Dios celoso

Mucha gente, la mayoría de la gente, en paises de tradición cristiana dice creer en Dios. En cada uno de esos casos usted seguramente se preguntará, ¿será el Dios de este igual al mío? Digo, el Dios en que este dice creer y el Dios en quien yo creo. Por supuesto, Dios es uno solo, lo mismo para mansos que para cimarrones. Y así mismo envía Dios para todos su lluvia, su sol y su brisa suave. Los ciclones también nos tocan a todos.
En la mayoría de esos casos esos creyentes se refieren al Dios que conocemos a través de la Biblia. El Dios del Antiguo y del Nuevo Testamento. Pero, pregúntele usted si leen la Biblia, que es la Palabra de Dios. Y, por supuesto, si la entienden.
Otra cosa es si saben que ese Dios de la Biblia es un Dios celoso. Que ha dicho: “No tendrás otros dioses delante de mí, porque yo soy un Dios celoso”.
Deténgase un momento para pensar en esto, pues usted conoce lo que son los celos. Y pregúntese a qué otros dioses rivales puede estar aludiendo el texto bíblico.
Yo pienso que un vicio, cualquier vicio, desde el comer hasta el oler y el beber, viciosamente, se constituye en dueño de la persona y por ende en rival del Dios celoso que es nuestro Dios, y a quien queremos tener de nuestra parte.
Pienso también que el gran regalo que Dios me hace cada día es el Tiempo, en este caso el tiempo de cada día. Desvalorizar ese regalo de Dios viviéndolo viciosamente, supongo yo, debe ser la mayor ofensa que puede hacérsele a Dios.
Pienso que así como el niño aprecia mucho más ese último trocito de la merienda que aun tiene en sus manos, debemos apreciar el tiempo de cada día como si fuera todo el tiempo que nos queda.
Así también, en la oración que a pedido de sus discípulos Jesús nos enseñó, pedimos el pan de cada día. Porque cada día es el tiempo que tenemos hoy. Mañana será otro día. Y fíjese que también en esta oración, hablando con ese Dios celoso y pidiéndole favores: “y perdónanos nuestras ofensas”, le presentamos una conducta que sabemos que a ÉL le agrada: “así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. Y al final pedimos “No nos dejes caer en tentación… y líbranos del mal”.
Petición que supongo lleva también su segunda parte como la anterior de “perdónanos nuestras ofensas… así como nosotros…” Digo así, pues si Dios nos librara de todas las tentaciones y de todo mal, sin ningún esfuerzo de nuestra parte, entonces no tendríamos libre albedrío.
Así lo entiendo luego de conocer la sugerencia de Pablo (Carta a los Corintios) después de ver, en Atenas, los entrenamientos de los atletas de las originales Olimpíadas y observar la disciplina, que “ellos se imponían en todo”.
Pablo dice: “corred así”. Y luego aclara:” no para ganar una corona que se marchita; nosotros una que no se marchita”.
Y así podemos muy bien terminar la oración agregando:
“Porque tuyo es el el Reino, el Poder y la Gloria por siempre”.