Determinantes de la inteligencia

Como padres, docentes y tutores, todos hemos reído de buena gana alguna vez por la experiencia de sorprendernos con una respuesta demasiado inteligente de un niño/a pequeño/a.

Desde algún lugar de sus mentes, los niños, a veces, despliegan una capacidad de análisis, de uso de conceptos, de rapidez de procesamiento, de inclusión de variables que son propias de niños más grandes o de adultos. Y nos hacen reír. Sobre todo porque acto seguido vuelven a sus estilos infantiles atolondrados, soñadores, demandantes e impulsivos.

La pregunta que cabe ante estos mágicos eventos es por qué ocurren, ¿cuáles son sus determinantes? ¿Será que los niños simplemente repiten lo que oyen? ¿Será un indicio de que una inteligencia superior a la que parecen ostentar habitualmente radica en ellos, luchando por salir? ¿Será que el ambiente o algo que hicimos o dijimos nosotros lo provocó?

Quienes proponen el factor ambiental no niegan que parte de la inteligencia es heredada, pero creen que esto ocurre sólo al principio. Se entiende que cada uno de nosotros hereda cierta parte de la constitución de sus padres, pero el peso real depende mucho de lo que se coma y de cuanto se ejercite. Aunque heredamos ciertas capacidades mentales, en el desarrollo de muestras habilidades intelectuales depende de lo que nos rodea cuando niños, de cómo responden nuestros padres a nuestro primer intento de hablar, las escuelas a las que asistimos, los libros que leemos, los programas de televisión que observamos e incluso lo que comemos. Diversos estudios demuestran que la nutrición prenatal y en los primeros años de vida afecta las calificaciones del Coeficiente Intelectual, CI; si los niños/as no reciben una dieta adecuada durante su desarrollo inicial, tanto su desarrollo mental como fisiológico se detiene. Los ambientalistas afirman que el desarrollo intelectual depende de la estimulación e incitación del ambiente. Esto es cierto para cualquiera, aunque la forma específica de la estimulación varía de cultura a cultura. Por esta razón es que resulta muy importante conocer las habilidades de nuestros niños/as,  si nos tomamos el tiempo para identificarlas, de la misma manera podemos enseñar a desarrollarlas, creando un ambiente de seguridad en sus destrezas desde la niñez, que podrá aplicar en su vida como adolescente y como adulto. Valorar sus acciones es  elemental, no enfatizar en sus errores, sino en el valor de sus buenas acciones para que de esta manera, por iniciativa propia, pueda mejorar en los aspectos negativos, pues  aunque tenga un coeficiente superior al normal, si no tiene fe en sí, tomará posturas catastróficas, cobardes, que le conducirán al fracaso, no sólo en la niñez sino, probablemente, también a lo largo de su vida.