Dios y los hombres

Dios y los hombres

¿Del lenguaje poético? Sí; recurramos a esta cita siguiente del escritor guatemalteco Luis Pedro Villagrán: «No perdonen al teólogo cuando calle, ni al místico cuando diga. Pero sean misericordiosos con ellos cuando pequen de poesía, porque la comunicación con Dios, como ente superior, siempre ha significado exponer lo más entrañable del ser humano…».

Y había dicho don Bruno Rosario Candelier, dominicano: «Hay verdades profundas, percibidas por la inteligencia intuitiva…; hay verdades trascendentes, reveladas por una voz superior, son verdades universales, con valor en cualquier lengua y cultura, se trata de la sabiduría espiritual del universo, a la que acceden los grandes poetas, los iluminados y los místicos, cuyo torrente imaginativo y espiritual revela verdades profundas mediante imágenes y símbolos arquetípicos».

Sin creerme poeta, iluminado o místico, paso a enunciar verdades que acepto las vean los lectores como particulares, aunque íntimamente las considere absolutas, de validez general. Helas aquí:

El mundo en que nos desenvolvemos, irrefragablemente, está regido por la divinidad.

Ninguna cualidad humana, salvo la simpleza y sus derivativos, osaría dudar o negar la existencia de la divinidad.

La divinidad constituye y sostiene el universo; al constituirlo, lo crea.

Hay un solo universo. Ese universo conforma y es conformado por la divinidad. Las especulaciones sobre universos alternativos deben ser entendidas como presunciones formularias para expandir el concepto humanamente limitado, que hasta un presente dado tenemos sobre el cosmos.

Esto así, porque esa realidad no gira en torno a nosotros ni se somete a nuestras limitaciones como entidades vivientes.

Universo: un verso. Universos paralelos, opuestos o alternativos, no presuponen una modificación del concepto de totalidad.

La divinidad es perceptible para todos los seres vivientes; perceptible, aunque no cognoscible ni cuantificable.

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Desborda Dios los continentes imaginables, aunque podemos delimitarlo de manera abstracta, solo para hacernos una idea humana de Él.

¿Qué tanto es Dios? A Dios se cuantifica en abstracción finita cuando lo equiparamos a lo infinito. Es una salida paradojal; pero, ciertamente, la paradoja es el atributo esencial de Dios y de cuanto lo constituye, o lo que es lo mismo decir: de lo creado.

Dios es equis, tal que equis sea a la vez parte y totalidad en expansión permanente [D={X/X=p(T)•p(T)•p(T)…}]. Por tanto, Dios es inabarcable; por tanto, Dios es incuantificable; por tanto, Dios es eterno.

Todo ente se forja con los recursos para aprehender sin esfuerzo su pertenencia a la divinidad y para intuir su propia existencia individual, porque al tropezarse ambas realidades, totalidad e individualidad, la una es fehaciente prueba de la otra.

Para percibir a Dios, nos bastan los sentidos ordinarios, aunque para ahondar en Él, necesitemos sentidos interiores.

La convicción del acto de pensar como evidencia y certeza absoluta de existencia individual —que postulara Descartes—; esa convicción del acto de pensar como autopersuasión absoluta de existencia individual… no resulta un razonar más convincente que echar una mirada al pasto, aspirar el perfume de la flor o adelantar una pierna para indicar la marcha.

Si nos engañan los sentidos ordinarios, ¿por qué no nos podrían engañar el pensamiento o el razonamiento? El sentir que palpamos una superficie lisa o rugosa, nos puede, por hipótesis, conducir sin distinción al mismo acierto o al mismo error que el pensar que pensamos.

La comprobación hipotética de que intuimos una verdad o la comprobación hipotética de lo que percibimos como error, se encuentran igualadas en rango en cuanto pretensiones ya de afirmación, ya de negación.

Una verdad filosófica no es verdad ontológica cuando simplemente nos deja caer en brazos de una belleza tangencial o de un oficioso hacer intelectual que más bien prefigura una premisa o cipo convencional.

Puedo concluir que existo porque miro, en la misma medida en que puedo concluir que existo, porque creo mirar, y porque me convenzo de que me esclarezco o me engaño con lo que miro o con lo que creo mirar, porque hasta mi propio engaño, si efectivamente me engañara, y hasta mi propia clareza, si efectivamente me esclareciera, son pruebas igualitarias de mi existencia en cuanto referentes para la justificación de una persuasión particular.

Si soy, con la complejidad que soy, existe una Divinidad, porque me reconozco como no hecho o formado por mí mismo ni por mi voluntad.

Eso, todo lo que no soy, junto a esto, lo poco o mucho que soy, constituye la divinidad.

Pero me resulta claro que la divinidad es y no es, necesariamente, la divinidad que postulan las religiones y los hombres; que la divinidad es y no es lo que con agudeza confirmara Spinoza en esa apreciación mejorada de las religiones y las filosofías en cuanto disyuntiva asimiladora de la naturaleza nuda, porque esta sabiduría que le fue revelada a Spinoza no resulta totalmente suficiente en virtud de la cualidad inabarcable e inaprensible de Dios, por la sustanciación de la paradoja como privativa esencialidad divina, y por la condición metafórica de las definiciones de Dios como consecuencia de su carácter inefable, debido tanto a su magnificencia absoluta, como a las limitaciones e imprecisiones del burdo —aunque hermoso— lenguaje mortal.

No obstante, asumir la convicción de Spinoza y vivir de tal manera, proporciona al profesante goce espiritual y sentimiento de participación y de comunión con lo divino, pues a cada instante que transcurre queda la divinidad, ineludiblemente, en el regazo de la divinidad.

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Cuando paseamos por las laderas, nos conducimos por un pliegue de la divinidad, nos sentimos inmersos en ella; la absorbemos y exudamos; eso produce gran goce y júbilo interior.

Mas, para nosotros, y por nosotros, preciso es recordar estas palabras:

Dios es Dios. Él desborda las doctrinas
y los dogmas de fe, y toda idea
referida a su Él nada lo engloba,
lo comprende o designa: es solo idea.

Dios es más: Él es Él, transparentado,
substanciado en su Yo, y en la natura
simbolizado. ¡Oh fe de religiones,
ofreces solo muestras de culturas
.

humanas, con sus libros y aprensiones
(adorados, hurgados, magullados)
al fluir de las “civilizaciones”!
La verdad se desgaja: Es todo credo,
—más allá de liturgias y sermones—

parejamente falso y verdadero.

Dijimos que la paradoja es el atributo esencial privativo de Dios y de cuanto lo constituye, o lo que es lo mismo decir: de todo lo creado.

Huelga aclarar que la paradoja no es cerrada contradicción: es contradicción aparente, contradicción que no encierra contradicción.

Esta sabiduría le fue revelada a Heráclito, cuando los contradictores se anulan para continuar siendo, y esta sabiduría le fue revelada a Hegel, cuando los opuestos se sintetizan para hacer avanzar la realidad.

Estas nominadas “dialécticas”, la de Heráclito y la de Hegel, se contradicen y confirman simultáneamente; tienen, a su vez, una relación paradojal, por lo que la clave del mundo más exactamente que la dialéctica es la paradoja, con mayúsculas. La paradoja es el secreto sostenedor del universo y es la evidencia de la existencia de Dios.

Toda sabiduría es revelada, incluso la sabiduría de la ciencia, esta revela Dios a los hombres porque Dios accede a revelarse a los hombres y a las demás entidades. Los hombres la revelan a los hombres, la sabiduría, como la revelaron a sus semejantes Heráclito, Platón, Hegel, Kant y los maestros, porque, a su vez, les fue revelada.

A veces el hombre se la revela a sí mismo como manera de verificarse una revelación indirecta de la Divinidad en la medida en que ésta exija del hombre esfuerzo y deseo por obtenerla y alcanzarla.