Describen tramado de viajes ilegales en el país y las islas del mar Caribe

MICHES, República Dominicana .- Ramonita de Jesús no supo lo que era vivir mejor. Tampoco lo supo su marido, Manuel Reyes. Sus sueños se ahogaron en las aguas del Caribe.

Ambos perecieron el año pasado, cuando trataban de cruzar las aguas que separan a la República Dominicana de Puerto Rico en busca de un futuro mejor.

Ramonita y Manuel son tan sólo dos de tantos dominicanos que se lanzan a desafiar las aguas del Caribe, a fin de huir de la desesperación que los embarga día a día.

A pesar de los centenares de balseros que perecen en el mar Caribe, las esperanzas de un futuro próspero vencen el miedo de pensar que no lo van a lograr. El año pasado, el número de balseros que capturó la guarda costera de Estados Unidos se duplicó.

“Aquí no hay nada”, dijo Augustina Paulino, la madre de Manuel Reyes. Su hijo y su nuera, desesperados por la pobreza y el desempleo, se arriesgaron a viajar a Puerto Rico, dijo Paulino, quien se quedó en su choza de madera con los tres hijos de la pareja.

Aunque la cifra de personas que mueren anualmente no se puede estimar con total certeza, se calcula que son alrededor de un centenar.

La guarda costera estadounidense capturó 5.300 balseros desde el 30 de septiembre del 2002 a la misma fecha de este año, cifra que incluye a 2.000 haitianos, 1.700 dominicanos y 1.500 cubanos. Es el número más alto desde 1996.

Casi todos los balseros parten de sus países con rumbo a Estados Unidos, aunque los países caribeños más pudientes también tienen que lidiar con fuertes olas de inmigrantes ilegales.

Los haitianos suelen utilizar veleros para emigrar a las Bahamas, mientras que los cubanos utilizan embarcaciones muy rústicas para alcanzar las orillas de tierra estadounidense. Otros inmigrantes caribeños, y últimamente chinos, se aventuran al Caribe para buscar una mejor vida en Estados Unidos.

La mayoría de inmigrantes que son capturados por las autoridades son deportados a sus tierras. Otros logran llegar a la costa sin ser detectados, hambrientos y deshidratados, y suelen refugiarse con familiares o amigos hasta encontrar trabajo. En algunas ocasiones, suele ser la primera escala en su periplo a Estados Unidos.

La angustia y el afán de huir de la miseria de los inmigrantes se ha vuelto negocio para los contrabandistas, que facilitan la salida de estos.

En las islas de San Maarten, hay bandas que cobran 2.000 dólares por sacar a los inmigrantes a las Islas Vírgenes. Desde allí, los inmigrantes han de buscarse su vida o hallar quien los lleve a otro territorio más cercano a Estados Unidos.

En Dominicana, los traficantes de inmigrantes construyen embarcaciones para que crucen de noche los 120 kilómetros del canal de la Mona, que es la franja de agua que los separa de Puerto Rico.

En los últimos tres años, más de 300 personas, la mayoría de ellos dominicanos, han muerto o han desaparecido en estos viajes ilegales con destino a Puerto Rico o las Islas Virgin, según datos de la Patrulla Fronteriza de Estados Unidos.

A pesar de los riesgos de buscar una mejor vida, aquellos que han logrado llegar al otro lado no se arrepienten.

El hijo mayor de Paulino, Ramón Reyes, fue el primero que abandonó la isla y llegó a Puerto Rico en 1999. Puerto Rico cuenta con una población considerable de dominicanos, quienes suelen trabajar limpiando baños y cocinas por sueldos mínimos.

Reyes se ha empleado en trabajos de construcción, que le han permitido enviar a su madre 80 dólares cada dos semanas.

“Yo me esfuerzo en enviarles algo así no me quede nada”, dijo Reyes, de 36 años, que se casó con una puertorriqueña y esta solicitando los papeles para la residencia legal estadounidense. “Gracias a Dios que llegué aquí”.

Reyes creció en la zona rural de Dominicana, cerca de la ciudad de Miches, al noreste del país. La mayoría de personas carece de un trabajo estable y pasan bastante tiempo desempleados.

La cuñada de Reyes, Ramonita de Jesús, pereció junto a otras 40 personas cuando la embarcación en la que viajaban se hundió en la pequeña isla de Desecheo. Nunca hallaron su cuerpo.

Su hermano, Manuel Reyes, murió en otra embarcación con 50 personas. Reyes no podía mantener a sus tres hijos trabajando en el campo. Cuando decidió partir a Puerto Rico le dijo a su madre que una vez llegara allí se acabarían sus preocupaciones.

“Cuando vaya a Puerto Rico ya no tendrás que trabajar, porque te enviaré todo”, recuerda Paulino que le dijo. “Te enviaré ropa y comida para los niños”.

El flujo de inmigrantes dominicanos se ha disparado. Las autoridades estadounidenses aseguran que el número de dominicanos detenidos en Puerto Rico se duplicó el año pasado de 780 a 1.585, aunque esa cifra dista de los 3.000 que capturaban anualmente a comienzos de los 90, durante una profunda crisis económica del país.

Si bien la cifra decayó un tanto en 1995, cuando repuntó la economía, el número está volviendo a crecer por el nuevo deterioro económico. El peso dominicano se ha devaluado dramáticamente, lo que ha incrementado el costo de los alimentos. Los pobres han sido los más afectados.

La mala situación económica o las continuas crisis políticas en estos países caribeños parecen impulsar estas emigraciones. Las perspectivas que muchos anidan en sus mentes es una tentación lo suficientemente fuerte para que se animen a desafiar el mar y vencerlo. Este sueño aumenta cuando ven que varios llegan a la otra orilla y comienzan a enviar dinero a sus familiares, o en la caso de otros, que regresan con suficiente dinero para construir casas lujosas.

Patricia Pessar, una profesora adjunta del departamento de antropología de la universidad de Yale, lamenta que surcar el Caribe se haya convertido en un rito para los dominicanos pobres: “existe un sensación de que si no lo intentas, no tienes ambición”.