De vuelta con Edgar Morín

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Enseñarás a volar (Teresa de Calcuta)

Enseñarás a volar…

pero no volarán tu vuelo.

Enseñarás a soñar…

pero no soñarán tus sueños.

Enseñarás a vivir…

pero no vivirán tu vida.

Enseñarás a cantar…

pero no cantarán tu canción.

Enseñarás a pensar…

pero no pensarán como tú.

Pero sabrás

que cada vez que ellos vuelen, sueñen,

vivan, canten y piensen…

¡Estará en ellos la semilla

del camino enseñado y aprendido

 

Uno de los grandes aportes de Edgar Morín es sin duda alguna a la educación, no solo a nivel conceptual, sino también metodológico. El pensador no tiene temor en decir que el proceso educativo tiene un claro objetivo: aprender y asumir como norte la condición humana, pues la educación debe enseñar a vivir con los demás.

Educar no debe ser ya un acto positivista en el cual se enseñaban certezas y conocimientos preconcebidos. ¿Existe la certeza? ¿Las verdades absolutas? ¡No! Es una gran falacia porque gracias a nuestra condición humana misma la incertidumbre es nuestro signo. Incertidumbre que abarca lo cognitivo y lo histórico también. Morín establece tres tipos de incertidumbres: la cerebral, la síquica y la epistemológica.

La incertidumbre cerebral, sostiene el pensador, que el conocimiento no es un reflejo de lo real, sino una reconstrucción y traducción de los estímulos recibidos. En tal sentido, asegura, siempre habrá riesgo de error.

La incertidumbre síquica es muy lógica: el conocimiento de los hechos siempre atraviesa por el prisma del que interpreta.

Y la tercera es la epistemológica que es el resultado de la crisis de las certezas filosóficas, que nacieron con Nietzsche en la filosofía y Popper en las llamadas ciencias puras.

Y hay incertidumbre porque nadie puede llegar a una verdad totalmente cierta. La verdad no existe, es circunstancial. Lo único verdadero es la incertidumbre:

Conocer y pensar no es llegar a una verdad totalmente cierta, es dialogar con la incertidumbre.

La incertidumbre histórica está vinculada con el carácter intrínsecamente caótico de la historia humana. La aventura histórica comenzó hace unos 10,000 años. Estuvo marcada por creaciones fabulosas y destrucciones irremediables. No queda nada de los imperios egipcio, asirio, babilonio, persa, ni del imperio romano que había parecido eterno… La historia está sometida a los accidentes, perturbaciones y, a veces, terribles destrucciones masivas de poblaciones y civilizaciones…

No hay leyes históricas. Por el contrario, todos los esfuerzos por congelar la historia humana, eliminar sus acontecimientos y accidentes, hacer que soporte el yugo de un determinismo económico-social y/o hacer que obedezca a un ascenso teledirigido han fracasado…. (Con la Cabeza bien puesta, p. 64)

Pero la incertidumbre no significa resignación, apaciguamiento o indiferencia, todo lo contrario. Lo que nos obliga el maravilloso camino de lo incierto y lo desconocido es a pensar bien, a convertirnos en seres más capaces de elaborar estrategias. Y para poder pensar bien, debemos practicar un pensamiento que nos devele sin cesar la contextualización y totalización de las informaciones y conocimientos; es recibir el bombardeo con la “cabeza bien puesta” para poder detectar y luchar con vigor contra el error y la mentira.

Entonces viene la crítica de Morín hacia la educación tradicional que reduce el conocimiento a programas. Nuestra enseñanza tiende al programa, mientras la vida nos demanda la estrategia. ¿Qué es la estrategia? ¿Qué significa? Morín se responde diciendo:

La estrategia se opone al programa, aunque pueda tener elementos programados. El programa es la determinación a priori de una secuencia de acciones tendientes a lograr un objetivo. El programa es eficaz en condiciones externas estables, que se pueden determinar con certeza. Pero la menor perturbación de estas condiciones desajustan la ejecución del programa y hacen que esté condenado a determinarse. La estrategia busca sin cesar juntar informaciones y verificarlas, y modifica sus acciones en función de las informaciones recogidas de las casualidades con las que se encuentra en el camino… (Con la cabeza bien puesta, p. 66)

La estrategia, sigue diciendo el pensador, lleva intrínsecamente la conciencia de la incertidumbre que se va a enfrentar y, por eso mismo, implica una apuesta hacia lo desconocido. ¿Qué significa hacer una apuesta? Sencillamente integrar la incertidumbre en la fe y la esperanza, porque la apuesta no es el azar, es la implicación en los compromisos fundamentales de nuestras vidas.

La educación debe ayudar a que cada individuo descubra y esté consciente de que su vida es una aventura, pues todo destino humano implica, necesariamente, incertidumbre. Aún la certeza misma de la muerte es incierta porque no sabemos cuándo se producirá ni en qué circunstancias.

¿Cómo enseñar la incertidumbre a los niños? ¿Cómo incentivar sus propias curiosidades naturales? Es necesario que le enseñemos a esas vidas que se inician a aprender a conocer, a separar, unir y sintetizar las cosas que ven. Hay que enseñarles que las cosas no son solo cosas, sino sistemas en sí mismos que constituyen una unidad que vincula partes diversas y que solo pueden ser conocidas si se insertan en su contexto. Hay que superar la visión causal-lineal, en la cual existe una vinculación directa de causa-efecto. Debemos incentivar y enseñar las incertidumbres de la causalidad, pues las mismas causas no siempre producen los mismos efectos.

Pero enseñar para la vida es enseñar a los niños y jóvenes a tomar conciencia de que son ciudadanos responsables y solidarios, de seres que forman parte de un todo, que trasciende las fronteras de su comunidad y de su nación para convertirse en ciudadanos universales y del cosmos.

Nos vemos en la próxima. Seguiremos con el tema educativo