Democracia

09_11_2019 Areito 09-11-19 Areíto3

DEMOCRACIA. Tiene su base como concepción política en el antiguo mundo de las ciudades-estados griegas. Desde el siglo V a.C, en Atenas, democracia significa poder del pueblo o gobierno del pueblo.

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Las palabras, como émulas de la eminente Palabra de san Juan, fundan épocas y develan realidades. Una de ellas es, desde los mismos albores de la civilización occidental, el término “democracia”. Me propongo escribir acerca de la democracia, no solo en su prístina concepción, sino llegando a nosotros, en nuestros días y en nuestro terruño isleño.
Pero lo advierto de inmediato antes de iniciar. Con la democracia acontece hoy día, lo que antaño advirtió Nicolás Maquiavelo a propósito de la tisis:

“Sucede, en este particular, lo que los médicos dicen de la tisis, que, en los principios, es fácil de curar y difícil de conocer; pero que en lo sucesivo, si no la conocieron en su principio, ni le aplicaron remedio alguno, se hace, en verdad, fácil de conocer, pero difícil de curar”.
Cuestión de palabras… Democracia tiene su base como concepción política en el antiguo mundo de las ciudades-estados griegas. Desde el siglo V a.C, en Atenas, democracia significa poder del pueblo o gobierno del pueblo. Pericles, tenido como paradigma de hombre democrático y auténtico adalid de la denominada “democracia ateniense” del siglo V a.C., la define en su famoso discurso fúnebre de la siguiente manera:

“Tenemos un régimen político que no emula las leyes de otros pueblos, y más que imitadores de los demás, somos un modelo a seguir. Su nombre, debido a que el gobierno no depende de unos pocos sino de la mayoría, es democracia. En lo que concierne a los asuntos privados, la igualdad, conforme a nuestras leyes, alcanza a todo el mundo, mientras que en la elección de los cargos públicos no anteponemos las razones de clase al mérito personal, conforme al prestigio de que goza cada ciudadano en su actividad; y tampoco nadie, en razón de su pobreza, encuentra obstáculos debido a la oscuridad de su condición social si está en condiciones de prestar un servicio a la ciudad”.

Esa comprensión fue retomada en tiempos más modernos, concretamente en pleno siglo XVIII d.C., por Jean Jacques Rousseau. De éste es célebre su frase: “El hombre ha nacido libre, y en todas partes se halla entre cadenas”, aunque como alerta el historiador Jacques Barzun su conclusión no fue que hay que romper las cadenas, pues de inmediato añade “intentaré demostrar que éstas (las cadenas) son legítimas”. La explicación de esa alternativa paradójica: libertad-cadenas, resumida en una apretada síntesis, es que el buen salvaje del pensador ginebrino es un ser amoral que, como tal, no puede construir una sociedad y dirigir un gobierno superando su estado natural a no ser que la obediencia a las leyes sean sinónimo -no de sometimiento servil, sino- de libertad condicionada.
Para salir del estado natural y vivir de manera civilizada aquellas cadenas están legitimadas de forma democrática cuando la misma población es la que se las impone. Sin embargo, cuando la voluntad de la mayoría no coincide con la voluntad general, a ésta habrá que discernirla como sustrato de las diferencias entre mayorías y minorías:

“Hay mucha diferencia entre la voluntad de todos y la voluntad general: esta solo mira al interés comun; la otra mira al interés privado, siendo la suma de voluntades particulares, pero quitense de estas mismas voluntades el más y el menos, que se destruyen mutuamente, y quedará por suma de las diferencias la voluntad general.”

…en medio de la historia humana. Más allá del confín de sus escritos, dos eventos históricos convulsionaron el rumbo de la historia universal y sus implicaciones llegan al presente: primero, la revolución estadounidense que funda los Estados Unidos de América en 1776. Ésta enarbola el ideal occidental de democracia en un gobierno expresamente concebido como republicano, debido al equilibrio de los poderes estatales y a la soberanía que pasa a residir exclusivamente en el pueblo. Y segundo evento, en 1789, la Revolución Francesa que puso fin al Antiguo Régimen y traspuso la soberanía del monarca absoluto en la Nación política. Esta segunda revolución adoptó como forma de gobierno en suelo europeo la republicana, entendida precisamente como mezcla de un gobierno popular, de elección directa, y un gobierno representativo donde los dirigentes son elegidos por un censo.

Anticipando ese horizonte de acontecimientos históricos con sobrada lucidez, e inspirado en la filosofía aristotélica, Montesquieu ya había escrito en 1748: “La elección por sorteo es propia de la democracia; la designación por elección corresponde a la aristocracia”. Y de seguro que inspirado años más tarde en esa tradición de pensamiento, el también francés Alexis de Tocqueville describiría esa misma realidad entre 1835 y 1840 en los Estados Unidos de América, cuya constitución estaba muy influida por Montesquieu:

“En América, el pueblo nombra al que hace la ley y al que la ejecuta; y él mismo forma el jurado que castiga las infracciones a la ley. No sólo las instituciones son democráticas en su principio, sino también en su desarrollo; así, el pueblo nombra directamente a sus representantes y los elige, por lo general cada año con el fin de mantenerlos completamente bajo su dependencia. Es, pues, realmente el pueblo quien dirige, y aunque la forma de gobierno sea representativa, es evidente que las opiniones, los prejuicios, los intereses e incluso las pasiones del pueblo no pueden encontrar obstáculos duraderos que les impidan hacerse oír y obrar en la dirección cotidiana de la sociedad. (…) En los Estados Unidos, como en todos aquellos países donde reina el pueblo, es la mayoría la que gobierna en nombre de éste.”

Hasta ahí la realidad aparece bajo un prisma ideal e idílico. Pero en combinación con el indiscutible valor que encarna la democracia estadounidense, Tocqueville también observó y pronosticó algo que debió alertar y preocupar a sus lectores más críticos. Según él, el modelo democrático basado en el principio de “un hombre, un voto”, se expone a la tiranía de la mayoría cuantas veces se oponga a quienes de manera individual o minoritaria la enfrenten. En efecto, justificada la democracia en dicho principio sin más, no hay ninguna garantía que salvaguarde la democracia estadounidense del uso abusivo, autoritario y hasta tiránico del poder. “La tiranía no sólo era legal sino social: la presión tácita o expresa de los vecinos”, según la califica Barzun.

Pero no solo Toqueville, ya antes Kant había previsto en 1795 el lado preocupante de la democracia cuando distinguió entre “Constitución republicana” y “democrática”. La primera es preferible a la segunda debido a que el régimen republicano consiste en la separación entre el poder Ejecutivo y el Legislativo, mientras que el democrático queda expuesto a cierto grado de despotismo cada vez que dentro de un Estado el gobierno ejecuta las leyes que él mismo se otorga y la voluntad pública es manejada por el gobernante como si fuera su voluntad particular.

Así entendida, la concepción kantiana actualiza la tipología aristotélica en función de la cual, como se verá en un próximo escrito la democracia no es más que la deformación despótica de la república.

No obstante, reténgase por el momento que la crítica kantiana destaca que la demoracia instituye un poder ejecutivo en el que todos -que no son realmente “todos”, sino solo los que deciden por ellos- adoptan algo contra algunos que son quienes no coinciden con los demás. Debido a ese límite impuesto a la razón y a la libertad de cada ciudadano, Kant concluye que sea republicano o representativo, lo decisivo es que el régimen político adoptado esté sujeto al imperio de la ley en un Estado dederecho.
Fernando I. Ferrán es profesor-investigador de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM).