Disquisiciones dantescas

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PEDRO GIL ITURBIDES
Pienso aprovechar que los legisladores iniciaron hace poco su ejercicio congresional para proponerles un novedoso anteproyecto de ley. Todavía no está escrito, pues no lo he sacado de la mollera. Estoy cocinándolo, sin embargo, pues satisfará una ambición colectiva, que nos viene de antaño. Se trata de una ley que permitiría que todos los dominicanos, al nacer, reciban una licencia para el porte y tenencia de armas de fuego. La expedición de la misma antecedería al acta de nacimiento, pues ésta tendría una numeración vinculada con aquella.

No me negarán que les gusta el proyecto. La concepción de éste surgió el domingo mientras, tranquilo, marchaba con la familia a devolver una pequeña piscina plástica. La menor de mis hijas, María Rosa de los Angeles, cumplió once años la semana anterior. Deseaba que Rossy le invitara condiscípulas, vecinitas y a su prima Alicia, la dueña de la piscina. Su mamá se acogió a regañadientes a sus deseos, pues presagiaba suciedad, gripes y otros tormentos. Pero.

El sábado tuvo lugar el baño de mangueras y piscina portátil, el corredero en bicicletas y la lanzadera de vejigas llenas de agua. Y el domingo, la devolución de la piscina. Viajábamos todos rumbo a la casa de mi suegra Concha, cuando el artefacto plástico salió volando por el impulso de una brisa aleve. Frené, al tiempo en que, de entre los vehículos que se movían en sentido contrario, se detenía un camión. Rossy advirtió que un jovencito bajaba del vehículo y corría rumbo a la piscina.

Mira qué bien, nos va a ayudar, observó, ingenua, mi mujer.

Aprensivo y desconfiado, en cambio, aceleré la marcha en retroceso, con el cuidado indispensable para evitar una colisión con cuantos tropezaban con este signo de locura. En eso el jovencito tomó en sus manos la piscina y, raudo, se lanzó rumbo al camión. Dios me dotó de la facultad de manejar con similar destreza hacia delante y hacia atrás. De manera que avancé con mayor rapidez, y le di alcance. Bajamos todos del vehículo para quitarle al jovencito lo que no era de él. Para sorpresa de todos, armado de pistola niquelada, que brillaba a la luz del sol, bajó el conductor del camión, para arrebatarnos la piscina.

Si este digno y útil ciudadano de la Patria no consumó su despojo, y tal vez no se produjo una desgracia, fue porque, tan sorprendidos como nosotros, se detuvieron los conductores de otros vehículos. En especial, debo agradecer el gesto del señor que, en uno de esos automotores que llaman “van”, se paró con gesto de pocos amigos. ¿Quién era, quién es? No lo sabemos. Pero su presencia, su gesto, intimidó al probo, honesto y digno ciudadano que bajó de la cabina de su camión para robarle, a una niña, una piscina de trescientos pesos.

Todos pudimos irnos, para devolver a Alicia el artefacto arrebatado a un truhán. No tengo que decirles, pues ustedes lo saben, cuanto dijeron mi mujer y mis hijos. Por mi parte, comenté que este es el tipo de ciudadano del mañana al que estamos criando. El jovencito, sin duda, fue estimulado por el chofer del camión, y por eso, cuando vio volar la piscina, lo alentó a alcanzarla y llevársela. Si es su padre, ¿qué podrá decir mañana, cuando, Dios no lo quiera, apresado este imberbe muchacho en un robo de más envergadura, sea procesado en un tribunal?

Dirá como dicen muchos, que su hijo es un santo, que no sabe por qué lo han mezclado con esos tígueres, y que, por supuesto, es inocente. Lo que no dirá, ni ante el juez ni a los medios de comunicación social, es que la proclividad al robo se la transmitió él.

Fue, entonces, en la tarde del domingo, ante tan insólito intento de robo, cuando concebí el codicioso e innovador anteproyecto de ley. No se desesperen, pues. Como les dije, lo tengo todavía en la mollera, pero en algún momento sale. Entre tanto, vayan ustedes escribiendo algunos de los artículos del proyecto, para que me ayuden a darle una forma que lo vuelva irrebatible.