Deuda de las naciones hispanoamericanas con Haití

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A los dominicanos nos resulta a veces muy difícil entender de cómo las simpatías continentales se decantan por las posiciones que asume Haití en contra de Dominicana, que presionan para un libre tránsito sin fronteras, de la fusión de las dos naciones y las cancillerías hemisféricas no ocultan hacia quién van sus apoyos, como es el caso de la OEA con su flamante Luis Almagro, cabeza del grupo de ataque al país.

Las razones de esas simpatías hacia Haití, el país más pobre del continente, dando lástima en su miseria cuando muchas de sus gentes se sostienen comiendo galletas de tierra, mientras los demás países chantajean a los dominicanos para reclamarle el rol de benefactor universal, mientras ellos se regodean en sus cancillerías ofreciendo un inocuo apoyo a Haití, traducido en declaraciones altisonantes de solidaridad fingida y veladas amenazas de sanciones a los dominicanos si no accedemos a abrir la frontera para no llevar a cabo el plan de las deportaciones de ilegales y declarar a todos los haitianos legalizados.

Los orígenes de las simpatías continentales hacia Haití se remontan al siglo XIX durante el gobierno de Alejandro Petión, sucesor de Dessalines en 1806 y primer presidente haitiano; para 1814 Petión era un presidente muy amado por su pueblo, por su empeño en afianzar la educación y la salud. Por su formación en Francia y haber luchado durante la revolución francesa de 1789, tenía amplias simpatías por los movimientos de independencia que se gestaban en los países de América Hispana ya que Haití era independiente desde 1804 y era la primera nación latina que obtuvo su independencia en el continente americano.

Así Petión atrajo al Libertador Simón Bolívar, que había fracasado en su intento de iniciar la lucha en su país Venezuela y tuvo que refugiarse en Jamaica, donde, sumido en una fuerte depresión, coqueteando con el suicidio, escribió su famosa Carta de Jamaica plasmando sus planes y visiones; en vísperas de ser asesinado, Bolívar pudo marcharse a Los Cayos en Haití para la Noche Buena del 1814, donde encontró a un benefactor en Petión, que le dio albergue y un apoyo total para organizar su invasión a Venezuela, aportándole seis mil rifles con sus municiones, repuestos, víveres, dinero, una imprenta completa y embarcaciones así como 300 soldados haitianos que recordaban aquellos 300 valientes de Leónidas en las Termópilas. El inicio de esta expedición estuvo al borde de fracasar por el empecinamiento de Bolívar que él no se embarcaba hasta que no llegara su amante de la ocasión, que venía desde otra isla caribeña.

La primera expedición desde Haití fracasó y Bolívar retornó a Los Cayos, donde Petión continuó protegiéndolo y se organizó una nueva aventura, esta vez con mejor resultado. Petión le entregó Bolívar la espada que luego se llamó la Espada de Haití y que el Libertador la utilizó durante los nueve años de su campaña libertaria de los países sudamericanos. Quien primero utilizó esta espada fue Francisco de Miranda, otro patriota venezolano, quien al fracasar en Venezuela se la devolvió a Petión. La única condición de la ayuda haitiana a Bolívar, impuesta por Petión, era que anulara la esclavitud en cada uno de los países que él libertara, y lo cumplió a plenitud.

Haití se entregó a Bolívar y Petión cosechó esa lealtad con el Libertador que en su estancia en Los Cayos se trasladó a la isla de La Vaca, a seis kilómetros de la costa que en la actualidad es un paradisiaco lugar de turismo con dos resorts. Es una isla de 13 kilómetros de largo por tres kilómetros de ancho, y la comunicación isleña es por el mar. Hay inversionistas dominicanos interesados en invertir en esa isla de raíces históricas tan profundas con la estadía del Libertador en 1816 en la misma.

El compromiso de los haitianos con los países sudamericanos hizo fracasar la petición de ayuda que José Núñez de Cáceres le hizo a la Gran Colombia cuando estaba buscando ayuda para la independencia dominicana de la corona española y meses más tarde, en 1822 Boyer, sustituto de Petión que había muerto en 1818 por fiebre amarilla, ocupó la parte oriental de la isla por 22 años hasta que los dominicanos se sacudieron en 1844 de esa odiosa opresión.