Divagaciones en torno a los “veinte poemas de 
amor y una canción desesperada” de Pablo Neruda

Divagaciones en torno a los “veinte poemas de  <BR>amor y una canción desesperada” de Pablo Neruda

POR LEÓN DAVID
Daré inicio a estas apuntaciones acaso demasiado desenvueltas y por entero ajenas a cualquier interés de académica estirpe, aventurando un parecer que –harto me lo temo– será calificado poco menos que de herético y escandaloso por los doctos aficionados a la lírica nerudiana.

He aquí la opinión que no sin recelo condesciendo a hacer pública: Dos Nerudas existen, siempre que de apariencias delusivas no me pague: Uno el archiconocido, el sobradamente célebre autor del emblemático poemario intitulado Veinte poemas de amor y una canción desesperada; y otro, el que con idéntico pseudónimo prodigó millares y millares de versos recogidos en numerosos impresos desparramados por todas las librerías del mundo, cuadernos con poesía casi siempre de urente y feliz inspiración cuyos nombres, sin embargo, no viene al caso traer ahora al melancólico descampado de esta cuartilla.

Dificulto que lo que acabo de aseverar no suscite la airada reprobación o la descalificación sarcástica de los estudiosos de la obra del magno bardo chileno. “Cómo se le ocurre, señor mío, -me reconvendrían ellos con tono enfático y perentorio gesto-, inventarse esos dos Nerudas?” “¿En qué se fundamenta esa idea asaz extravagante?” “¿Qué puede haber tan exclusivo, singular y diferente en los Veinte poemas de amor y una canción desesperada que autorice a presumir una manera de poetizar ausente del resto de la empinada producción lírica del vate de Temuco?”… Dicho lo cual, se apresurarán mis soliviantados contradictores a señalar que la taxativa discriminación que propongo entre el Neruda de los Veinte poemas y el que gestó la obra poética anterior y posterior a esas afortunadas composiciones de romántico cuño, amén de lucir peregrina, presenta la insuperable desventaja de su desproporción. En efecto, de consentir a la aludida tesis, de una parte tendríamos a un Neruda tipificado en un solo poemario que holgadamente hospeda en las escasas páginas de cualquier fascículo; en tanto que, de la otra, habría que colocar al autor prolífico de un conjunto abrumador y variopinto de poemas cuya excelencia y originalidad no admite controversia.

Semejantes reparos parecen muy en su lugar, y yo extraviaría el rumbo de objetar lo que tiene trazas de ser verdadero. A nadie se le oculta que, efectivamente, la división en porciones ostensiblemente desiguales de los escritos del eminente cantor andino, si de algo peca es de desequilibrio e inarmonía. Pero tiene en poco los hechos quien colige de la referida desproporción que el deslindamiento por el que abogo entre dos Nerudas distintos, se revelaría hipótesis insostenible, fruto antes del capricho que de rigurosa y atendible ponderación… No es así. Hay una razón poderosa que me ha inducido a separar del universo de la poesía nerudiana el caso sui géneris de los Veinte poemas de amor; razón que nada tiene que ver, por cierto, con mis personales predilecciones, y sí, en cambio, mucho o casi todo con la innegable preferencia de la inmensa mayoría de los lectores que alguna vez han frecuentado los predios líricos del torrencial aedo americano.

Porque no creo hallarme incurso en falsedad ni en exageración al sostener que para el gran público, para la gente común, Pablo Neruda es autor de un único poemario cuyo título reza Veinte poemas de amor y una canción desesperada. Parejo individuo no ignora, naturalmente, que el celebérrimo chileno escribió abundante cantidad de libros… Pero ¡qué más da!, tales obras no cuentan; y Neruda seguirá siendo visto solamente como el creador de los Veinte poemas. Las restantes páginas que su numen produjera no llaman la atención del hombre de la calle. Tal circunstancia explica que de los Veinte poemas de amor y una canción desesperada se hayan vendido para esta fecha más de dos millones de ejemplares, cifra en verdad asombrosa a la que no se le acerca ni remotamente ninguno de los otros títulos que el lírico de Temuco publicara.

Quien hasta estos parajes de mi cavilación ha tenido la paciencia de acompañarme, podría acaso argüir que el hecho de que el lector de a pie, el que sólo por excepción abre un volumen de versos, favorezca los Veinte poemas de amor, al tiempo que reacciona con indiferencia o desdén frente a las demás excelsas creaciones de Neruda, no demuestra que esos Veinte poemas sobrepujen, desde un punto de vista estrictamente literario o estético, las otras creaciones del insigne cantor austral…

Semejante argumentación no es incorrecta; por tanto, mucho me guardaré de recusarla. Empero, tiene un grave defecto: no viene al caso. Pues lo que estamos sometiendo a debate no concierne a los primores, perfección u originalidad del trovar nerudiano, sino a la realidad estadísticamente comprobable de que un determinado libro, los Veinte poemas, ha complacido la sensibilidad del hombre común mucho más que los demás escritos del mismo autor. Tan acusada parcialidad no es prudente tomarla a la ligera. Vaya usted a saber si me confundo, mas puesto a indagar, la aludida preferencia me encamina a la conjetura de que algo hay en esos Veinte poemas de amor y una canción desesperada de lo que carecen los posteriores libros de versos de Neruda.; algo que aun cuando no se relaciona necesariamente con la belleza formal o la ubérrima fantasía, existe y está ahí, filtrándose por la textura estrófica de esos Veinte poemas, ya que, de lo contrario, no se comprendería la adhesión permanente, profunda y general que dicho manojo de estrofas ha sabido granjearse generación tras generación a lo largo y ancho del planeta que habla el rotundo idioma castellano.

Ahora bien, por más que no ahorre esfuerzo, advierto con claridad que no será cómoda tarea convencer al lector culto de lo que el lego no necesita convencerse. Nada, en verdad, puede resultar más dificultoso que persuadir a las personas instruidas de que el sentimental y plañidero poemario que motiva estos razonamientos atesora una misteriosa virtud, un no sé qué poético que, sobre hacerlo apetecible a la muchedumbre, contribuye a distinguirlo de cuanto en punto a lírica efusión, estampara la misma esplendorosa pluma de Neruda antes y después.

Convengamos que el erudito aficionado a la poesía, en revelador contraste con el lector ingenuo, tenderá a encarecer cualquiera de las prestigiosas obras gestadas por la Musa nerudiana antes que condescender y avenirse a la primacía de los Veinte poemas, de cuyas prendas las multitudes se han dejado seducir. Ese informado apreciador de la lírica, si el tema es amoroso, quizás conceda su beneplácito a las serenamente doloridas estrofas del Farewell, incluidas en Crepusculario: Yo no lo quiero, Amada. // Para que nada nos amarre / que no nos una nada. // Ni la palabra que aromó tu boca, / ni lo que no dijeron las palabras. // Ni la fiesta de amor que no tuvimos, / ni tus sollozos junto a la ventana. O acaso decidirá que hay más gloriosa poesía de romántico corte en la inflamada retórica del libro Los versos del capitán: …limpia, levanta, / defiende / nuestro amor, alma mía. / Yo te lo dejo como si dejara / un puñado de tierra con semillas. / De nuestro amor nacerán vidas. / En nuestro amor beberán agua. / Tal vez llegará un día en que un hombre / y una mujer, iguales / a nosotros, / tocarán este amor, y aún tendrá fuerza / para quemar las manos que lo toquen.

También podría suceder que ese refinado y exigente lector nos recuerde el asombro, la conmoción que en el medio literario produjo las sonámbulas imágenes nunca antes pergeñadas , de Residencia en la tierra: Entre sombras y espacio, entre guarniciones y doncellas,/ dotado de corazón singular y sueños funestos, / precipitadamente pálido, marchito en la frente / y con luto de viudo furioso por cada día de vida, / ay, para cada agua invisible que bebo soñolientamente / y de todo sonido que acojo temblando, / tengo la misma sed ausente y la misma fiebre fría….

O tal vez entienda el lector culto que los Veinte poemas de amor y una canción desesperada no admiten comparación, en orden al ímpetu y brillantez del lenguaje, con algunas de las magistrales composiciones que nos obsequia el Canto general: Antes de la peluca y la casaca / fueron los ríos, ríos arteriales: / fueron las cordilleras, en cuya onda raída / el cóndor o la nieve parecían inmóviles: / fue la humedad y la espesura, el trueno sin nombre todavía, las pampas planetarias. // El hombre tierra fue, vasija, párpado / de barro trémulo, forma de la arcilla, fue cántaro caribe, piedra chibcha, copa imperial o sílice araucana. / Tierno y sangriento fue, pero en la empuñadura / de su arma de cristal humedecido, / las iniciales de la tierra estaban / escritas. // Nadie pudo / recordarlas después: el viento / las olvidó, el idioma del agua / fue enterrado, las claves se perdieron / o se inundaron de silencio y sangre.

Reconozcámoslo: no veo la inconveniencia de aceptar que en la opima cosecha literaria de Neruda topamos con innumerables páginas cuya perfección formal, musicalidad envolvente, novedosas imágenes o estro desenfrenado podrían inducir a que las reputemos estéticamente superiores a los Veinte poemas de amor y una canción desesperada. Pero semejante superioridad que en modo alguno pongo en tela de juicio no impide que el grueso de los lectores que a la monumental obra de Neruda se asoman, continúe mostrando año tras año decidida predilección por las emblemáticas estrofas de los Veinte poemas, al extremo de que muchos de los versos de ese venturoso cuadernillo manifiestan una turbadora cuanto pegajosa propensión a adherirse como arañas a las paredes de la memoria. ¿Quién no recuerda estas frases cadenciosas: Ah vastedad de pinos, rumor de olas quebrándose; Y las miro lejanas mis palabras. / Más que mías son tuyas. / Van trepando en mi viejo dolor como las yedras; Te recuerdo como eras en el último otoño. / Eras la boina gris y el corazón en calma; Hemos perdido aun este crepúsculo. / Nadie nos vio esta tarde con las manos unidas / mientras la noche azul caía sobre el mundo; Me gustas cuando callas porque estás como ausente; Puedo escribir los versos más tristes esta noche.

¿Por qué el lírico desplante de los Veinte poemas ejerce una fascinación en el lector común harto más acentuada que la que logra suscitar el resto de la poesía de Neruda?… He aquí un conato de respuesta a tan enigmática cuestión: La juvenil y apasionada transparencia que dignifica el sentimiento amoroso justo antes de que éste se precipite por la pendiente del lacrimoso sentimentalismo es acaso no única pero sí causa principal de que los Veinte poemas de amor y una canción desesperada conserven esa eterna frescura, ese aspecto rozagante y suelto, en suma, primaveral que en vano buscaríamos en otros textos del vate chileno. Y es esa pureza de agua de remanso, esa sencillez, esa ardiente y desnuda castidad cuasi adolescente la que convoca a las páginas de los Veinte poemas oleada tras oleada de anhelosos lectores.

En un lúcido y conmovedor ensayo, Stefan Zweig refiere del poeta maduro Hugo Von Hoefmannsthal que nada lo honra tanto como “el hecho de no haber intentado reproducir posteriormente, ni por una sola vez, artificial ni artesanalmente, a aquel mágico estado de sus comienzos, ni pretender fingir con afeites aquella ingenuidad infantil, ni simular una embriaguez que ya no agitaba su alma ni residía en su sangre.”.

La aludida inocencia y juvenil encanto, que sólo un instante dura y luego no es posible recuperar, está en el origen del imperecedero hechizo que los Veinte poemas de amor ejerce en sus lectores.

Acierta Stefan Zweig cuando sostiene que “la esencia y eficacia de la poesía siempre estarán envueltas en el misterio.”… No pongamos esa verdad en duda ni por un instante. Y el misterio de los Veinte poemas de amor y una canción desesperada hay que adscribirlo, si no me engaño, a la risueña virtud de la mocedad.

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