Derechos humanos “a la carta” (2 de 2)

MELVIN MAÑÓN
Si un país como Suecia, la España de Zapatero o el Uruguay de Tabaré planteara una sanción a Cuba por violaciones a los derechos humanos yo lo entendería y además lo apoyaría pues entiendo que, al amparo de presiones y agresiones externas así como por el uso y abuso del poder se hayan cometido violaciones. Pero también estoy seguro que se plantearían las sanciones a Cuba después de haberse asegurado la condena de Estados Unidos. Pero que lo proponga Estados Unidos es demasiado burdo y demasiado cruel. Y que haya, dentro de nuestros propios países, quienes lo respalden es aún más vergonzoso.

Y debo precisarlo bien claro. Condenar a Cuba por violación a los derechos humanos no es un delito ni una falta. Ahora bien, hacerlo por presión de Estados Unidos es una vergüenza y hacerlo sin haber condenado antes y mucho más fuertemente a los propios Estados Unidos es una ignominia.

Los grandes perjudicados de esa complicidad servil son justamente los pueblos oprimidos e indefensos. La falta de credibilidad en las acciones y decisiones de organismos internacionales no perjudica a los grandes sino a los pequeños. No lesiona a los poderosos, sino a los indefensos. Pero no lo hace para siempre. A la postre resulta que estas vaguadas, depresiones y fenómenos que se gestan en muchas partes del mundo explotan, como las tormentas de hoy, en la cara de todos.

Cuando meditaba sobre este artículo recordé que, en esencia, las decisiones de la ONU ahora, como tantas de años atrás, siendo el producto de las imposiciones norteamericanas, hijas bastardas del amedrentamiento, inconductas de cómplices sumisos resultan, sin embargo, diferentes. ¡Que las hace distintas? Antes la gente, los pueblos, las dejaban pasar. Hoy, esas decisiones y prácticas echan leña al fuego de un incendio de dimensiones colosales que nos envuelve a todos pero que la ceguera de los poderosos les impide ver.

La gestión del ex Presidente Jimmy Carter en los Estados Unidos levantó la esperanza en todo el mundo de que, después de todo, dejando atrás el pasado sangriento de Vietnam y otros, el país se avenía a una nueva época de convivencia constructiva. No se dudaba que, de estos nuevos Estados Unidos saldrían adicionales ventajas y beneficios para esa nación pero nadie tampoco parecía resentirlo porque esperábamos ser beneficiados también. Algunos cometimos lo que parece, cada vez más un grave error. Creímos que Carter representaba el principio de un cambio permanente que ocurriría, naturalmente, con altibajos. Carter fue, en realidad y penosamente, una desviación. Tras varios amagos e inestabilidades el sistema produjo su más reciente rectificación: la de Bush que resulta ser la expresión política más acabada y además inevitable de un capitalismo corporativo, transnacional y absolutamente despiadado.

Los que creímos que el socialismo anquilosado de los años 80 era una propuesta de sociedad inferior al capitalismo que prometía profundizar la apertura democrática, corregir desigualdades, suspender iniquidades e incorporar a la gente a la edificación en libertad de una sociedad mejor despertamos, entre incrédulos, aturdidos y avergonzados, a la pesadilla de Bush. Un grupo de la extrema derecha, con el apoyo activo de casi la mitad del país, asaltó el poder y está ahora empeñada en una carrera feroz para desmantelar todo lo que hubo alguna de vez democrático, progresista y prometedor en ese país —monstruo devorador y promesa de oportunidades a la vez— que ha sido y es Estados Unidos. En cuanto a Cuba, los que fuimos a las calles a reafirmar su derecho a existir y disentir, los que abrazamos la utopía de su realización, los que hemos sudado y en ocasiones vertido sangre para defenderla; nosotros tenemos derecho a increparla, nosotros tenemos derecho a decirle y el deber de criticarla, pero no así los criminales torturadores y asesinos de Abu Gahrib y Guantánamo.