, sino por su dinámica espacial y logro de síntesis entre la madera y el metal.

Juan Mayí lleva tan lejos la abstracción que no le ha puesto título a sus esculturas. Cuando se le externa la observación, dice sencillamente que no lo pensó… Y finalmente no hace falta. El espectador se encuentra confrontado al arte sin pasar por la voz descriptiva o simbólica, al idioma del creador visual –que nuestro poeta Pedro Mir, sin embargo artista virtuoso de la palabra, estimaba incomparablemente más rico.

Luego, esta escultura conjuga óptimamente la organicidad y la construcción, no sólo en el conjunto, sino en cada una de las piezas, y ahí el material juega un papel determinante. Cuando Mayí trabaja el barro, el aspecto orgánico predomina, la estructura se concentra en circunvalaciones, la sensualidad impera. El metal inspira el constructivismo, con preferencia por los volúmenes cúbicos y los ángulos, aunque agrada al artista curvear y enrollar los alambres, casi cañas de acero –y no está lejos la metáfora de una vegetación–.

Ahora bien, organicidad y construcción se integran en varias de las mejores piezas. Pensamos a las maderas alargadas y colgantes, que, en la verticalidad se enfrentan a tallos de metal, que parecen crecer y circundan el elemento central. Entonces varias percepciones se juntan, la forma, el volumen, la textura, el brillo, el movimiento y el sonido. Los acordes se multiplican, cuando no resistimos a tocar la obra… con el permiso del artista.

La versatilidad de Juan Mayí en la escultura supera aún su desenvoltura en la pintura. Prácticamente, cada “objeto de arte” ameritaría un comentario individual, la experimentación razonada se alía con un frescor, un encanto, un mensaje muy personal, y salimos de la exposición, con el deseo de volver, con una impresión de sabiduría y refinamiento.

Quisiéramos estar seguros de que Juan Mayí continuará siendo tan escultor como pintor. La escultura dominicana necesita su aporte entusiasta, original y contemporáneo sin estridencias.