Discurso de Pedro Vergés, Ministro Cultura

25_02_2017 areito 25-02-2017 Areíto6

27 han sido hasta ahora los escritores que han recibido el Premio Nacional de Literatura. Los que hemos tenido la suerte de haber sido testigos de cada una de las entregas del galardón desde aquel ya lejano 1990, en que resultaron seleccionados Juan Bosch y Joaquín Balaguer, sentimos hoy el íntimo regocijo de asistir a la vigésimosexta (porque en el 90 se trató de una ex aequo y en el 91 no hubo entrega alguna), que le corresponde a nuestro, por tantas razones, admirado Federico Henríquez Gratereaux.
La Fundación Corripio, que patrocina el galardón (en un magnífico ejemplo de lo que puede la alianza con el sector privado en el plano de la cultura), tiene motivos para sentirse satisfecha de hacerlo y el Ministerio de Cultura los suyos para enorgullecerse por haberlo mantenido durante más de veinte años, aquí donde parece que no duran las cosas.
En esta ocasión, y de común acuerdo, la Fundación Corripio y el Ministerio de Cultura hemos hecho un esfuerzo para mejorar la convocatoria y hemos enriquecido la composición del jurado con la incorporación de la Academia Dominicana de la Lengua, que no podía faltar en un premio como este. También hemos especificado con más precisión las normas de su funcionamiento, que nos permiten ahora tener una participación directa en la decisión final de los señores rectores de cada una de las universidades que junto a la Academia lo constituyen.
En el Ministerio de Cultura somos conscientes de la responsabilidad que conlleva la aplicación de las políticas culturales del Estado y, por consiguiente, extremadamente cuidadosos de sus más mínimos detalles. Quiero decir que les concedemos tanta importancia a la elaboración de nuestros grandes programas como a las convocatorias de nuestros concursos, tan descuidadas durante tantos años.
En el caso que nos ocupa, por fortuna, no hemos estado solos. Hemos contado con la colaboración de la Fundación Corripio, nuestro compañero de viaje y, por qué no decirlo, de aventura, a cuyos componentes, en la persona de su presidente, don Pepín Corripio, quiero testimoniarle mi agradecimiento y el de los que comparten conmigo el trabajo de nuestra institución.
La premiación de Federico Henríquez Gratereaux obedece, en gran medida, y por primera vez, a ese renovado criterio. Surge de una valoración que, sin desmerecimiento para las anteriores (hechas todas con una seriedad indiscutible), tiene el valor añadido de un más rico contraste de opiniones y, por esa razón, de una mucho mayor amplitud de miras.
Dicho eso, que es cuanto me corresponde en esta noche, deseo que se me permita añadir dos o tres frases sobre el galardonado.
Quisiera decir que admiro a Federico Henríquez Gratereaux, que le tengo cariño y respeto y que lo considero un dominicano cabal y un hombre decente y bueno.
Quisiera decir que a dominicanos de su estatura no deberíamos dejar que nos pasen por el lado sin prestarles al menos un poco de atención.
Quisiera decir que, cuando Federico Henríquez Gratereaux dice algo, conviene que lo escuchemos bien, aunque sea para contradecirlo, porque es difícil encontrar, en el nuestro o en cualquier otro medio, hombres de su estatura intelectual, de su probidad y de su formación.
Quisiera decir que me siento orgulloso de haberlo conocido y de haber compartido (tardíamente, por desgracia) tantos buenos y elevados momentos con él.
Quisiera decir que se ha ganado un premio que se merece tanto como el que más y, desde luego, mucho más que muchos.
Quisiera decir que ha dado en el clavo en no pocas de sus opiniones sobre nosotros mismos y que eso ya es bastante.
Espero que lo sea para ustedes también.
Muchas gracias.