Desde los tejados
Un Espíritu para la misión

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Cincuenta días después de la Pascua, Israel celebraba   la fiesta de las chozas para recordar cuando  Dios le entregó a Moisés las tablas de la ley en el Sinaí. El libro de los Hechos de los Apóstoles (2, 1-11) nos narra cómo, mientras celebraban la fiesta de las chozas, los discípulos de Jesús recibieron el Espíritu Santo. Al igual que en el Sinaí, se escucha el ruido de un viento impetuoso y sobre ellos se posan lenguas de fuego. La comunidad entera recibe el Espíritu Santo.

 El Evangelista Juan narra así el don del Espíritu. Jesús resucitado saludó con la paz a los discípulos que tenían las puertas cerradas por miedo a los judíos, y luego les dijo: “como el Padre me envió, así los envío yo a ustedes” (Juan 20, 19 – 23).

El Padre envió a Jesús a encarnarse en nuestra historia, haciendo suya nuestra realidad humana, para transformarla con su amor.  Jesús envió a sus apóstoles a un mundo dividido por razas, nacionalidades, riquezas, religiones e idiomas para construir una nueva unidad. El libro de los Hechos 2, 1-11, enumera más de una docena de aquellos pueblos que escucharon la buena noticia. Los apóstoles evangelizaron a esa  Babel de pueblos, y como lo reconoce Pablo en la 1ª Carta a los Corintios (12, 3-13), los judíos y griegos, los esclavos y los libres, llegaron a formar un solo cuerpo gracias al Espíritu Santo.      Después de enviar a sus discípulos, “Jesús sopló sobre ellos y añadió: reciban el Espíritu Santo, a quienes les perdonen los pecados les quedarán perdonados, a quienes se los retengan, les quedarán retenidos”.

 Los bautizados hemos recibido un Espíritu que nos mueve a invitar a las personas a cambiar de vida y vivir en paz con Dios, recibiendo su perdón. Un Espíritu que nos pone a construir la unidad en medio de la diversidad plural. Se nos ha dado  la fuerza de animar a las personas a poner sus talentos al servicio del bien común. El Espíritu Santo nos impulsa a abrir las ventanas de la vida, cerradas por el miedo y el cómodo individualismo. Se nos ha dado un aliento para cruzar las alambradas del saber y del dinero y estrechar las manos y la palabra de los que todavía no cuentan.