Discurso del Secretario de
Cultura José Rafael Lantigua

Señoras, Señores:
En los años finales de la década prodigiosa, como ha sido denominada universalmente la de los sesentas, Bruno Rosario Candelier comenzó a afirmar sus raíces de promotor literario, con particular empeño didáctico, desde su comunidad nativa de Moca.

Por esos años, se le recuerda inquieto por buscar nuevas luces que pudiesen penetrar en el camino de la valoración y la difusión de la literatura dominicana.

Eran años de grandes interrogantes, de desvelos impacientes, de tenaces esperanzas en medio de la desazón epocal que una generación había asumido en el fragor incesante de las ideologías.

Estaban finalizando los sesentas con su fiera argamasa de sueños y delirios. Para mediados de febrero de 1969, hace justamente por estos días 39 años,  Bruno Rosario Candelier y Adriano Miguel Tejada fundaban el Ateneo de Moca, preludio de la vocación ateneística del escritor que hoy recibe el máximo honor de las letras dominicanas.

Ambos, Tejada y Rosario, se turnarían en la presidencia de ese grupo de jóvenes mocanos, del que formábamos parte, que terminarían constituyéndose en esos años en verdaderos baluartes del análisis y difusión de la literatura nacional.

El Ateneo de Moca se convirtió ciertamente en el enclave más prominente de la cultura dominicana en esos años, al lograr que los más activos representantes y voceros del oficio literario viajaran, en vigorosa romería, hacia la ciudad cibaeña para examinar las nuevas corrientes y establecer las nuevas coordenadas de apreciación y crítica de nuestra literatura, a partir de las huellas de la generación del 65, de la presencia activa de los que se encasillaban en otro espacio de la misma década y de los aleteos fundacionales de los que intentaban enarbolar nuevas antorchas creativas y de lenguaje en la creación poética.

En un artículo que don Rafael Herrera, mi mecenas periodístico, me publicase en el Listín Diario justamente el 27 de febrero de 1970, quien les habla, con la sencillez balbuciente de un escriba adolescente, afirmaba lo siguiente:

 “Hasta hace poco creíamos que la cultura era un privilegio exclusivo de los habitantes de la capital de la República, y que por tanto, su mensaje de apertura hacia la realización de un hombre nuevo no podía llegar a las provincias, sobre todo si esa provincia tenía como nosotros la ‘mala suerte’ de no llamarse Santiago de los Caballeros. La experiencia nos está demostrando, por el contrario, que la cultura en todas sus proyecciones puede llegar perfectamente a los demás pueblos, siempre y cuando existan ánimos que muevan las inquietudes, mentes abiertas a las realizaciones de la nueva generación, o lo que es lo mismo, personas e instituciones que otorguen una real y clara ‘luz verde’ a esas aspiraciones e ideales”.

Me tocaba hacer en  ese artículo el recuento del primer año del Ateneo de Moca, que se manifestaba en múltiples actividades, aún hoy difíciles de emular en cualquier ciudad de la República: conciertos, recitales poéticos, conferencias, coloquios, publicaciones, paneles sobre temas psicológicos, sociológicos y literarios, e incluso un programa radial educativo.

De todas las grandes acciones del Ateneo de Moca, fueron sus célebres coloquios los que permitieron la proyección nacional que alcanzó en esos tiempos. La literatura dominicana fue analizada con pasión desde esa ágora de camaradería literaria que fueron los famosos Coloquios de Moca, por donde desfiló entonces la crema y nata de la intelectualidad de la época: los que ya tenían un nombre establecido y los que comenzaban a ser parte de la historia literaria nacional.

Bruno Rosario Candelier definía entonces a los Coloquios de Moca, entre 1969 y 1971, como un espacio para “discutir las esencias que fundamentan los valores literarios, la expresión literaria nacional”.  Entre los participantes de aquellas memorables jornadas, a las que asistíamos calladamente desde la última fila, se encontraban:

Antonio Zaglul, Héctor Díaz Polanco, Mateo Morrison, Antonio Lockward Artiles, Norberto James, el entonces Johnny Gómez (que no es otro que Alexis Gómez Rosa), Jimmy Sierra, Manuel Mora Serrano, Héctor Amarante, Andrés L. Mateo, Marcio Veloz Maggiolo entre otros.

Con esta breve historia, hemos querido demostrar que antes que escritor, de singular y edificante trayectoria, Bruno Rosario fue gestor cultural, de donde surgió el tenaz y valioso cultor de la palabra que buscaba, casi cuatro decenios atrás, mostrar sus cualidades de educador y promotor literario.

Poco tiempo después de esta historia, Bruno Rosario Candelier partiría a España donde se doctoraría, en 1974, en Lingüística Hispánica, con estudios adicionales de Filología Hispánica, Investigador Lingüístico y profesor de Lengua y Literatura Española, todos estos títulos con honores académicos.

Producto de esos estudios, nace su primer libro “Lo popular y lo culto en la poesía dominicana”, que el año pasado cumplió treinta años de su publicación en las inolvidables ediciones de la Universidad Católica Madre y Maestra que dirigía el poeta don Héctor Incháustegui Cabral.

Con esta obra primera de Rosario Candelier, nace un nuevo estilo en el ejercicio crítico en la República Dominicana y se plantea un novedoso enfoque sobre la poética nacional desde la premisa del autor de que “lo popular y lo culto son dos manifestaciones básicas de la expresión literaria”, conceptos que había enfrentado a postumistas y sorprendidos, los primeros produciendo una poesía entroncada en lo nacional, y los segundos poetizando desde su identificación con el hombre universal.

Se estaba iniciando una nueva etapa en la gestión crítica, y Rosario Candelier dejaba sentadas sus huellas de fundador de una nueva metodología en el examen literario..

Ese estudio fundamental estableció que “la incorporación de lo popular en la lírica culta, imprescindible en la expresión poética de carácter nacionalizante o en la de intención popular, y muy útil en la del propósito artístico, favorece siempre a la expresión literaria en general”.

Bruno dignificaba lo popular en la literatura dominicana, conceptualizaba y caracterizaba la creación desde dos ángulos que parecían opuestos e irreconciliables, identificaba el lenguaje popular y culto en la poesía dominicana.

 “La universidad da el método –explicaba Bruno-, pero la savia, el alma mater de la creación, emana del medio circundante, de la realidad social intransferible, del espíritu vivificante de lo autóctono. Si Domingo Moreno Jimenes incorporó a su obra la frescura vigorizante de lo popular, engrosando con las vivencias populares su poesía, se debió a un contacto directo, a una cierta experiencia vivencial con su pueblo”.

Y concluía su estudio con una aseveración señera, que marcaría el rumbo sorprendentemente coherente de toda la acción crítica y didáctica del autor en los años posteriores a su primer libro: “El encuentro con el hombre, con el hombre dominicano y lo que le rodea, va inevitablemente unido al conocimiento de su lenguaje, y sus posibilidades expresivas”. 

Andrés L. Mateo ha declarado a la prensa en estos días que “quien trae por primera vez al panorama de la crítica literaria y las corrientes del pensamiento de República Dominicana la mención de métodos de análisis estructuralistas, la referencia a Saussure, y los recursos de análisis estilísticos derivados de Carlos Bousoño es Bruno Rosario Candelier”.

A esta obra seguirá,  “Ensayos críticos”, que describe el panorama literario nacional desde obras específicas, luego de ofrecer un cuadrante metodológico que explica pormenores esenciales del ejercicio crítico. Luego, llegarán otras dos obras importantes en la bibliografía del escritor a quien hoy se entrega el Premio Nacional de Literatura:

“La imaginación insular”, bajo el subtítulo de “Mitos, leyendas, utopías y fantasmas en la narrativa dominicana”, ganadora del entonces reconocido Premio Siboney en 1983, obra que afianza la visión crítica y la bien ganada fama de Rosario Candelier, y “La creación mitopoética”, subtitulada “Símbolos y arquetipos en la lírica dominicana”.

Con sus “Ensayos literarios”,  y otros, Rosario Candelier completa un cuadro de análisis dirigido a enaltecer las  cualidades de la obra literaria dominicana, fijar sus alcances y establecer derroteros.

Libros como “Tendencias de la novela dominicana”, y “Lenguaje, identidad y tradición en las letras dominicanas”, sostienen en el tiempo la particular visión del crítico literario y el enunciado vital de un análisis interpretativo que fija trayectorias y ubica los espacios de proyección y de aportes de determinadas obras.

La conceptualización sobre los temas culturales, que no les son ajenos a este ensayista de sólida formación  académica, se oferta en su libro “El sentido de la cultura”, publicada en 1997; y el resumen de jornadas críticas se presenta en su obra “Coloquio literario”, donde, en uno de sus capítulos, se muestra una de las facetas menos destacadas de Rosario Candelier: su función de periodista literario que ha producido una cantidad apreciable de entrevistas.  

Esta faceta se inició con su libro “Juan Bosch: un texto, un análisis y una entrevista”, que fue su segundo libro, publicado en 1979, aunque de hecho ocurrió mucho antes, hacia inicio de los setentas cuando el autor estudiaba en España y publicó en la prensa dominicana sus famosas entrevistas a dos ídolos del momento: Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa.

En 1989, publica “La narrativa de Juan Bosch”, y en 1998, el ensayista y crítico da paso a una faceta creadora que no se le conocía,  la del novelista, al publicar “El sueño era Cipango”, sobre la cual escribí en 1999: 

 “Es una metáfora de la existencialidad y del rol de la fe y la teogonía en los trasuntos de la trascendencia como norma de vida y de fundamentación  del por qué. La recreación histórica se traza desde los documentos consabidos y la vitalidad fictiva desde la organización de episodios encadenados”.

La obra de singular didactismo de Bruno Rosario Candelier, la que cede el paso a su vocación de educador, a su oficio de mecenas literario  y a su visión sobre el ejercicio poético y su trascendencia, se completa con la fundación del Ateneo Insular y del Movimiento Interiorista,  el 28 de julio  en  Moca.

Con el Ateneo Insular y el Movimiento Interiorista, Bruno Rosario configura un ejercicio de liderazgo literario cuyos prolegómenos, como anotábamos al inicio de nuestras palabras, se remonta a los años finales del decenio sesentista cuando fundara en la comarca nativa que nunca ha abandonado el Ateneo de Moca. El de los años noventa es un ateneo diferente en propósitos y método, al que se asocian escritores que acompañan a Rosario Candelier en su labor incesante, disciplinada y firme, de crear “una nueva veta, una nueva sensibilidad y una nueva dimensión de la creación literaria”.

Media docena de libros escriben la trayectoria del Ateneo Insular, desde 1990 hasta nuestros días, convirtiendo el mismo, a nuestro humilde entender, en el más amplio movimiento literario que registra nuestra historia cultural.   Sólo Domingo Moreno Jimenes, aunque en función solitaria, ha ejercido en el país un apostolado literario similar, con la diferencia de que Rosario Candelier ha dejado sentado grupos activos que pregonan el ideal interiorista y que se nutren de la savia fecunda de sus enseñanzas y directrices.

El Premio Nacional de Literatura que hoy se entrega a Bruno Rosario Candelier, aunque otorgado por la obra de vida intelectual del escritor, resume en el fondo el reconocimiento a dos facetas trascendentes suyas: la del ensayista fundador de un método en la crítica literaria, con obras fundamentales en nuestra literatura, y la del apóstol literario fecundo, generoso y sabio, que ha ejercido de mecenas de un grupo importante de creadores poéticos al fundar el importante Movimiento Interiorista y el Ateneo Insular que configura un ejercicio cultural excepcional en la historia dominicana.

No por otra razón, y creo ser ahora un simple vocero del sentir de muchos, el anuncio del ganador del Premio Nacional de Literatura 2008, produjo un aplauso general en toda la geografía dominicana y demostró el hondo aprecio, la especial simpatía y el generalizado respeto que el país cultural tiene por Bruno Rosario Candelier.

El Gobierno Dominicano, presidido por Su Excelencia, el Dr. Leonel Fernández, expresa, por mi intermedio, sus saludos de felicitación al Dr. Bruno Rosario Candelier por el lauro que ha obtenido por sus múltiples méritos en el campo literario.

Como en los tres últimos años, anunciamos un ciclo de conferencias del autor objeto del homenaje de esta noche, tanto en el país como en el exterior, a través del programa Corredor Cultural, que dirige la Dirección General del Libro y la Lectura; ofrecemos a Bruno nuestro apoyo, en nombre del Presidente de la República, para que reciba las facilidades de lugar a fin de que su labor interiorista se disemine y proyecte por otros espacios del país que todavía sus limitadas posibilidades no han podido alcanzar; y comunico que nuestra próxima Feria Internacional del Libro, en abril venidero, dedicará un ciclo de coloquios sobre la obra de Rosario Candelier y le dedicará uno de los días feriales.

El de esta noche es un verdadero homenaje nacional a un escritor noble, plural, de significativos aportes a nuestro desarrollo literario, y a un coherente gestor cultural que desde hace cuatro decenios ha entendido el oficio literario como una herramienta de servicio al país y a su mejoramiento social, moral y humano.

La Secretaría de Estado de Cultura,  junto a la Fundación Corripio, que organiza y administra este premio mayor de las letras nacionales, reverencia y exalta la obra de vida de este entrañable amigo, compueblano y maestro.

Querido Bruno: Durante cuarenta años el apostolado literario que iniciaste en la Moca que nos une a ambos, no ha hecho otra cosa que crecer, que agigantarse, como el gigante gigantario que alguna vez Ramón Francisco acuñara para definir a Domingo Moreno Jimenes. En ese apostolado, se inscribe tu obra literaria y tus aportes al desarrollo de la crítica literaria en República Dominicana.

Tu hoja de servicio al país cultural dominicano se inició en Moca junto a otro gran amigo y compueblano, Adriano Miguel Tejada, y con palabras de Adriano quiero terminar las mías esta noche, no sin antes resaltar como la amistad, en tiempos donde con frecuencia se desvinculan los afectos y las deslealtades oscurecen viejas querencias, sigue vigente en tus amigos de hace cuarenta años. Estas palabras de Adriano, que suscribo, lo atestigua:

 “El premio llega a tiempo porque no es el reconocimiento a la obra hecha, sino a la que falta por hacer: a los diccionarios que enriquecen el idioma, al rescate del estado dialectal de los dominicanos y la siembra de belleza y dulzura.

Como amigo, hermano y compañero de Bruno, siento que el premio rescata los valores que sostienen el alma nacional y que él representa: la lengua, la perseverancia y la entrega generosa”.

Teatro Nacional Eduardo Brito
19 de febrero de 2008

En síntesis
 Un reconocimiento muy particular

No es a la obra hecha sino a la que falta por hacer y a la siembra de belleza y dulzura. “Como amigo, hermano y compañero de Bruno siento que el premio rescata los valores que sostienen el alma nacional y que él representa: la lengua, la perseverancia y la entrega generosa”. Adriano Miguel Tejada