Devenir del arte conceptual

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Si el XX fue el siglo de la pintura, el XXI será el de la fotografía, y ya se está viendo. Picasso demostró que la fotografía no podía matar a la pintura, pues aquella reproduce mecánicamente la realidad con la cámara en una sola dimensión. Así pues, creó una forma -u objeto- simultáneo, a través de la perspectiva lineal múltiple, y mostró, a través de la ley de la frontalidad, un cuerpo -o rostro- de frente y de perfil, a la vez, y eso no lo hace la fotografía.
La cualidad de única e irrepetible en que reside la esencia de la obra de arte la hace también inmune a la copia, y constituye un desafío a la artesanía, que se caracteriza por la reproducción en serie, en virtud de que el instante de creación es intransferible e irreproducible. Si la cámara ha asestado un golpe demoledor a la pintura, también lo ha hecho la reproducción digital sobre lienzo, lo que abarata el precio y acorrala el mercado. La firma y el origen de la obra de arte le garantizan, sin embargo, gran fortaleza simbólica por su carácter incopiable. Otro fenómeno de los nuevos tiempos lo conforma el desplazamiento de la figura del marchante, en tanto ha sido reemplazado por el mismo artista plástico, ya que, a través de páginas web o blogs, comercializa sus obras, al margen de la mediación de las galerías de arte. La batalla de las artes tradicionales contra las tecnologías acusa un camino resbaladizo. La peculiaridad de la arquitectura en relación a la pintura y la escultura la hace incólume, en razón de sus materiales, volumen, y, sobre todo, funcionalidad, por lo que resulta “inmune a la falsificación” -que es el tormento de la pintura y el dibujo.
En efecto, la crisis de las artes visuales es de signo opuesto a la crisis de las demás artes. El lenguaje en las artes literarias mantiene su apego al canon moderno, aunque el verso libre reemplazó al metro tradicional con las vanguardias poéticas de principios del siglo XX. Esa ruptura en las letras tuvo una expresión diferente a la revolución en la órbita musical con el siglo XIX, aunque la música ha experimentado una transformación de orden tímbrico, melódico, tonal y armónico en los últimos cuarenta años, a través de fusiones de ritmos, sonidos aleatorios y analógicos, entre géneros disímiles. Los melómanos, apasionados, y de filiación a ritmos clásicos, apenas si se resisten a las innovaciones sonoras. Con la posibilidad de grabar música sin derecho de autor, esta se democratiza, y devalúan los músicos, quienes hoy apenas viven de los conciertos, tras el imperio de la piratería y la libre reproducción sonora. La cotización de la pintura, en cambio, continúa en las subastas mundiales, contrario a lo que sucedía con las obras de artes plásticas antes de la Segunda Guerra Mundial, cuando el arte abstracto no tenía valor comercial, realidad que cambió cuando Hitler y Stalin acusaron ese arte de “degenerado”. Esa hostilidad del totalitarismo hacia el arte de vanguardia europeo permitió su valoración crítica como obras de arte cotizado.
Lo que parece vislumbrarse en la coyuntura actual del arte es un afán por la experimentación, a contracorriente de la tradición, y la vocación por asumir el pasado como el arte del futuro. Para los tradicionalistas el futuro reside en el pasado, y para los vanguardistas, el futuro mora en el futuro. Cuando Hegel preconizó, en el siglo XIX, “la muerte del arte”, lo hizo porque llegó a la convicción filosófica de que con el desarrollo del arte romántico el arte en general había arribado a su plenitud máxima de transformación. Por lo tanto, para este pensador alemán, el arte era “cosa del pasado”, o el arte como forma del espíritu, había pasado.
Toda tentativa por renovar las bases técnicas del lenguaje del arte apuntan a la fundación de una retórica, en función de metáforas visuales, verbales o sonoras. De modo que la revolución técnica de las vanguardias artísticas del siglo XX se gestó fuera del ámbito de las demás artes propiamente dichas. La explicación del devenir de las artes de vanguardia hay que dilucidarla, a partir de la relación entre el medio y el mensaje. ¿Qué tanto comunican las artes vanguardistas? ¿Comunican más las artes figurativas, clásicas, que las artes abstractas o modernas? “Solo en el arte de vanguardia el medio es el mensaje. En la vida real, el medio experimentó una revolución a favor del mensaje”, afirma Eric Hobsbawm.
Si en el arte figurativo el medio fue la composición y el color, en el arte abstracto ese medio es la técnica. Así pues, el tecnicismo formal se ha tragado el talento clásico de la composición figurativa, el don del color y los juegos de la luz y la sombra. Es decir, hoy, el medio es todo y el mensaje es nada. El triunfo de la técnica, a contrapelo de la forma, ha transformado la visión del arte y el gusto estético del Nuevo Siglo, en nuestra sociedad de consumo. La subversión del arte de vanguardia, postulado por el Dadá, representó el umbral de su bancarrota. La libertad expresiva de las vanguardias se volvió una trampa para el arte conceptual, que ha terminado con la idea del artista y el desplazamiento del centro de gravedad de su origen, como producto del talento individual, que trasciende las llamadas “leyes del arte”. El culto al arte conceptual del Nuevo Milenio le confiere valor estético y sentido no a la imagen visual, sino al título de la obra. El éxito de Duchamps con su arte-objeto lo alcanzó en Nueva York, no en París, donde no tenía el reconocimiento que logró, en efecto, en la gran urbe americana, donde metabolizaron su ironía. Su tentativa por destruir el arte europeo constituye la explicación de su crítica al arte burgués de posguerra. La fuerza de su arte conceptual tuvo su efectividad en medio del escepticismo –y la confusión- que generó el fin de la guerra. Contrario a Duchamps, que quería abolir el arte, Andy Warhol persiguió no destruir a las vanguardias, sino reaccionar ante la “pintura de acción” del expresionismo abstracto de Pollock, y poner el arte al alcance del pueblo. El Pop Art no intentó, en consecuencia, fundar una técnica sino ironizar contra el action painting, reivindicando los artículos de consumo de masas y los iconos de mentalidad rebelde, sexual y política de la época.
En síntesis, asistimos, en la hora actual, a la resurrección del dadaísmo y al triunfo de la publicidad, como se puede comprobar en las Bienales de Artes Visuales Mundiales, no en protesta contra la tradición artística sino como un triunfo de la técnica fácil. El “todo se vale” de la posmodernidad le ha ganado la batalla a la ley del mayor esfuerzo. La muerte de la pintura de caballete depara en el triunfo de las instalaciones y de la fotografía digital. La moda del arte conceptual se ha impuesto, pues es un arte que todo el mundo puede hacer, apreciar y consumir, pero no porque este arte no tenga una base filosófica y teórica. El arte de hoy no demanda de ideas de gestación, ya que no encierra ideas deslumbrantes.