Dialogo con Kin Sánchez
“Somos lo que nadie puede ser: la ciudad primada de América”

Kin Sánchez es un fantasma. Lo sé desde que yo tenía nueve años y lo veía deambular, con su cuerpo etéreo y su barba bíblica, por las manzanas cuadriculadas del ensanche Ozama. Hubo un tiempo en que pensé que era un personaje imaginario inventado por mi hermano Leopoldo, embebido del realismo mágico que por ese entonces García Márquez había elevado a la máxima potencia.

Pero luego confirmé la condición espectral de Kin, sometiéndolo a la prueba irrefutable del espejo, frente al cual los fantasmas, según había aprendido en la serie animada “Gasparín: el fantasmita amistoso”, no se reflejan. (Debo decir, para más señas, que Kin tenía características distintivas respecto a los otros fantasmas: era vegetariano, tomaba agua a temperatura ambiente y prefería hablar animadamente a echar esos horribles gritos que el sindicato fantasmagórico incorporado exige emitir a sus temibles miembros).

Cuarenta y un años después, me he encontrado a Kin Sánchez en la Zona Colonial. Está exactamente igual, lo cual me indica que el vegetarianismo también tiene sus ventajas en el más allá. No me lo dice, pero sospecho que ha preferido ser fantasma de la Zona porque los monumentos, ruinas con palomas, pasadizos secretos y campanarios, amplían las oportunidades laborales para alguien de su condición. Además, sé por experiencia propia que en el Ozama la gente ha dejado de soñar, y allí donde no hay sueños, los fantasmas pierden el empleo.

En su nuevo universo, comprendido entre la Palo Hincado y el río, entre la Mella y el mar, Kin Sánchez fue apuntando datos y sucesos que ha reunido en una Guía de anécdotas, cuentos, crónicas y leyendas de la ciudad colonial de Santo Domingo, un texto ameno que mezcla oralidad e investigación bibliográfica para darnos una visión diferente de la Zona Colonial. Desde el arranque, agrada el efecto “inclusivo” de su narración, mediante el cual el lector siente que está junto al autor en el lugar que describe.

KS Busqué transmitir esa sensación, como si estuviera en un banco del parque contando las historias a mi hijo o a mis amigos. Y no me costó gran esfuerzo lograrlo, porque lo único que hice fue repetir lo que he hecho toda mi vida: relatar esas anécdotas, esas leyendas.

Romeo y Julieta en el trópico.  Kin inicia su paseo en la Casa de Tostado, que tiene la única ventana geminada, de estilo gótico-isabelino, del Nuevo Mundo. A ella se asomaba una hermosa joven, hija única del propietario de la vivienda, que se enamoró de un teniente  del ejército que había invadido la parte oriental de la isla. “Una noche sin luna -cuenta Kin-, los amantes fueron sorprendidos por el padre y los servidores de la casa. Brillaron las espadas inflamadas de patriotismo y honor ofendido. No pudo la bravura del soldado contra la ira del padre y perdió el duelo. Cuando la joven vio a su amado darle la última mirada, corrió enloquecida de dolor hasta el pozo del jardín y se lanzó al fondo, para encontrarse con su amado en aquella región donde el amor no tiene barreras”.

En su caminata, Kin nos lleva por la plaza dedicada al padre Billini, que por su diminuto tamaño habría motivado el consejo de no afanar mucho como este filántropo, porque hizo mucho por los pobres y sin embargo le hicieron el parque más pequeño de la ciudad; por la catedral, en cuyo techo yace una bala de cañón disparada por Francis Drake y que no explotó, por milagro divino o por la mala puntería de los cañoneros del infame corsario; por el parque Colón, donde doña Dominga, habitante común de la ciudad, desafió a Tousaint  Louverture, general invasor que amenazaba con pasar a cuchillo a toda la población, y donde una vez instalaron un circo de fieras del cual escapó un tigre que se comió a su domador y provocó la estampida de los asistentes, habiendo generado la frase muy dominicana de “se soltó el tigre”; por el Callejón de las Trinitarias, donde los invitados a las bodas, vecinos y curiosos “cencerreaban” a los recién casados, hasta que un desposado malhumorado disparó  varios tiros a la multitud porque hacía mucho ruido con los cencerros; por la calle Las Damas, que debe su nombre a las mujeres de la corte virreinal que se alojaron en ella y también a las primeras busca-fortunas del nuevo continente; o por el Panteón Nacional, que antes de serlo fue almacén, depósito de tabaco, teatro y oficinas públicas…

El libro de Kin Sánchez nos invita a ver la Ciudad Colonial con otros ojos, llamándonos  a descubrir más cosas que piedras y formas arquitectónicas. Si algo se le puede criticar es la ausencia de unidad gráfica en el diseño, que mezcla con pobre resultado buenas fotografías que simulan acuarelas con malas fotografías de archivo y caricaturas que desentonan respecto al conjunto. Salvando esto, que pudiera corregirse en una segunda edición mejor cuidada, esta obra es de gran utilidad para el turista, el interesado en la Ciudad Colonial y especialmente para los guías turísticos, algunos de los cuales llenan vacíos en sus recorridos con datos inventados.

KS Ese es uno de los objetivos de este trabajo, fortalecer el entrenamiento de los guías, aumentar sus conocimientos sobre la Zona Colonial, sus monumentos, pero también sus personajes, lo que ocurrió aquí. Lo principal es que destaquen nuestra principal ventaja: somos lo que nadie puede ser, la ciudad primada de América. No hay que inventar nada, las historias ya existen, solo hay que sabérselas.

Como ésta que relaciona a Billini con Colón y que Kin repite con deleite: “Colón descubre América y lo entierran en la catedral. Billini, párroco de la catedral, descubre en ella los restos de Colón. Ambos tienen plazas dedicadas en la misma cuadra de Santo Domingo donde está la catedral, los dos son de ascendencia italiana y sus estatuas fueron hechas por el mismo escultor”.

Río con esta curiosidad que me cuenta Kin y noto que unos turistas que atraviesan la Plazoleta de los Curas me miran con asombro. No entienden por qué hace rato estoy gesticulando a solas, como si hablara con alguien inexistente, como si conversara con el viento.

Esfuerzos.  “Hay muchas cosas por hacer en la Zona Colonial y se están haciendo muchas. El Cluster Turístico de Santo Domingo tiene diez programas de trabajo y una agenda única que reúne a Cultura, Turismo, Ayuntamiento, sector privado y los habitantes de la zona.