Dilema complicado

PEDRO GIL ITURBIDES
Los empresarios de zona franca aspiran a una nueva devaluación de la moneda dominicana. No se aborda de tal modo ese objetivo. La solicitud explica que el sector aspira a que la “tasa de cambio sea más elevada”. Pero como escribíamos desde los días fatales en que se concibió esa devaluación bajo la administración pasada, la salvación de unos pocos supone el deterioro de la calidad de vida de la mayoría.

Porque una devaluación monetaria en nación con economía dependiente en extremo, entraña una terrible pérdida de la calidad de vida para toda la nación. Y quienes tienen, en el fondo, su lucran. Los demás, empobrecen en extremo.

Pero las empresas de zona franca se encuentran en situación delicada. Muchas, de capital foráneo, han venido cerrando sus puertas, despidiendo a sus trabajadores, y procurando mercados más prometedores. Las de capital dominicano con sentido de nacionalidad, han cerrado. Y sus accionistas andarán en busca de otros negocios diferentes. Porque saben que el panorama en poco los favorece.

Si los estrategas del gobierno saben cómo repercute una devaluación sobre el campo político y social, asumirán el rechazo puro y simple de la petición. Les bastará para sostener sus puntos de vista, la forma en que el electorado respondió a sus predecesores en la función pública, en reciente pasado. Por supuesto, en ese momento se conjugaron varios factores, incluyendo el talante personal de conspicuos funcionarios del tren gubernativo. Factor decisivo, por lo que significó en la depauperación del dominicano promedio, empero, fue el prohijar una tasa de cambio más elevada para favorecer a las empresas de zona franca.

El desequilibrio entre ingresos y costos de la vida quedó roto hacia 1981. Con las sucesivas devaluaciones registradas en el peso dominicano, este desequilibrio se acentuó. Con cada proceso durante el cual el peso perdía valor adquisitivo, degeneraba aún más la calidad de vida. Los aumentos salariales, lejos de regenerar ese equilibrio perdido, contribuyeron a afianzar la magnitud de la pobreza. Eso lo sabe, porque es historia demasiado reciente, todo lerdo. Y supongo que los estrategas de políticas públicas.

Pero algo hay que hacer con el tipo de empresas que se acoge al sistema denominado de zonas francas. Ciertamente, se impone que favorezcamos su permanencia, pues constituyen un esfuerzo valioso en la creación de empleos. Mas no se halla en la devaluación del peso dominicano, que empobrece a las mayorías, el camino para lograr su relanzamiento. En cambio, se impone un proceso de reconversión que implique el trazado de nuevas metas empresariales. El ensamblar piezas de tela que llegan cortadas o por cortar, no parece aconsejable.

El éxito de otros giros de producción, en buena medida, traza el derrotero por el cual debemos meternos. El Presidente de la República, el doctor Leonel Fernández, aspira a que ese derrotero se encamine hacia la electrónica. Y sobre todo, a la electrónica aplicada a las comunicaciones. Por supuesto, para ello necesitamos un talento humano por formar. Y no cabe ninguna duda que no lograremos su formación con los niveles de calidad que mantenemos en la escuela dominicana.

Egresamos bachilleres que apenas escriben sus nombres. Y lo triste es que, por el estilo de vida que nos hemos impuesto, tienen cabida en el aula superior, sin dejar de cargar las fallas del nivel básico y medio. De manera que el dominio de estas otras vías reclama cambios radicales en la formación de valores intelectuales en el país. Pero es evidente que resultados como los apetecidos no se consiguen de un día para otro. Es más fácil a una ensambladora de telas cortadas conseguir un operador de una máquina que cose, que a una empresa electrónica a una persona que domine la lógica binaria. Porque ni siquiera dominamos la simple lógica de la construcción de frases gramaticales. O de operaciones aritméticas. De modo que mientras levantamos este talento humano, hemos de continuar la brega con este operario cuya formación se logra en el entrenamiento ante una máquina. Tal vez no pegando un pedazo de tela con otro, aunque este camino no es del todo descartable si tratamos, como lo piden los empresarios, con el socio más pudiente dentro del tratado de libre comercio. El otro camino es el de la reconversión. Pero todas las rutas dominicanas, lamentablemente, cruzan por lugares en los que los costos de producción quebrantan la competitividad del país. Porque entre una energía eléctrica cara y escasa, costos de fletes leoninos, políticas impositivas inflacionarias, y escaso apoyo a quienes generan riqueza, el panorama luce desalentador.