Después de la tregua

 ROSARIO ESPINAL
Es costumbre solicitar y declarar treguas políticas en semana santa y navidad. La petición la inician los líderes religiosos, y los políticos, como mansos corderitos, la acogen con beneplácito. Disfrutan un pequeño descanso y quedan congraciados con la poderosa Iglesia Católica.

Desde que en el país se celebran elecciones cada dos años y primarias para elegir candidatos con la misma frecuencia, quedan pocas fechas en el calendario para descansar de las confrontaciones intra o inter-partidarias.

Pensemos en los eventos del último año. Primero fueron las elecciones congresionales-municipales de mayo 2006. Poco después el PRD realizó sus primarias para la nominación presidencial que culminaron en enero pasado. Desde noviembre, el PLD está en lucha campal, con altos dirigentes y subalternos desgañitándose. Próximamente le tocará al PRSC, aunque, con la presidencia remota, el conflicto posiblemente no ascenderá a gran espectáculo.

Una vez concluidas las primarias, comenzará entre los nominados la lucha brutal por la Presidencia de la República. El cuadrilátero se prepara.

Así, en navidad habrá que solicitar otra tregua, y en la próxima semana santa una mayor, porque, para entonces, los ánimos estarán muy caldeados con un 16 de mayo electoral cercano.

Estas luchas políticas constantes, sin control adecuado, contaminan el panorama político dominicano y no dejan espacio para evaluar con serenidad las políticas gubernamentales, ni concebir cambios importantes.

Con una campaña electoral permanente, la prioridad de los políticos es despotricar al oponente con el propósito de sacar ventajas.

Gobernar para bien del pueblo no es prioridad, y domina un permanente afán por ganar, bajo el argumento de que la competencia electoral es un ejemplo de democracia.

Las propuestas políticas son muchas veces demagógicas y se aderezan en función de quien sea el contrincante. Además, no parece importar si los que ahora critican y prometen soluciones estuvieron en el gobierno sin dejar un buen legado.

Eso sí, en torno a todos los candidatos se atrincheran muchos adeptos que buscan beneficios especiales. Los políticos en el poder cuentan con seguidores leales. ¿Por qué abandonar el estatus de beneficiario? Es mejor seguir “subido en el palo”.

Los que osan hacer oposición con su partido en mayoría gobernante, expresan sus aspiraciones con más quejas que promesas. Pero en política es poco creíble hablar de cambios que podrían realizarse sin esperar la denominada “alternabilidad”.

En la oposición predomina el objetivo de arrebatar el poder estatal. Por eso es impensable la cooperación sensata con el gobierno. Los perredeístas y reformistas esperan el desenlace del espectáculo peledeísta para iniciar con fuerza su ofensiva antigubernamental y repetir “e’pa’ fuera que van”.

Con tantos intereses particularistas enfrentados, predomina en el país un sinsabor político, adornado con discursos triviales o de mal gusto. Al pobre guión de los políticos se agrega la mala coreografía de muchos para-comunicadores sociales.

Resulta que el proselitismo constante beneficia a quienes viven del negocio político. De ahí que dirigentes y seguidores se entusiasmen arengando, a tal punto, que es preciso solicitarles tregua para moderarlos.

No olvidemos que el activismo político es un fuerte antidepresivo y produce adicción, ya sea que se triunfe o se anide esperanza en la victoria.

Además, la política es un negocio muy rentable. Por eso no tiene sentido para los activistas prolongar treguas sin ganancias. Recordemos, es la única actividad que recibe amplios subsidios del sector público y privado, incluso cuando los políticos hacen un mal trabajo que deja inconforme a muchos conciudadanos.

Ante tantos beneficios, es entendible que los políticos prefieran los ataques constantes a la actividad pensante y responsable.

La confrontación se ha hecho condición indispensable, y, peor aún, se confunde con libertad y democracia.

Pero libertad no es despotricar y la democracia no es una simple competencia para determinar quién gobierna y se apodera de los recursos públicos.

La libertad democrática es para utilizar la razón en la búsqueda de las mejores soluciones a los problemas que enfrentan las comunidades humanas.

Como no hay soluciones únicas ni es fácil determinar la mejor, la libertad, con la participación social, debe ayudar a escoger las mejores opciones.

Pero cuando el discurso político consiste en insultos frecuentes o planteamientos intrascendentes, y la práctica política es una perenne repetición de errores, no hay libertad real ni construcción de la democracia.

Un sistema político carente de resultados concretos que mejoren sustancialmente el nivel de vida de la población, como ocurre en el caso dominicano, no es una verdadera democracia. Es un sistema donde hay libertad para la confrontación y manipulación que mantienen un segmento de la población servil y otro en desengaños.

Después de la breve tregua de semana santa retornan los discursos políticos carentes de esperanzas y, cuando se acerque otra festividad religiosa, se solicitará otra tregua para un breve descanso de la contaminación sonora y mental que con insistencia producen los políticos.