Desde los tejados
Dios, ¿un rival exigente?

¿Por qué tanta gente rechaza a Dios y todo lo que tiene que ver con la religión? En muchas ocasiones, se rechaza, con toda razón, un Dios y una religión negadores de los valores más excelentes del ser humano.

En ocasiones,  con nuestras palabras y acciones, los católicos hemos presentado a Dios como un rival implacable e intolerante de todo lo humano.

En consecuencia, y dada la tendencia humana a buscar lo más fácil, mucha gente se acomoda en una postura derrotista.

En el pasaje de Mateo 25, 14 – 30, encontramos un ejemplo de esa postura amilanada.

El patrón  se fue de viaje y llamó a tres de sus empleados para confiarles, a uno, cinco talentos de plata, a otro dos y a otro uno, a cada cual según su capacidad.

El de los cinco, ganó otros cinco, e igual sucedió con el que recibió dos.

La respuesta del tercero ilustra la actitud de muchas personas ante Dios: “Señor, sabía que eres exigente, que siegas donde no siembras y recoges donde no esparces; tuve miedo y fui a esconder tu talento bajo tierra. Aquí tienes lo tuyo.”

Comentemos estas afirmaciones.

El mundo está lleno de gente que cree saber todo sobre Dios.

Si hay un Dios que merezca ese nombre, ¿sería este Ser algo que usted pudiera llegar a “saber,” como usted se sabe el nombre de sus hijos? Quien sabe todo sobre Dios, sabe a ridículo.

Lo más noble de la tradición judeo-cristiana presenta a Dios decidido a que la mujer y el hombre vivan y desarrollen su humanidad a plenitud.

Desde la primera página de la Biblia leemos, “Sean fecundos, multiplíquense, llenen la tierra y sométanla…” (Génesis 1, 28).

Es cierto que los autores sagrados proyectan sobre Dios sus prejuicios vengativos y actitudes violentas, pero aún a través de ellos se abre paso un Dios “compasivo y misericordioso, paciente, rico en bondad y lealtad” (Éxodo 34, 6).

¡Qué pena ver a tanta gente con miedo de Dios! Lo consideran un rival celoso, como en el tango “Adios muchachos”.

Esconden sus talentos bajo tierra.

No les servirán ni a ellos ni a nadie, y luego, con una trágica incomprensión de Dios y de la vida, le devolverán su talento a Dios, excusando su pusilanimidad con un, “aquí tienes lo tuyo”.