Del can can al racismo francés

POR EMMANUEL RAMOS MESSINA
No hay duda de que aquí es cosa importante el color de la piel. Gracias a nuestra mezcla racial tenemos en la epidermis todas las gradaciones, y como un guasón dijo que “aquí ser blanco es una profesión”, ciertos padres tratan de encastar a sus descendientes con ejemplares más claros, para “mejorar la raza” y evitar los males del pelo.

Ese deseo privado ha llegado a ciertos gobernantes acomplejados a importar padrotes blancos de origen canario y húngaro “para blanquear la especie”, pero lamentablemente su café tiñó más que la leche.

Pese al fracaso de esa época y para compensar el color en la cédula del afro criollo se llegó al “indio lavao”; y para el negro rico, los millones se usaron como certificados de blancura.

El asunto es tan importante que desde hace mucho tiempo infinidad de personas, para dar oportunidad a que les salga el blanco de abajo, usan y beben crema Perlina… pero como no somos suecos clandestinos, la crema fracasó.

Esa mezcla racial ha mitigado en parte críticas racistas, porque en verdad todos tenemos “el negro detrás de la oreja”. Aquí la discriminación simplemente pasó a usarse contra los enemigos o los que no son de nuestro agrado.

Ahora, ciertas autoridades francesas han ilógicamente acusado a nuestro país de discriminar consuetudinariamente contra los haitianos. Esta acusación no le luce a los franceses, porque Francia en realidad no traga a aquellos negrazos que le robaron a Haití, la joya de sus colonias azucareras. Haití amargó el azúcar francés.

Pero el odio racista no se creó en las calles de París, en los ciudadanos comunes, pues fueron los científicos franceses quienes trataron de probar la inferioridad del negro y por eso no ayudaron ni ayudarán a Haití, porque opinan “que eso sería como tirar el dinero al mar” y, agregan “¿para qué intentar mejorar una especie que no da evidencias de ser seres humanos?” Según ellos, los haitianos son seres subhumanos. Montesquieu, que era francés y también racista, opinaba que “los haitianos, los esclavos, eran negros de los pies a la cabeza y tienen la nariz animal tan aplastada, que es casi imposible tenerles lástima”. Karl von Lineo, contemporáneo de Montesquieu, llamaba al negro “vagabundo, perezoso y negligente, indolente y de costumbres disolutas”. David Hume había dicho que “el negro puede desarrollar ciertas habilidades humanas como el loro que habla algunas palabras”.

En voz baja, en Estados Unidos y en Francia se sostenía que “los negros tenían un coeficiente intelectual inevitablemente menor que los blancos y los ricos, por motivos genéticos”, y que “por tanto era un desperdicio educarlos y darles asistencia racial”.

En la época de Binet, en la Sorbona francesa se sostenía que “el negro era bruto porque su cerebro pensaba menos que el de los blancos”, cosa que se comprobó era incierta.

Europa siempre fue un campo fértil para sostener la inferioridad de las minorías negras y judías. Para más informes, recordar la política de exterminio de Hitler. España expulsó al pueblo judío y moro, que en todos los aspectos era muy superior al siervo feudal español. Así que nuestra mini discriminación fue una simple discípula de la francesa y de la europea, con sus Hitler y Torquemadas.

Es evidente que los problemas de Haití, por vecindad, conexidad y por estar en el mismo bote, son nuestros. Tanto los haitianos como los dominicanos tenemos justificados agravios contra el otro. Con cada haitiano que nos llega, lamentablemente desembarca su hambre, su pobreza, su vudú, sus vicios y sus enfermedades. Da inmensa pena ver sus rostros vejados, sufridos, sus harapos, sus mujeres con los hijos guindados, abandonados por sus dioses, si es que ellos existen, y tal parece que hasta nuestros dioses los han olvidado. En realidad su urgencia de náufragos los obliga a aceptar los trabajos viles que les damos, y el bochorno y la culpa nos toca a todos.

Da pena que la gran Francia no da señales de aceptar esos pasajeros, al contrario, a París, la ciudad luz, la reina de la aparente tolerancia, la que acogía todas las ideas liberales, le brotó de abajo de la piel de champagne, lujo y lujuria, el racismo y la discriminación de los jóvenes hijos de minorías, a quienes les cerró todos los empleos y oportunidades, y éstos, ya desilusionados y cansados de humillaciones y de promesas, para mostrar su inconformidad estallaron en desórdenes, violencias y pillajes, destrozando comercios, vitrinas, incendiando miles de autos. El Lido, el Moulin Rouge, Chanel, el Arco del Triunfo, erigido a un dictador llamado Napoleón y la Torre Eiffel, fueron testigos de la discriminación francesa disfrazada de falso liberalismo.

Sí, somos culpables de tener a menos al pobre haitiano, pero un poquito menos culpables que Francia.

¡Pobre haitiano fugitivo de un Estado que les niega la identidad; que no le importa si viven y respiran! Pero nosotros en cambio somos culpables de no tenerlos en cuenta, de ser indolentes de sus urgencias, negreándoles como si fuéramos suecos, como si no nos picara algo detrás de la oreja. Y para mayor vergüenza tenemos empresarios que los explotan, les sacan el jugo y después tiran el bagazo como cosa desechable.

¡Ay querida Francia, deja tus luces, el can can, abre los ojos y mira para acá, para que te avergüences un poco!

A propósito Francia ¿cómo se dice injusticia en francés?