Dinero, políticos, moral y “primer impulso”

POR JACINTO GIMBERNARD PELLERANO
Revivo aquí a dos personajes, Don Publio y Jenaro, que utilicé en el magnífico suplemento cultural “Isla Abierta” de este periódico, bajo la dirección del inolvidable Manuel Rueda. – Mira Jenaro, el Marqués de Mirabeau decía que “los dos inventos más grandes del hombre son la escritura y la moneda, es decir, la lengua común de las ideas y la lengua común de los intereses”.

Yo no estoy negando que el dinero sea la lengua común de los intereses, cómo se me va a ocurrir tal cosa -repuso Jenaro agitadamente- es que usted todo lo enreda, a lo que iba es a la reiteración de que la pantagruélica voracidad económica de ciertos políticos nuestros, y la miopía de otros, están haciendo peligrar la tan anhelada democracia dominicana, llevándose del primer impulso…primer impulso maligno…

Don Publio escuchaba pensativo, tan ensimismado que parecía no estar oyendo. Emergió de sus silencios diciendo con gravedad interior: -El primer impulso… primer impulso… eso me recuerda una vieja y sabia narración originada en el Cercano Oriente, que el francés Jules Lemâitre recogió a principios del pasado siglo.

-No, no conozco eso.

-Pues se trata de que en Bagdad vivía un acaudalado personaje, muy renombrado por sus virtudes. Socorría a los pobres hasta el punto de reducir su lujo para multiplicar sus limosnas, era en extremo tolerante y no se molestaba cuando alguien no era de su misma opinión ni cuando sus rivales literarios lograban grandes éxitos. Por tantas perfecciones tenía fama de santo, pero su rostro carecía de la seriedad que se le suele atribuir a los santos y, por el contrario, parecía ser víctima de pasiones violentas y angustias que ocultaba bajando la vista.

No lejos de Bagdad vivía un anciano asceta llamado Maitreya, que hacía muchos milagros a los devotos que le visitaban. La barba le llegaba hasta el vientre y su cuerpo, reseco, asemejaba al tronco de un árbol añoso. Un día un peregrino le habló del acaudalado y generoso Turiri, diciéndole que tal era su bondad que si el asceta pidiese a Ormuz que Turiri pudiese realizar todos sus deseos, no habría sufrimientos en la tierra. Maitreya repuso al peregrino que no podía lograr tal cosa porque entonces Turiri sería el mismo Dios, pero que Ormuz permitía que el “primer deseo” de ese hombre fuese inmediatamente realizado.

-Con eso basta -contestó el peregrino- se logrará la felicidad de todo un pueblo. Me voy feliz con la maravillosa noticia. Si la barba de Maitreya no hubiese sido tan impenetrable, el peregrino habría podido sorprender un amago de sonrisa en el asceta.

Al amanecer del día siguiente el bondadoso Turiri miró a su esposa que dormía a su lado y ella, movida por una fuerza misteriosa, se levantó bruscamente, se lanzó por la ventana y se estrelló el cráneo. Al salir Turiri de la casa le rodearon infinidad de mendigos. Como de costumbre abrió la bolsa para socorrerlos pero todos cayeron muertos. Poco después fue detenido por varios carruajes y comenzaba a impacientarse cuando los cocheros y los caballos se precipitaron al suelo bañados en sangre.

Esa noche, separadamente, murieron Maitreya y Turiri, compareciendo ante Ormuz, quien acogió a ambos diciendo: -Virtuoso Turiri, hombre bueno y humilde, entra en mi paraíso.

Maitreya, desconcertado, replicó ¿cómo es posible que acojas a este hombre que ha causado tantas muertes? ¿Qué me darás a mí, que he vivido en santidad?

-Lo mismo que a él -repuso Ormuz-. Fuiste un santo pero no un hombre. Sofocaste el primer impulso antes de que se insinuara. Turiri lo enfrentó y lo venció con un segundo impulso, racional y correctivo. Así es mejor.

Sirva esta añosa narración para recomendar vencer esos primeros impulsos, hijos del egoísmo y la ambición desorbitada.