Desastre y resurrección

Es que parecía que se nos había agotado, en una asfixia trágica, aquella sensibilidad humana que nos hacía sentir tan bien como población. Casi vertiginosamente, día a día, nos han venido golpeando las malas noticias acerca de nuestra conducta,  en todos los terrenos. De repente, aporreados, vapuleados y azotados por un cúmulo de comportamientos malvados, nos parece que nos han cambiado el país y la nacionalidad, que ya no somos esos dominicanos  sensitivos y afectuosos de otrora, sino un conglomerado de gente que ha adoptado con enfermiza avidez una diversidad de defectos humanos propios de otras zonas geográficas, que son resultado de otra trayectoria histórica cargada de abusos y crueldades que no son autóctonas de nuestro país.

Si bien es cierto que el abuso  del fuerte  contra los débiles siempre ha existido (“La razón del más fuerte es siempre la mejor” escribía el agudo fabulista francés), lo dolorosamente cierto es que la malignidad tiene mayor peso que la bondad, y todo lo que desciende mucho mayor fuerza que lo que asciende.

Ser mejor cuesta trabajo. Ser peor, no.  

Santo Domingo se ha convertido en una gran ciudad, en una metrópolis, un “Nueva York chiquito” (en lo malo),  y el concepto se ha expandido por el país. Las ciudades grandes del interior, digamos San Francisco de Macorís -por respetar el empeño de la gente de Santiago de los Caballeros a favor de sus tradiciones- han asimilado la foránea opinión y convicción de que lo que importa es el dinero. Si es por narcotráfico, bien. Si es por  desorbitada especulación comercial, bien.

El panorama nacional se nos presentaba sombrío en lo moral. Pero nos sacude la tragedia de un aterrador terremoto en Haití y resurge como un Ave Fénix, desde las cenizas, la vida subterránea de la bondad dominicana, que parecía extinguida y sepultada en una tumba sin nombre ni epitafio.

Pobres, ricos, clase media,  clase baja y gente sumida en la miseria, han demostrado un emotivo despertar   dominicano a sus valores morales, conmiserativos, aportando en muchos casos más de lo que pueden en ayuda a Haití.  Mucho más. Y me consta que querrían tener más para dar más.

Estas son unas líneas hijas de la satisfacción de que los dominicanos, aún bajo los vientos horribles de una moda  de adicción consumista y un materialismo rampante que asombra con los establecimientos comerciales de alto lujo que se proliferan como si hubiésemos descubierto petróleo en abundancia, minas de diamantes o metales esenciales para  la fabricación de bombas capaces de borrarlo todo, son estas líneas –repito- hijas de la satisfacción de que nuestros tradicionales valores humanos no han muerto en esta avalancha materialista.

Es que tenía el temor de que se hubiesen perdido.