Desde los tejados
La alegría, consejera genial

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Vivimos una época cínica. Se les dejan los entusiasmos a los enamorados que se juntan a comer su primera pizza y, sin embargo, la alegría está a la base de los grandes compromisos de la vida: la carrera, el matrimonio, los hijos, el trabajo, la casa y los amigos, todas son realidades escogidas desde la alegría, y a su vez, fuente de dicha profunda.

Jesús de Nazaret sabía que las grandes renuncias y compromisos del Reino sólo se pueden emprender desde la alegría. “El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo” (Mateo 13, 44). La alegría del hallazgo sustenta y motiva la renuncia de todos los bienes para poder adquirir campo y tesoro. El tesoro da alegría, pero es la alegría, que vende y compra, la que da el tesoro.

Vivimos acelerados. Asediados por mil urgencias, hemos perdido la capacidad de adentrarnos en las experiencias humanas portadoras de una satisfacción serena y profunda, capaces de reorientar nuestras vidas hacia ese lado del horizonte por donde nos llega la alegría. Nuestra generación es una generación desilusionada, presa de gusticos y entretenimientos. Muchos  deliberan más sobre qué película alquilar para el sábado, que sobre el sentido de sus vidas y qué les alegra verdaderamente.

En uno de los mayores barrios pobres de África, en Nairobi, Kenya, conocí a una maestra de niños refugiados. Un grupo de la Asamblea Mundial 2003 de la Comunidad de Vida Cristiana, visitamos su clase. La felicidad con la que enseñaba era contagiosa. Luego nos confesó: “yo no me cambiaría por nadie en el mundo entero”.

Este jueves 31 de julio, los católicos recordaremos a San Ignacio de Loyola. Él valoraba enormemente la alegría, pues la alegría interna “llama y atrae a las cosas de Dios y a la salvación propia”.  En esta vida y en la otra, no hay nada más serio que la alegría.