Del oficio docente al ejercicio profesional

– 3 de 3 –

Al final de la llamada  “era de Trujillo” nos encontramos con que la mayoría de los profesores que laboraba en las escuelas públicas y en los contados colegios privados que entonces existían había accedido al oficio de enseñar sin la debida formación pedagógica.

Con el advenimiento de la democracia aquí surgió la necesidad de proporcionarles formación y titulación especializada a los maestros en servicio que no disponían de ella, vale decir a casi todos. También, la de  reformar la educación en todos sus niveles y modalidades. Ambos procesos, el de formación y capacitación de docente y el de reforma de la educación, debían marchar al unísono. Pero, emprenderlos acarreaba un aumento considerable de las partidas presupuestarias destinadas al sector, en momentos en que no se disponía de suficientes recursos económicos para hacerlo.

Una reforma de la educación no puede llevarse a cabo sin contar con un cuerpo profesoral dispuesto  y técnicamente capacitado para hacerlo.

Si bien es cierto que los proyectos de reforma de la educación son formulados por expertos y técnicos en la materia, el proceso en sí tiene lugar en las aulas y laboratorios  de clase bajo la dirección y supervisión de directores  y de maestros; estos últimos, laboran en un contexto social y cultural determinado y en condiciones de trabajo especificadas.

En materia de educación, nunca debemos perder de vista las condiciones del ambiente en el cual nos desenvolvemos,  a fin de remover los  obstáculos que  impiden o  limitan nuestros esfuerzos en  favor de una escuela mejor.   

Para innovar las prácticas docentes, producir nuevos conocimientos pedagógicos e integrar los procesos de formación de maestros con el desarrollo del sistema de instrucción, no bastan las acciones del Ministerio de Educación. Se hace necesaria  la participación de las universidades y de otras instituciones  en esos procesos tan complejos.   

El Sistema Dominicano de Instrucción Pública hoy cuenta con los gestores,  técnicos, maestros, y personal de apoyo administrativo conque  atender una demanda de enseñanza a tono con las exigencias de un mundo globalizado de mercados abiertos a la competencia internacional. ¿Sí al final de la “era de Trujillo”  no disponíamos de esos recursos, cómo fue que diligenciamos los que hoy tenemos? Los afanes para conseguirlos se iniciaron  hace más de cuatro décadas  con la puesta en práctica en horario sabatino de un novedoso programa de formación y capacitación de maestros emprendido en 1966 por la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña bajo la dirección del profesor Luis A. Duvergé Mejía. Al año siguiente, el Departamento de Pedagogía de la Facultad de Humanidades de la Universidad Autónoma de Santo Domingo inició en la ciudad de San Pedro de Macorís un programa de formación de maestros de liceos secundarios llamado “Plan Macorís” el cual tuvo muy buena acogida en esa región. Esos esfuerzos sirvieron de acicate para que otras universidades comenzarán a ofertar con igual éxito  programas de formación y capacitación docente tanto en su sede principal con en sus extensiones regionales. Gracias a esos y otros esfuerzos y al aporte de instituciones, hoy, más del 80% de los profesores que laboran en escuelas públicas posee un título universitario o de técnico profesional. Y muchos de ellos han cursado estudios de post grado en universidades nacionales y extranjeras. Los antiguos departamentos de pedagogía de varias universidades han devenido en Facultades. Y las antiguas escuelas normales reagrupadas en un Instituto Superior Especializado bautizado, a sugerencia del autor de estas líneas, con el nombre de Salomé Ureña.

En mejores condiciones y contando con muchos más recursos que antes, nos preparamos para iniciar una nuevo ciclo en materia de capacitación y formación de maestros, teniendo como referente principal el uso generalizado de las tecnologías de la información y  de la comunicación en los procesos de enseñanza aprendizaje. A ello nos referiremos en futuras entregas.