DESDE LOS TEJADOS

MANUEL MAZA

En el evangelio de hoy (Lucas 10, 25 – 37) un letrado le tira un buscapiés a Jesús: –“Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna? — Jesús, le responde con otra pregunta: “–¿qué lees en la ley? — Al citarla correctamente, el maestro de la ley queda en ridículo: ¡él ya sabía lo que preguntaba! Pero el letrado, queriendo justificarse, preguntó. — ¿y quién es mi prójimo?— Jesús le narra la conocida parábola del buen samaritano.
Vivimos en un mundo desalmado y violento, pero también en este mundo muchos se preguntan por la vida eterna, alardean de su religión tienen visiones y andan en el Facebook del Señor.
¿Cómo alcanzar la vida eterna? Jesús nos llama a hacerle bien al prójimo, pero al igual que el letrado, aducimos una ignorancia: — Señor, ¿quién es mi prójimo? –. En la parábola del Buen Samaritano, aparecen dos hombres religiosos, vinculados al templo. Ellos vieron al herido tirado al borde del camino y siguieron de largo. En cambio, un samaritano, nosotros diríamos, un haitiano, un “padre de familia chofer de voladora o patanista”, un dirigente político, lo vio y se aproximó compasivo a vendar sus heridas, lo montó en su cabalgadura, lo llevó a una posada, lo atendió y le dijo al posadero: “cuida de él y lo que gaste de más yo te lo pagaré a la vuelta”. Jesús nos invita: “hagan lo mismo”.
La pregunta clave no es, quién me queda cerca, sino a quién me debo acercar.
Nos toca acercarnos a Dios “amándolo con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma y con todas nuestras fuerzas”. Al prójimo hay que acercarse amándolo como a nosotros mismos.
Lo que da acceso a la vida eterna, no es la pertenencia religiosa, sino la compasión, así sea la de un descalificado.