Desnutrición discursiva

JOSÉ MANUEL GUZMÁN IBARRA
El país está plagado de insuficiencias; la peor de todas es la desnutrición mental y discursiva. No por falta de ideas, pues a veces parece más bien lo contrario. El culto al ego es más fuerte que el criticadísimo culto a la personalidad, y explica mejor esta hambruna conceptual. La pose y vanidad son elementos que también explican porqué el debate nacional es tan difícil. ¿Cómo puede uno explicarse si no es así la constante debilidad en las propuestas en los temas nacionales? ¿Cómo es que muchos sucumben al facilismo del discurso moral, casi siempre “descalificador” sin el menor esfuerzo diagnóstico? ¿De qué otra manera sería explicable que personas con suficiente nivel académico e inteligencia yerren, por ejemplo, en hacer creer que cambiar los impuestos por la disminución del gasto es mejor y suficiente?

Hay que aclarar que no todos tienen una posición de hambruna conceptual. Existen, tanto en el mundo académico, político, como en el mundo empresarial, voces que al aproximarse a los temas nacionales lo hacen con fuerza argumentativa, con diagnósticos adecuados y con propuestas viables. Muchos están dispuestos ante la deficiencia conceptual a trabajar no tanto en el “deber ser”, como en hacer posible lo posible.

El debate sobre el tema impositivo es un buen ejemplo de ambas posiciones. En este punto hay quienes defienden posiciones inviables. En cambio otros antes que una reducción del gasto piden una redistribución del mismo y, antes que la total oposición a nuevas figuras impositivas, solicitan justicia, equidad y mejor redistribución.

Este fin de semana recién pasado una de estas voces sensatas lo fue José Luis (Pepín) Corripio quien indicó que los gastos del gobierno deben realizarse mediante la ley de contrataciones y compras estatales, manejarse de una manera eficiente y estar compelidos a un programa de austeridad. Advierte en esas mismas declaraciones que “entre los recortes no pueden incluirse la cancelación de miles de empleados públicos en un plazo corto porque eso crearía una crisis social que afectaría a la economía del país”. Lo más importante, dijo con claridad que el gobierno no tiene la misma lógica que una empresa privada.

Es destacable que la posición de este importante empresario no se distancia en lo más mínimo de la defensa de sus legítimos intereses. Al contrario, Don Pepín opina desde el concepto más importante en este debate: el mejor clima de negocios se da en la estabilidad económica. Su negocio va bien, si la economía va bien. Nadie puede pensar que el amor a la patria de un determinado sector o individuo implique una renuncia a la defensa de sus intereses particulares. En democracia, se da por cierto, todos tenemos derecho a defender nuestros intereses, nuestras ideas, nuestra parcialidad. La legitimidad de esta defensa tiene mucho que ver con reconocer que el límite de la propia conveniencia empieza donde empieza la conveniencia de los demás.

Una sociedad democrática se hace sostenible cuando todos los poderes públicos tienen su contrapeso. Y creo que la verdadera madurez surge cuando también los grupos de intereses privados (empresariales, sociales, religiosos, etc.) encuentran contrapesos sociales y políticos. No sé qué tanto en la vida real, pero al menos en el discurso diera la impresión de que no hay tales límites, pues desde los “padres de familia” hasta los grupos poderosos pareciera que no hay disposición a reconocer la existencia de otros actores sociales ni de otra verdad más allá de la propia.

Nuestro país necesita superar la pobreza, la desnutrición, los retos educativos y la seguridad social, sin dudas este es un país de carencias, pero las élites aportarían mucho si vencen la desnutrición argumentativa y la hambruna conceptual. Superar la idea adolescente de que el mundo empieza y termina en uno mismo, sigue siendo el gran reto social.