Del framboyán y el panorama de la política criolla

Necesitamos un framboyán emblemático. Espléndido. Soberbio en su esplendidez. Que nos obligue a detenernos en mitad del camino, sin prisa alguna. Acogernos en su sombra. Recrear su belleza. Querer ser como él. Desafiante.

Distante de cambronales, javillas, guasábaras, bayahondas. De árboles sin frutos, de raíces podridas. De plantas venenosas. Necesitamos sembrar muchos framboyanes de diversos colores. Hermanados, frondosos, para embellecer este pedazo de tierra que nos pertenece a todos. Para hermosear la vida de nuestro pueblo bueno, hospitalario, generoso, que se nos escapa en un solo grito, desesperado, angustioso, rodeado de miseria y desengaños. Para sembrar en el alma dominicana el patriotismo, la buena semilla que germine y crezca libre de espinas, de hojas secas, sin verdor. De plantas venenosas, que seducen y atraen con su falso follaje a víctimas inocentes.

Necesitamos plantar en nuestro suelo, en las iglesias, en las escuelas, en la ciudad y el campo, en la Patria grande un jardín de hermosos guayacanes permanentemente florecidos, que fortalezca el espíritu de quienes injustamente sufren humillaciones, penalidades y abusos, de parte de gente desalmada que carecen de ella. Muchos, muchos framboyanes deslumbrantes, provocadores, precisamos. De vivos y variados colores que contagien por su belleza y hagan crecer vigorosos anhelos, llenos del encanto que nos devuelve la visión de un nuevo paisaje. Un paisaje radical, distinto, que nos sacuda de la carcoma que deja el dejar al tiempo, que todo lo corrompe; de la molicie que nos abruma. De esa acomodada conformidad que espanta. Que en su arrebato nos inunde de inmensos deseos de ser más y mejores, como las cepas del buen vino. Que nos llene del orgullo nacional de ser, no de tener. De probarnos a nosotros mismos, una vez más, de que sí podemos realizar nuestros sueños, libres de impurezas.

Lejos de la hiedra trepadora. Lejos de las plantas venenosas de engañoso follaje que hoy vemos, dolorosamente, exhibirse por doquier, nublando el paisaje. Como lo hicieron los expedicionarios de junio, los caídos en Manaclas, los aguerridos combatientes constitucionalistas de Abril Eterno.

Rociados de rocío mañanero, de nobles ideales y principios que alentaron su lucha por un país mejor. Que retomaron la palabra olvidada, la que nunca se pierde ni abandona al vencido porque es camino de redención y de esperanza, “una potente arma incluso cuando es posible que no quede nada mas”. (Mandela)

No es tiempo de espera. Se nos hace tarde para alcanzar el futuro. Ver reverdecer nuevas primaveras, en invierno o en otoño. Se necesita juntar y unir muchas, muchas manos todas abrazadas a un solo corazón. Como decía aquel montaraz, el loco de la montaña: “Hay que luchar por todos los que no luchan, hay que sembrar por todos los que no siembran. Hay que vivir sembrando, siempre sembrando”.

Que el framboyán, después florecido, se llena de vainas, eso poco importa. Precisamente, en la política criolla, de lo que estamos ya bastante hartos, son de las tantas y tantas vainas que nos llueven sin flores durante todo el año.