De Samurais

La gente, en la oscuridad del cine, manifestaba sin temor sus emociones con las escenas de la película el Ultimo Samurai, que se exhibe en estos días. La mayoría ha sido atraída por el actor Tom Cruise.

Al final, se aprecia la sonrisa de satisfacción en los espectadores, deleitados por un final donde se nota la aparente integración de la forma de pensar occidental con el sentido cultural japonés, sobre el valor del honor, la sencillez de la vida, sus valores y la pasión por la naturaleza.

Hay dos escenas que necesitan, a mi entender, una más amplia explicación:

Una es, cuando el guerrero japonés se detiene a ver la sakkura. La flor del cerezo. Hace una explicación sobre la vida de estas flores de una belleza extraordinaria, que nacen en la primavera.

La multitud nipona que hoy día se reúne en los parques, donde están los árboles del cerezo, es impresionante. La televisión y la prensa, indican los días en que se ha estimado van a surgir las flores. Es como un día con su noche de fiesta emocional nacional, difícil de explicar o de entender para una cultura occidental basada en el materialismo y en la ostentación.

Millones de personas, desde la tarde antes, montan su tienda, hacen círculo de amigos, llevan sake, y otros van a escribir poemas. Más allá se oyen las cuerdas de guitarra o de sus instrumentos de cuerda o madera. Es el momento en que se sacude el alma y la fibra de sensibilidad de todo japonés.

Yo asistí durante varios años a estos nacimientos. La primera vez, fui con Marcelle como un acontecimiento de belleza. Pero cuando un viejo japonés me indicó su significado, y volví al otro año, ahora con mi akachan recién nacido, comprendí toda su esencia de que la vida es como la flor del cerezo. Es breve, intensa, pero un soplo de viento la pone a flotar hasta que se pierde de vista, y se apaga en el olvido. ¿Entonces, porqué esos afanes y esos olvidos de que lo natural de vivir es el morir?

Me quedé sorprendido. La belleza del cerezo dura pocos días. La flor es como un relámpago de belleza.

Sitsuyosan, que vivía con nosotros y atendía a nuestro Xavierchan, cuando terminó de ponerse su kimono para acompañarnos una tarde al Uenoparque, nos dijo que había leído un poema japonés que hacía una similitud entre belleza y el tiempo de vida de la flor del cerezo y el amor. Me quedé pasmado cuando escribió en caracteres japonés, un haiku, poema breve compuso inspirada en ese momento en que nos disponíamos ir a ver nacer los cerezos: Transparencia de pétalos y de vida. La luna no la verás mañana.

El japonés ama la sobriedad, admira en un atardecer la fuerza y belleza de la naturaleza que no repite nunca su creatividad infinita. Nunca por los siglos habrá dos atardeceres iguales.

Por eso, el samurai de la película, que al principio nos parecía algo bárbaro, ahora se va viendo en su fase de que si mata u ofrece su vida, se debe a un sentido de lealtad poco conocido en occidente, la combinación de nobleza y pundonor. Por eso, revela que no se ha alzado contra el Emperador. Es para que esta deidad comprenda que la gente que le rodea, en especial su primer ministro, le va llevando a romper con las tradiciones, lo cual entiende atenta contra el propio Emperador.

La otra escena, es cuando el buen mozo occidental, que ha matado indios en su país, pero que siempre lo vio como actos bárbaros y salvajes e injustos, va sobre el lomo de un caballo y ve que un general al servicio del Samurai esta haciendo harakiri, y que a su lado su asistente, con una filosa espada, espera cuando aquel se introduzca el puñal en su vientre para cortarle la cabeza.

¿Cómo es posible que Ud. condene a muerte a su mejor servidor? No, él ha sentido que no fue lo suficientemente agresivo para ganar la batalla y al perderla, su honor le dicta que la mejor forma para que se comprenda su responsabilidad, es haciéndose harakiri.

En el Japón de mi época, Misshima, considerado uno de los más grandes escritores a nivel mundial, novelista, cuentista, actor de teatro y cine, autor de varias películas, de obras de teatro, pintor, propuesto varias veces al Nobel de literatura, y quien pasó por Santo Domingo, según uno de sus relatos, entendió que el Emperador debía volver a ser y adorado por propios y extraños como la figura divina. Mostró su disgusto por el poco sentido nacionalista que, a su entender, no se practicaba.

En resumen, formó un pequeño grupo de adeptos, fueron y detuvieron en su despacho al Ministro de Defensa, y frente a las cámaras de la televisión y la prensa, en un balcón, para mostrar que su idealismo era puro y a favor del Emperador y el Japón, se hizo harakiri, perdiéndose, para siempre, uno de los más grandes genios de la literatura universal. Pero quiso dejar sentado el honor de su palabra, de sus hechos, de sus ideales.

El Japón es pues, una fuente inagotable de enseñanzas, de ver la vida de una manera tan diferente a como nosotros la percibimos. El valor de la sencillez, de una flor, de unas piedras, de unas ramas viejas en arte de ikebana.

Una vez, dos samurais habían luchado durante décadas, clan contra clan. El odio había casi acabado con la vida de sus dos pueblos, siempre enfrenados.

Un tercer samurai apeló al honor de ambos. Debían reunirse y hacer la paz. Y fueron solos a una playa. Cuando se entienden, uno de ellos, orgulloso, le dice al otro que le va a regalar un tesoro que espera guarden sus descendientes por los siglos.

Se arrodilló en la playa, y escogió un guijarro labrado artísticamente por los siglos de recibir el embate de las olas.

Qué inmensidad en tanta sencillez…