Del oficio docente al ejercicio profesional

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Hasta mediados de la década de los años ochenta del pasado siglo 20, aquí el ejercicio docente no había sido más que un quehacer mal renumerado, ejercido, en el mejor de los casos, por bachilleres o por personas con poca o ninguna perspectivas de futuro. Afortunadamente ya no es así. Hoy, los profesionales de la educación que laboramos en las universidades, en las escuelas públicas, o en los colegios privados de altos estándares, devengamos salarios iguales a los devengados por los profesionales de otras áreas del saber.
En la actualidad, la profesión docente es una de las más preferidas por el estudiantado universitario de nuevo ingreso.
Veinticuatro instituciones dominicanas de educación superior, incluyendo la Pontificia y Real Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD) y la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM), ofertan dicha carrera. Más de 50 mil estudiantes universitarios cursan estudios de educación en universidades y escuelas normales. De conformidad con las estadísticas oficiales, más del 80% de los maestros (plural extensivo que engloba la totalidad sin hacer hincapié en el sexo) en servicio posee un título que lo acredita como tal, y un número apreciable de ellos cursa o ha cursado estudios de postgrado en universidades dominicanas o extranjeras. Pero casi todos los maestros en servicio empezamos a ejercer dicho oficio antes de haber completado nuestro ciclo de formación profesional por lo que cabe preguntarse si continuamos enseñando como antes lo hacíamos o si hemos optado por una nuevas formas y maneras de trasmitir conocimientos.
Al final de la Era de Trujillo, apenas un 4% de los docentes que laboraban en las escuelas públicas y en los muy contados colegios privados que entonces existían poseía un título que lo acreditara como tal. En la actualidad, el país cuenta con mucho más y mejores maestros que antes. Pero necesitamos más, mucho más docentes de los que ahora se dispone. Un sector de la educación integrado por profesionales y técnicos del área que laboran en nuestras mejores universidades devenga salarios muy superiores al promedio. Aún persisten las quejas por los bajos salarios (de hambre según los dirigentes de la ADP) que devengan cientos de maestros. Abundan las críticas de los padres de familias y de algunos que otros comunicadores por las formas y maneras que suelen emplear esos maestros en sus movilizaciones de protesta en reclamo de mejores salarios y de mejores condiciones de trabajo. El Ministerio de Educación es el mayor empleador del país. La nómina de pagos de los servidores de esa Cartera representa más del 20% de la de todo el sector público. Y esto se constituye en un gran obstáculo a la hora de disponer un aumento general de salario.
Los sueldos de los maestros de escuelas públicas no son tan altos como cabría esperarse que fueran; tampoco, tan bajos como alegan los dirigentes de los gremios magisteriales que son. Si de mejorar las condiciones de vida y de trabajo de los docentes en servicio se trata, hace falta mucho más que aumentos de salarios, por lo que vale la pena preguntarse ¿a cuánto ascendería el salario de un maestro para que este pueda adquirir una vivienda por modesta que esta fuera; para alimentarse apropiadamente; para adquirir un buen seguro de vida y de salud o para marcharse con dignidad y decoro de este valle de lágrimas en el que se ha convertido el mundo en que nos ha tocado vivir?
En otro orden de ideas: la Junta Central Electoral demanda de 9 mil millones de pesos adicionales a los más de 10 mil millones que tiene asignados en el Presupuesto Nacional para el año 2020. ¡Virgen de la Altagracia! ¿Cuál sería el precio que los dominicanos habríamos de pagar por la celebración en el país de un torneo electoral como Dios manda?