Desde los Tejados
Ascensión: presencia y ausencia

Los que servimos en cualquier tarea de la Iglesia, a veces nos desesperamos al ver lo estrecho de nuestras miras,  nuestros fallos, fracasos y limitaciones.

Hoy, en la fiesta de la Ascención, el libro de los Hechos de los Apóstoles (1, 1 -11) nos  narra cómo los primeros discípulos, al final de un “curso intensivo” en el cual Jesús “se les presentó después de su pasión, dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo, y, apareciéndoseles durante cuarenta días, les habló del reino de Dios,” al final, le preguntaron: “Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?  ¡Cómo se habrá sentido Jesús de Nazaret! Todavía aguardaban a un Mesías triunfalista y poderoso y lo esperaban inmediatamente.  Así también nosotros, todavía identificamos el reino de Dios con el éxito y la integridad de una figura mediática, o mendigamos la aprobación de esta sociedad elegante, peregrina estoica y dispendiosa para escuchar un cantante, paralítica, egoísta y ñoña para meterle el hombro a la cruz sobre la espalda del pueblo.

    A Jesús no parecen preocuparle las expectativas triunfalistas de sus discípulos, condenadas al fracaso. Serán testigos en Jerusalén, Judea  y hasta los confines del mundo, no por su ambición de poder, sino con la fuerza del Espíritu Santo.

     A Jesús le preocupa la incapacidad de sus  discípulos para entrar en el tiempo  del Padre, es decir, vivir en medio de las  alegrías y los fracasos, convencidos de que la victoria es del Señor.  A veces, los retos de la vida nos asustan tanto, que en lugar de encararlos nos quedamos como aquellos galileos “plantados mirando al cielo”.

   Hoy la Iglesia nos llama a comprender “la esperanza a la que nos llama el Padre,” la plenitud de sentido que Dios comunica, la fuerza poderosa que ha desplegado en Cristo que alcanza su plenitud en la Iglesia.

   Ascención del Señor, escándalo y perplejidad: justo en el momento en que la frágil y todavía imberbe primera comunidad enfrenta al judaísmo, el helenismo y al mismísimo imperio romano, ¡Jesús se va! Desde el Padre, Jesús nos envía el Espíritu y nos manda a adentrarnos en la ambigüedad de nuestra historia. Es nuestra hora,  ¡la hora de los testigos! No hay que mirar al cielo, sino la ciudad, la Jerusalén de los aplausos, la cruz y la resurrección.