Deuda eterna con los héroes de Abril

JUAN BOLÍVAR DÍAZ
Por encima del recurrente pesimismo, justificado parcialmente por los tropiezos institucionales y la corrupción que ha predominado en la vida nacional, tenemos que rendir tributo a todos los héroes de la revolución constitucionalista iniciada hace hoy justamente 40 años.

Aunque esa gesta quedó cercada militarmente por la invasión militar de los Estados Unidos y derrotada políticamente por las imposiciones que le siguieron, representa en términos históricos uno de los capítulos más brillantes de la larga lucha del pueblo dominicano por construir una nación independiente bajo los principios democráticos y participativos que han enarbolado sus fundadores y sustentadores durante casi dos siglos.

Los constitucionalistas del 1963 fueron derrotados por las fuerzas más conservadoras y egoístas de la sociedad de aquellos días, que se negaban a reconocer el protagonismo del pueblo en el trazado de su destino histórico y los principios elementales de la democracia.

Pero esos sectores, militares, empresariales y religiosos, que vivían de espaldas a la evolución histórica, fueron los grandes perdedores del enfrentamiento bélico que ellos mismos desataron cuando se negaron a reconocer el derecho del pueblo dominicano a reinvidicar el voto del 20 de diciembre de 1962 que invistió al profesor Juan Bosch como presidente de la República.

Humillados, desconcertados y acorralados tuvieron que apelar a la invasión extranjera para salvar su predominio. Y lo lograron pero al costo del deshonor y el descrédito histórico. Tanto que ninguno de sus actores fundamentales ni de sus instrumentos políticos pudieron jamás constituirse en alternativa válida para las mayorías.

Quedaron tan degradados que irrespetaron los términos del Acta Institucional que puso fin al largo conflicto bélico y se vengaron de los constitucionalistas marginándolos definitivamente de las Fuerzas Armadas, persiguiéndolos y matándolos, cuando no exiliándolos.

No faltó, incluso, el intento de genocidio perpetrado el 18 de diciembre de 1965 en Santiago, cuando con alevosía y acechanza atacaron al liderazgo civil y militar de la revolución constitucionalista que fue a rendir homenaje a su ideólogo y héroe Rafael Fernández Domínguez.

Los constitucionalistas demostraron un valor extraordinario en la defensa de los principios que enarbolaron, enfrentando durante meses la fuerza militar inmensamente superior de la principal potencia de la tierra, sin capitular, reivindicando la dignidad del pueblo dominicano.

No pudieron predominar en 1965, pero dejaron un inmenso legado de heroísmo y entrega, y una lección inolvidable para aquellos que desconocieron la voluntad popular en 1963, proscribiendo para siempre de la vida nacional el golpe de Estado, y haciendo respetar el principio constitucional de la subordinación de los militares a las autoridades civiles legítimamente electas.

La nación dominicana tiene una enorme deuda con los héroes constitucionalistas, con las figuras relevantes del ámbito militar y civil, pero también con los miles de mujeres y hombres del pueblo que no se doblegaron, especialmente con los que entregaron sus vidas reivindicando el honor y la verguenza nacional.

Esa deuda tiene nombres particulares como los de los coroneles Francisco Alberto Caamaño Deñó, Rafael Tomás Fernández Domínguez y Juan Lora Fernández, que junto a sus compañeros de armas fueron decisivos para el inicio y la supervivencia del movimiento constitucionalista.

También deben ser recordados por siempre aquellos extranjeros que derramaron su sangre en las calles de la ciudad insurrecta en solidaridad con la nación dominicana, como Jacques Viaux, Illio Capocci y André de la Riviere.

La gratitud tiene que ser eterna para todos los protagonistas, incluyendo a los sobrevivientes, muchos de los cuales han sido objeto del olvido y la indiferencia de aquellos que se han dicho compromisarios de los valores democráticos y de justicia en que se fundó el movimiento constitucionalista.

No habrá mejor homenaje a tantos héroes que seguir levantando sus banderas, luchando por constituir una nación mejor organizada, con instituciones democráticas afianzadas, saneada espiritualmente y rescatando los derechos políticos, económicos y sociales para el disfrute de todos y todas.