Despertar en Emaús

PEDRO GIL ITURBIDES
Los dos discípulos caminaban y conversaban con Jesús, y sin embargo, no lo reconocían. Entretenidos en el camino de Jerusalén a Emaús, llegaron a esta última aldea al caer la tarde. Los discípulos invitaron a Jesús a quedarse con ellos. Pese a que el anónimo caminante los ha recriminado por su incomprensión de las profecías, los discípulos sienten placer por el encuentro. Lo escuchan arrobados, y lo llaman a su mesa. Es aquí, en ésta, cuando los discípulos vuelven a la realidad.

El Padre Máximo ha dicho el domingo que los discípulos despertaron cuando Jesús agradeció a Dios por el pan, lo bendijo y lo partió, y les entregó sendas porciones. Fue, este detalle lo que me indujo a escribir sobre Emaús. Pero no por el mismo Jesús, por la temprana rememoración de la primera Eucaristía. No, no fue por este acto de Jesús, sino para llamar a Jesús en nuestro auxilio. Porque entiendo que el pueblo de la República anda hoy como marcharon aquella tarde los dos discípulos junto a Nuestro Señor. Ciertamente obnubilados.

Desconcertados tal vez, ofuscados sin duda, caminamos en un mar de confusiones. Una avasallante propuesta propagandística nos empuja en un caos de aturdidos caminantes. Vamos, vamos juntos, unos al lado de los otros, y si bien escuchamos a quienes con gran vocinglería cantaletean sus virtudes, no logramos percibir los mensajes. Es probable que estemos en la ruta a Emaús, y que allí despertemos. Pero, ¿quién lo asegura?

Despertaremos sin duda, pero con muchas incógnitas por despejar. La dirección de la República luce en manos de renegada inclinación a percibir el objeto propio del gasto público. Hace tiempo, adicionalmente, que la política nacional abrió sus puertas al desconcierto moral. Superar lo que evidentemente va convirtiéndose en una rémora para el desarrollo, impone un cambio de mentalidad. Y éste no se presenta con claridad ante la ciudadanía. Quizá sea preciso repetir que el gobernante no es únicamente un administrador.

El buen gobernante es maestro y es orientador. Es conductor moral y es guía. Y no parece que ello esté ocurriendo, o que pueda ocurrir en previsible futuro. De ahí que me llamase la atención sobremanera, cuanto se dijo al comentar las lecturas dominicales. En camino hacia la involución moral y material en que nos vemos, pienso en la imprescindible reconversión a la que estamos obligados. Pensé en el despertar de los discípulos.

De alguna manera tiene que producirse en República Dominicana una trasformación como la de Emaús. En nuestro caso, el papel de los discípulos lo representaremos los dominicanos. Y alguien tendrá que dar gracias a Dios, pronunciar la bendición, y entregar algo distinto a lo que se ofrece hoy día en la vida pública de la Nación. Deberá entregarse, en algún instante, una pizca de conducta moral en el quehacer cotidiano, que permita el despertar hacia un porvenir distinto.