Descubrir un tumor sentimental

FEDERICO HENRÍQUEZ GRATEREAUX
Ladislao miró satisfecho el verde lago nevado de su daiquirí recién servido. Lo llevó a los labios con alegría. Dirigiéndose al periodista, el húngaro señaló con el dedo hacia el plato de aceitunas que había sobre la barra – ¿Se ha fijado usted en la cantidad de aceitunas? – ¿Qué pasa? ¿Están algunas dañadas? –

No es eso; lo normal es que sirvan una docena; es fácil que pongan trece, pero han puesto catorce. – ¿Cree usted en el maleficio del trece? – Hay un caso de sobra conocido; trece personas cenaron y una de ellas murió: Jesús. La Última Cena puede tomarse como ejemplo máximo de la mala suerte que acarrea el número trece. Sin embargo, también existe la buena suerte. Usted puede caer de un tercer piso y no hacerse daño; eso ocurrió conmigo. Caí del borde de un techo donde dos jóvenes peleaban a puñetazos. Uno de ellos me empujó, sin quererlo, al defenderse de una embestida del otro. Caí al vacío. Un lado del techo de la caseta en la que luchaban desaguaba en un patio situado a poca altura; el otro lado daba a un solar yermo, con una cavidad profunda. Caí de espaldas, con la cabeza en la posición adecuada para desnucarme. Pero no sucedió así. La cabeza y las vértebras cervicales chocaron con un pajón esponjoso pero apretado; el cóccix, poco después, descansó en otro arbusto igualmente acolchado. Pareció que un ángel invisible amortiguó el golpe. Tal vez todo estribó en que el suelo fuera mullido. ¿Por qué resultó mullido y no pedregoso? En la cadena infinita de causas y efectos, rozamientos y choques, idas, venidas, tiempos y espacios, mi caída estuvo “pautada” para que yo no muriese.

– En Hungría, la policía confundió mi apellido español con un apellido alemán. Parece una locura o un chiste, pero fue así. El único parecido de los apellidos consistía en que ambos empezaban con la letra U. Hicieron preso a un joven inocente al que golpearon salvajemente y después devolvieron a su hogar al comprobar el error. Si me hubiesen detenido no estaría vivo hoy. En otra ocasión escapé de Hungría justo a tiempo, en el preciso momento en que podrían haberme echado el guante. Siempre que huí de algún lugar hubo dinero en mi bolsillo para pagar el corre-corre. No es necesario aclararle que nunca supe de antemano que tendría que salir huyendo. Pero daba la casualidad que había cobrado dinero ese día o el anterior y lo llevaba encima. Si yo viviese en el medioevo diría que se trata de la divina providencia. ¡Quizás sea lo más exacto!

– Los encuentros inesperados con personas valiosísimas para mi trabajo han sido numerosos: en la Unidad de Investigación de La Habana, en Bayamo, en Santiago de Cuba. Es como si la suerte me tocara una y otra vez; el destino venía, directamente, y llamaba a mi puerta. Ahora, al salir de Cuba, se repite el caso. Tenía el dinero y el pasaporte en el hotel; sin ninguna necesidad u obligación. Por un milagro de la conducta inconsciente las dos cosas me acompañaban cuando usted fue expulsado y conducido al aeropuerto. Usted sabe que no estaba en La Habana; me encontraba en Santiago. ¿No es sorprendente que nos hayamos cruzado en el aeropuerto de Puerto Príncipe? Es inexplicable que estemos aquí, charlando acerca de misteriosas coincidencias. Usted no es familia de Marguerite de Bertrand; no la quiso conocer: ella apareció en su vida y usted en la mía.

– Cuanto ha sucedido en el curso de los últimos tres años, en lo que atañe a mi trabajo, puede calificarse de prodigioso. He podido conocer individuos cuya extraña personalidad no habría concebido nunca; ni siquiera con ayuda de la literatura checa. ¿Sabe usted de cuál mujer se va a enamorar sin remedio? Creo que ningún hombre lo sabe hasta que es un hecho cumplido, algo que descubre un día, como si hubiese brotado en su piel un lunar o una verruga. Hay mujeres dotadas de perfecciones físicas, prendas morales e inteligencia, a las que admiramos y apreciamos sin amarlas. Así como la sola inteligencia no conduce necesariamente a la sabiduría, ni la educación es garantía de acierto en la vida, es evidente que el amor surge como un tumor; nos crece dentro sin que lo advirtamos. Un tumor sentimental en relación con una persona que está fuera de nosotros. Esa perla interior suele generarse alrededor de un pequeñísimo grano de arena; la compañía prolongada va produciendo sutiles capas de esmalte entre los amantes. Pero dejemos esta conversación inútil. El número de mi habitación es el catorce, como el de estas aceitunas. Estoy más allá de la mala suerte.

– Yo si puedo decir con propiedad que el daiquirí le ha soltado la lengua. Esta vez no habla usted de política ni de historia social. Le ha dado largo y tendido con la suerte, el destino, las casualidades, el enamoramiento. Es bueno desahogarse; eso dicen siempre los dominicanos. Termine ese otro daiquirí; yo haré lo mismo. Santo Domingo, República Dominicana, 1993.