Desesperación cívica frente al colapso social

http://hoy.com.do/image/article/476/460x390/0/6A60937E-61F8-44F7-827B-CBBBC54D370F.jpeg

Prácticamente todas las aglomeraciones humanas de la Tierra están atravesando la crisis generalizada de la pérdida de valores. La rotura del clan familiar es la causa de la desaparición de aquellos predicados y postulados que mantenían la sociedad en un carril organizado y de orden para ahora darle cabida a que cada quien busque su bienestar por el medio de arrollar a los demás.

La familia de hace 25 años ya no existe. La necesidad de cada miembro esforzarse para alcanzar su posición de bienestar y disfrute de sus ganancias, ha empujado a que sus integrantes, padres e hijos, se conviertan en desconocidos bajo un mismo techo, lejos de la disciplina y obediencia filiar.

La industrialización y el comercio han llevado a la familia a ese final de destrucción para procurar, en base al consumismo acelerado, los beneficios del sector empresarial, que ahogando con sus promociones millonarias, convence a los seres humanos que no pueden quedarse atrás, por tanto, deben emprender una carrera de gastos para alcanzar el relumbrón social y ser más que sus vecinos.

Ese caminar, hacia un colapso de la sociedad del siglo XXI, no escapa del ambiente isleño de Dominicana. El empuje desarrollista del país, con su afianzamiento como un destino turístico internacional de gran envergadura, así como un permisivo ambiente para el lavado de dinero fruto del narcotráfico, ha disparado los seguros del comedimiento y de la responsabilidad, para enfrentar a los grupos sociales en una competencia del despilfarro, que no deja margen para la reflexión y ponderar el daño ocasionado a lo que era la familia impactada por un índice de divorcios que supera el 50%.

Nos encaminamos hacia un colapso cívico de imprevisibles consecuencias. Los que nos gobiernan, por mandato de la ciudadanía expresado en las elecciones, no quieren darse cuenta o están embebidos en un disfrute hedonista, que se observa por la frecuente visita a restaurantes que se sostiene por el enorme gasto de cada estadía de los funcionarios, que de origen humilde, ahora compiten por la clase social alta, que ni siquiera se dan esos lujos de consumir vinos de $10 mil pesos la botella.

Hay tiempo de frenar ese colapso moral. Si el gobierno no asume su responsabilidad será la misma ciudadanía inquieta, responsable y no maleada, que generará el movimiento que nos lleva a dar marcha atrás al derrotero del derrumbe moral.

Será necesario rescatar tantos valores, que ahora atemorizados, no se creen con la facultad y el poder de luchar por su espacio y por su país. A este país se le quiere, pero ya hay muchos, y algunos lo han hecho, que quisieran emigrar hacia otros lugares más civilizados y tranquilos, sin las zozobras ambientales por el auge de la delincuencia, deficiencias de los servicios públicos y de la corrupción de los políticos.

Actualmente la arrogancia de los integrantes de una clase gubernamental, devoradora de lo que se le ponga a su alcance, luchan a como sea de lugar para sentirse apareados, en cuanto a fortunas, por quienes alguna vez llegaron a acumular riquezas en base a un trabajo tesonero de años, con sacrificios y sin el exhibicionismo de esos funcionarios ricos.