Dei academiae liberanos domine

FEDERICO JOVINE BERMÚDEZ
Confieso que nos sentimos impresionados cuando conocimos el nombre del nuevo miembro de la Academia Dominicana de la Lengua, que de institución dedicada a la salvaguarda de nuestras esencias como pueblo – porque siempre se ha dicho que la Patria surgió de la palabra acuñada en las almas de quienes se dedicaron a construirla al margen de la podredumbre que envileció las conciencias.

Digo estas cosas porque no existen instituciones creadas por el hombre que se encuentren situadas más allá de la crítica, y por haber entendido que la Academia Dominicana de la Lengua  al hacer suyo el lema de “Lustra, Brilla y da Esplendor” debió de ser conformada por expertos en el uso del español que se habla en  la antigua parte este de la isla de Santo Domingo, mezcla de palabras taínas o arahuacas, fragmentos de viejos dialectos africanos y del español antiguo que fue evolucionando hasta conformar una variable idiomática con expresiones  linguísticas propias de nuestra tierra, además de por los enjundiosos escritores que hayan dedicado su vida a la materialización de aportes a favor de nuestra expresión cultural.

Por lo que somos de opinión que nuestros académicos deben de crear grupos de trabajo que se aboquen al estudio del francés, del creole y de las expresiones propias de la lengua arahuaca presentes en nuestra habla, a los fines de comprender las voces que designan la toponimia, los nombres de las plantas, de los pájaros y de algunos de nuestros ríos. Pero como ignoramos los mecanismos usuales para la nominación de los nuevos académicos y cuáles méritos necesitan ostentar para ser aceptados, entendemos que pese a los méritos que posea el lic. Dennis Simó, como ciudadano, como ser humano y como Director de Apec, antes de habérsele conferido tal condición, debieron de realizarse evaluaciones bajo los mismos parámetros a los Magníficos Rectores de las otras universidades establecidas, para que no se alegara el favor de un tratamiento excepcional.

 Creemos que dicha membresía debe ser otorgada a partir de la toda una vida de búsqueda de los valores insitos en nuestra lengua, tal y como han sido dirigidas las investigaciones llevadas a cabo por Irene Pérez Guerra, Rafael González Tirado, Marcio Veloz Maggiolo y Federico Henríquez Gratereaux, cuyos trabajos acerca de las expresiones asumidas por las variables del español dominicano han ido desenredando la madeja de nuestra expresión como pueblo. Pero esta percepción no es privativa de nuestra época, porque desde su fundación en  1927 la Academia Dominicana de la Lengua ha sido refugio de un intelectual que en ocasiones se preocupaba más por escuchar los ecos del español de España perdido en el rescoldo de nuestras palabras, que en identificar los tambores que latiéndoles entre las venas dotaban de sentido, de ritmos y de sueños al dominicano que aún cree que los árboles centenarios e inmensos como las Ceibas, son los depositarios del sueño de nuestros viejos dioses,  y que los indios que pueblan los caminos en las noches al clarear el día escapan por los ojos de agua y los ríos a esconderse en el vientre de la tierra.

Han sido pocos los académicos que nos han advertido de cómo se ha ido deteriorando nuestro español dominicano con palabras que surgen incomprensibles en las esquinas de los colmadones y frente a las puertas de las bancas de apuestas, en los estribos de las voladoras, cuando no en los hogares o en las escuelas mismas, en una ebullescente respuesta a la vida que las crea y las destruye, como desgarra la suerte y los sueños de los humildes o en el chateo  de los niños ricos de papi y mami que al cranear  frente a las computadoras van arrojando lo poco que conocen de la lengua sobre los caminos que nos conducen a la imbecilidad colectiva. Si el señor Simó ha sentado las bases para la realización de esos estudios ¡enhorabuena! 

Pero nadie ha escuchado un solo pronunciamiento de los destacados académicos, pese a estar llamados por la responsabilidad delegada sobre sus hombros de filólogos y lingüistas a convertirse en celosos defensores de nuestra lengua en los momentos en que la misma es violentada por toda laya de comunicadores que frente a las cámaras y micrófonos o ante la página en blanco, penetran nuestros hogares solazándose al convertir nuestro idioma en una especie de muladar o estercolero propios para el disfrute de asnos o de cerdos; pero aún así es más fácil designar con la razón pendiente de la punta de un dedo al aspirante a miembro, pese a que éste a confesión de parte, reconozca no poseer méritos suficientes para merecer dicha escogencia.

Hasta donde sepamos ninguno de nuestros académicos pudo darse cuenta de que le habían cambiado el gentilicio de santiagueros a los hijos del tan rimbombante y beligerante “Primer Santiago de América” por el calificativo de santiaguino, común a los nacidos en el Santiago de Chile tan austral y tan lejano. Y nadie dijo nada, ni se mesó la barba, ni rasgó sus vestiduras, ni se arrojó sobre las llamas. Como de igual manera sería interesante para los lectores conocer cuántas palabras o modalidades expresivas nuestras fueron propuestas por nuestra Honorable Academia para que fuesen incluidas en el Nuevo Diccionario de la Lengua, decisiones que han dejado de ser patrimonio exclusivo de la vetusta Real Academia que a tono con los tiempos ha dado paso a una institución abierta, múltiple y libre, tal y como se conoció en la Gran Plenaria de las Academias de la Lengua Hispanoamericana celebrada hace algunos días en Cartagena de Indias, Colombia, con las augustas presencias del Rey Don Juan Carlos y de Doña Sofía.

Las razones expuestas por los señores académicos acerca de la ardua lucha del señor Simó por fortalecer nuestro acervo cultural podrá ser igualmente esgrimida en el futuro para darle cabida en aquél cenáculo a cualquier empresario o funcionario de gobierno  comprometidos con el desarrollo del ethos cultural. Confieso que la asumiríamos como una variable “Light” de su comportamiento ético, porque hasta donde sabemos la academia – y esto es medularmente cierto – salvo algunas amargas excepciones – nunca ha servido de trampolín a sueño alguno, ni creado falsas expectativas de mudanzas de estatus, ni permitido que nadie se arrellanara en sus sillones sin haber sido previamente postulado en ternas que facilitaran la selección del candidato propuesto.

1 Voz utilizada para describir la comunicación entre los jóvenes a través del sistema de Internet.

Voz que en el argot de los jóvenes intenta definir el acto de pensar o cráneo.