Despedida a dos amigos

JESÚS MARÍA HERNÁNDEZ SÁNCHEZ
En este mes de abril he vivido la experiencia desagradable de tener que acompañar a su última morada a dos amigos. Aunque todos sabemos de lo inevitable de la muerte todavía los humanos no nos acostumbramos a ese misterio, a ese tránsito a otra vida para los creyentes y hacia la nada para los no creyentes.

El primer amigo que despedimos fue Don Fabio Herrera Cabral, de quien oímos hablar cuando en las conversaciones políticas allá por el año 1964 le apodaban “el Corcho”, ya que en este país donde no se respeta la profesionalidad, la capacidad, la ley del servicio civil, sino el activismo político, el tuvo la lealtad de servir con eficiencia a ocho gobiernos que utilizaron su recia personalidad, sus vastos conocimientos y su incomparable cualidad de hacer amigos para tenerlo cerca oyendo sus sabios consejos.

En el año 1969, estando con mi familia en Argentina, donde había sido enviado por ser militar constitucionalista, sentí cierto recelo cuando a él lo nombraron embajador en ese país, ya que sabía que estaba íntimamente ligado al gobierno que el Movimiento Constitucionalista había derrocado aquel glorioso 24 de abril.

Tan pronto empezó nuestro trato diario fui cambiando de parecer; en poco tiempo nos hicimos buenos amigos, tanto así que cuando nació en esa nuestro segundo hijo mi señora tuvo problemas post parto, la niñera se enfermó del corazón y durante varios días iba Don Fabio ha sentarse en la sala a leer los periódicos y la inolvidable Doña Loló atendía todo lo del recién nacido.

Para los que lo trataron de cerca demás está decirle que por su corpulencia, sus contactos con el gobierno argentino, sus múltiples charlas y su jovialidad era quizás el embajador más popular del cuerpo diplomático.

Personalmente le agradezco su decisiva intervención para que después de finalizar mi misión en Uruguay me trasladaran como embajador en Argentina como él me lo había pronosticado varios años atrás. Por circunstancias de esta vida atropellada que llevamos todos hacia un tiempo no lo veía, aunque hablamos por teléfono un par de veces, pero hace poco más de un mes asistimos a sus 97 años lo encontré con su mente muy lúcida entusiasmado con la próxima publicación de sus Memorias, al despedirme le dije confidencialmente y son de broma.

“Usted no pondrá en blanco y negro todo lo que usted sabe sobre ciertos hechos y personas”, y él como buen político me dijo: “Hay cosas que lo mejor que puede pasar es que nunca se sepan”. Fue la última vez que lo vi con vida.

En paz descanse.

La otra despedida que este mes ha traído es la de mi amiga y compañera de trabajo en infinidad de ocasiones la doctora Maritza Amalia Guerrero, una de las economistas de mayor fuste en nuestro país que por justicia debió ocupar posiciones más altas, pero que tal vez por ser mujer, por su apartidarismo, por su rectitud y por la vehemencia con que enfrentaba lo que creía no era correcto, ocupó posiciones de cierto nivel pero no las que merecía por sus cualidades.

Sus conocimientos fueron utilizados por gobernadores del Banco Central, por cancilleres y por secretarios de Estado tanto aquí como en el exterior. Su discreción y su capacidad de trabajo la distinguían de cualquier otro funcionario; cuando yo solía salir de la cancillería alrededor de las seis de la tarde veía siempre su oficina encendida y su Volvo negro esperándola en el parqueo.

Tuve el honor de compartir con ella en muchos asuntos internacionales como las negociaciones de la Iniciativa de Cuenca del Caribe, la de los textiles, participamos en reuniones de los 77 de la UNCTAD de la CEPAL y en la preparación de documentos para las Cumbres Presidenciales demostrando siempre sus altos conocimientos en su materia y su entusiasmo en el trabajo.

A través de estas cortas pero sinceras líneas quiero rendir un sencillo homenaje a esa excelente compañera y buena amiga que en vida se llamó Maritza Amalia Guerrero y sugerir respetuosamente a las autoridades de su querido Banco Central que de ser posible a una de sus dependencias le den el nombre de esa brillante economista que dio lo mejor de su vida a esa institución.

Honor a quien honor merece.