Del concurso al debate

EMILIO JOSÉ BREA GARCÍA
Cada vez que hay un concurso hay un debate. Es lógico. Un jurado, con sus limitaciones, se encarga de decidir que obra gana. Esa dilucidación será siempre subjetiva, aún los premios se declaran desiertos. El arte, entre comillado de dudas o decididamente irrefutable, debe ser siempre un reflejo del tiempo, del momento, de la época. Y cuando se vive como vivimos ahora, no hay porque lamentarse que no haya un arte como el que quisiéramos, que es la referencia visual o memorable que albergamos.

Todo cambia y el arte también. Si lo que prevalece es el desenfado, el arte será desenfadado. Si hay exaltación tecnológica, el arte será tecnológico y así sucesivamente. Imposible separar el ambiente del arte porque entonces éste no será tal. El inmanentismo artístico debe representar actualización porque de lo contrario será un vago reflejo del retraso.

La contemporaneidad debe estar por encima de las nostalgias. Se trata de una evaluación donde el tiempo aporta las posibilidades conceptuales. Si no fuera así hiciéramos en el malecón, las bienales o trienales de arte (y los concursos de aposentos) frente a las pinturas de aceite sobre tela de lona que hacen nuestros hermanos haitianos para sobrevivir con un recurso expresivo como manifestación que denota una aproximación artística pero evidentemente comercial de la que sólo Virgilio García, en el Conde de pos guerra, fue testigo y copartícipe, colgando sus cuadros en las paredes desnudas de la esquina sin construir de lo que ahora es el estacionamiento municipal de esa evocadora vía.

Y que conste, siempre habrá una queja por nuestros artistas de exposiciones perfumadas y aires acondicionados, porque no llevan su arte a la calle ni a las plazas (hay honrosas excepciones) y porque venden carísimas sus “inspiraciones” (románticas, alcohólicas o endrogadas), cosa que tienen que hacer cotidianamente los haitianos porque tienen que comer a la interperie…