Dialogo con Taty Hernández
“Juntos construiremos la casa de la creación”

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Cada año, desde 2002, la poesía conquista las montañas de Jarabacoa. Temprano de un viernes empiezan a llegar los poetas, con mochilas que cargan más libros que ropa, y no reparan en la modestia de la habitación que les han conseguido a fuerza de colecta, interesándose más en la potencia del equipo de sonido. Quieren ser oídos, y deberán escuchar, aunque en desigual proporción.

Ya no escandalizan sus peinados ni las camisetas que exhiben mensajes cifrados, pero de todas formas es difícil concentrarse en aquel ambiente donde un poema debe competir con el canto de una cigua y una charla se desvanece tras el rumor del agua que llega desde una cañada cercana. A veces una nube se acuesta en el salón de actos y entonces la poesía pierde su sentido porque los espectros que se mueven en la bruma, la flor que se insinúa, la montaña que se adivina, los pinos que levitan, se convierten en un hecho poético más poderoso que los versos que alguien murmura desde un lugar incierto.

La propiciadora de este encanto es Taty Hernández, poeta, maga, guardabosques de un patio de cayenas y organizadora del Festival de Poesía de la Montaña.

TH   La idea surgió durante una conversación que tuve con la poeta Carmen Comprés, en el marco de la tertulia que realizaba la galería de arte Olimpo, en Jarabacoa. La primera versión del festival reunió a treinta poetas, y aquello que comenzó como un encuentro de amigos para compartir poemas y experiencias, se ha convertido en uno de los encuentros literarios más esperados del año, en el que confluyen numerosos autores de distintas nacionalidades, generaciones y estilos.

Fruto del consistente trabajo de Taty Hernández y de un entusiasta grupo de colaboradores, el Festival de Poesía de la Montaña es ya una marca que ha contribuido a que Jarabacoa sea un referente literario del país y algo más que fresas, flores y turismo ocasional. Lo avalan voces poéticas del calibre de Mateo Morrison, José Mármol, Tony Raful, Chiqui Vicioso, Plinio Chahín, Basilio Belliard, Ángela Hernández, Federico Jovine Bermúdez, a las que se suman las de jóvenes talentos que andan tras el sueño que su vocación, esa tirana, les ha impuesto. El Festival, como me contó Taty que le dijo un amigo poeta, se puso pantalones largos, está maduro y se encamina hacia una etapa de consolidación. “El próximo paso será conseguir un espacio propio donde construiremos la casa de la creación, que será la sede del festival”, dice.

Antología del festival.  Luego de nueve ediciones, se puede pasar revista a los momentos culminantes del Festival de Poesía de la Montaña, pero Taty Hernández, en lugar de hitos, prefiere hablar de lo que ella denomina “satisfacciones” del festival. “Emociona, por ejemplo, ver a un Mateo Morrison, premio nacional de Literatura, ponerse en pie, entusiasmado, luego de escuchar los poemas de un joven desconocido; o encontrar a un José Mármol dando consejos a los nuevos poetas; o toparse con Chiqui Vicioso conduciendo un taller de poesía”.

El festival tiene frutos tangibles, como el taller literario de jóvenes, que funciona en la comunidad de Buena Vista, de donde es originaria la poeta Ángela Hernández, y el Círculo Literario de la Montaña, integrado por escritores adultos y que funciona en la ciudad de Jarabacoa. Taty revela que está preparando lo que sería la primera antología de los trabajos presentados durante las nueve versiones del festival y un audiovisual que recogerá toda su historia.

LMG ¿Qué ha distinguido esta novena versión?

TH  Este año invitamos a un grupo de niñas extraordinarias del proyecto “Mi barrio en letras”, que coordina la Fundación Literaria Aníbal Montaño, de San Cristóbal, las cuales visitaron escuelas y colegios de Jarabacoa para motivar a los niños de aquí a interesarse por la literatura; e hicimos dos reconocimientos, uno al poeta Mateo Morrison, por su trayectoria pero también por su apoyo sostenido y desinteresado al festival; y otro a la Escuelas Radiofónicas de Radio Santa María, por sus 40 años de docencia en beneficio de miles de dominicanos y por ser ente difusor de la décima como expresión literaria popular.

Además de ser la excelente y obstinada organizadora del Festival de Poesía de la Montaña, que de tanto asociarse a ella empieza a confundirse con su nombre (“el festival de Taty”), Taty Hernández es poeta con una obra publicada, “Temblor de la espera”, y difunde sus trabajos a través de su blog Desde La Maga, en el que encontramos un poema que quizás reúna las dos pasiones de la autora, la poesía y la naturaleza generosa de su terruño: “Madre nuestra el agua que palpitas/en el seno de mis montañas/santifícanos como savia de vida/y mantente eterna en este paraíso/que es tu reino…”

“Ahora estoy trabajando un pequeño libro de micro-ficción, con toques poéticos, por supuesto, y tengo otro libro de poesía en proceso; entre un festival y otro, me dedicaré a tiempo completo a terminar esas obras”.

Es domingo y el festival ha terminado. Tres días para poetizar son suficientes. No se necesitan más, según las escrituras, para que ocurra el milagro. Además, el mundo sufre demasiada pobreza, demasiada soledad, demasiada violencia, para que nos demos el lujo de un cuarto día de poesía. Intentarlo sería una indolencia, y los poetas podrán no ser muy cuerdos, pero insensibles, nunca. Más despeinados que cuando arribaron, recargan sus mochilas, en las que además de libros y ropas, han metido flores, fresas y unas piedras de río con formas estelares, y se marchan riendo y cantando. Parece que nada ha cambiado, pero sí. Otro es el corazón de los que escucharon, otra el alma de los que hablaron, otros los ojos que vieron fundirse verso y verdor, palabra y viento.