De Tántalo, justicia enferma
y descalificación del fiscal

JACINTO GIMBERNARD PELLERANO
Nada. Que estamos como Tántalo, aquel personaje de la mitología griega —y hay que tener respeto por el hondo simbolismo de los mitos—. Hijo de Zeus, Tántalo, que causó la ira de su padre por su crueldad e imprudencia, fue condenado a permanecer en el Hades, con agua a su alrededor y ricas frutas encima de su cabeza; pero tanto el agua como las frutas se apartan de inmediato, tan pronto Tántalo intentaba alcanzarlas. ¿Estamos, los dominicanos, condenados a tal suplicio? ¿Lo está Latinoamérica? Porque sucede que nada menos el señor presidente de la Suprema Corte de Justicia, por quien yo siento peculiar respeto, el magistrado Subero Isa, afirma que la Justicia nuestra es la que goza de mayor credibilidad en Latinoamérica.

Si es así, es para morirse.

El Listín Diario publica el lunes nueve del corriente mes (página 12) que de los “presuntos” casos de corrupción cometidos en la administración pública en los últimos veinte, veinte años, sólo tres, tres, han tenido sentencia: el del ex presidente Jorge Blanco, el del diputado Flores Estrella y, finalmente, tras vueltas y sainetes humorísticos, el caso del diputado Ramos García, que constituía –tal vez en defensa y protección del inmenso sentido dominicano del humor– un chiste indecente en beneficio del traficante fronterizo de chinos.

No voy a caer en la insensatez, o estupidez de llamar justicia a esa barbaridad.

Ciertamente, el respetable magistrado Subero se ha quejado de la lentitud en los veredictos judiciales, pero uno se pregunta: ¿es eso todo lo que puede hacer tan encumbrado funcionario? ¿Es posible entender esas tardanzas judiciales, esas dilaciones y maromas, libres de una severa sanción del gran Poder Judicial?

No.

¿Es comprensible que la Suprema no intervenga drásticamente, a las claras basándose en la noble sentencia latina? “Judex damnatur ubi nocens absolvitur” (El juez es el condenado cuando absuelve y libera al culpable). Igualmente es condenado el juez que no se esfuerza en lograr un veredicto justo y rápido.

Son cosas de los romanos, pero poco hemos hecho desde aquellos tiempos.

Es que el hombre es el mismo. Con iguales virtudes e iguales defectos, sólo que la virtud no tiene la abundosa y presta retribución de la maldad.

Decir que nuestra Justicia funciona bien, es ir demasiado lejos.

Robe un pollo para darle algo de comer a su familia, o un salami, y volverá a los tiempos del Jean Valjean de Víctor Hugo, cuyos diez tomos de los Miserables aparecieron en 1862, sin que encontremos hoy, siquiera, como compensación de una moral errada e inhumana, un Inspector Javert, empecinado en que no escape quien considera un delincuente y que no es más que una víctima de la vida, que puede ser atroz.

Robar mucho no es robar. Es penetrar exitosamente en un círculo de talentosos manipuladores, cuidadosamente formados en prestigiosas universidades extranjeras donde, por lo visto, no enseñan moral, por lo cual están capacitados para “aconsejar” complejas maniobras financieras que personalmente les dejan millones de dólares aunque hundan a su país y enmugren personajes a los cuales quisiéramos poder respetar.

Tenemos necesidad de justicia. De justicia apartada de la política. Justicia que merezca respeto, que sea severa, inflexible e independiente.

¿Es que no son tres, los Poderes del Estado: Legislatio, Ejecutivo y Judicial?

Hay algo que estimamos digno de una aclaración más amplia por parte del presidente Fernández, ya que se trata de un abogado talentoso y bien intencionado, un hombre brillante y de éxito internacional. Fernández ha declarado en Nueva York, en los Estados Unidos (donde los fiscales son temibles por su apego a la ley y a la investigación… y al castigo, cuando es considerado justo “por encima de toda duda”) que desautorizó la citación del fiscal del Distrito Nacional al ex presidente Hipólito Mejía porque tal medida no podía ser tomada sin su previa aprobación, ya que él es el jefe del Ministerio Público.

Como muchos indoctos en derecho, aunque no en lógica, tenía yo la idea –el sueño– de que un fiscal estaba precisamente para fiscalizar ampliamente, para investigar –mucho más de como lo hacen aquí– sin necesidad de solicitar un permiso del presidente de la República.

Parece que uno se deja llevar mucho por las películas y se familiariza con esos fiscales –gringos o no– que son fuertes y hasta feroces en su búsqueda de verdades y justicias.

Mientras la Justicia no pueda alejarse pudorosamente del Poder Ejecutivo, no dejará este último de exceder en mucho sus límites legales.

Es lo que los viejos latinos llamaban “ultra vires”.