De respirar y palpar

Federico  Henríquez Gratereaux

Vivir es un verbo abarcador que “contiene” ser y estar, otros dos verbos de prolongado “uso filosófico”. Se vive desde la respiración: a pleno pulmón o “echando el bofe”, como les ocurre a los trabajadores que cavan zanjas en las calles. Los astrónomos averiguan si hay oxígeno en tal o cual planeta para saber si son lugares donde podremos respirar, sea “a nuestras anchas” o trabajosamente. No es casual que en nuestro idioma se diga cuando alguien muere: expiró ayer en la tarde; o al anochecer, echó “el último suspiro”. En algunas viejas películas de terror a los “vampiros” se les hacía “la prueba definitiva”: colocarles un espejo frente a la nariz para ver si el aliento nublaba la superficie.

También se vive desde el tacto. Siempre los amantes se tocan el cuerpo, como si intentaran “confirmar” su existencia mediante la palpación reiterada. A Santo Tomás, el apóstol, modelo de incredulidad en el mundo cristiano, se le atribuye: “no creeré en la resurrección si no meto mi mano en su costado”. Según la tradición, Jesús dijo: “dame tu mano, pon aquí tu dedo”. El poeta Mieses Burgos dedicó un poema al tacto: “Este tacto solicito que abruma;/ este vivir más hondo en los sentidos”/… En ese soneto afirma: “Nada perdura inédito al contacto/ de este absorto mirar inquisitivo/ de las pupilas íntimas del tacto./”
Los filósofos del pasado desconfiaron del “testimonio de los sentidos”. Con los ojos podemos ver realidades, lo mismo que espejismos. Incluso las cosas que tocamos pueden ser alucinaciones o “meras apariencias”. Tendían a creer más en razonamientos y conceptos, que en las cosas concretas que tenían “por delante”. Pero las texturas de los objetos son tan persuasivas como la lógica. Hay cosas ásperas y rugosas; otras son pulidas y suaves, según el “criterio del tacto”.
Eso de que “nada hay en el intelecto que no haya estado antes en el sentido”, que afirmaban enfáticamente los latinos, como una verdad irrefutable, fue perdiendo fuerza discursiva, poder de convicción. Descubrimos que la imaginación proporciona ingredientes que perturban las “percepciones directas”. En el ir y venir de viejas doctrinas navegan los “pareceres” humanos. ¿Respirar el ambiente, palpar animales y cosas, puede reforzar el entendimiento? (2016).