Doble matanza materno infantil

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Nada más agradable en el béisbol que cuando nuestro equipo está jugando a la defensiva y el contrario tiene un pelotero en primera con uno retirado, bateando el cuarto de la alineación y produce un batazo en donde la bola rueda de manera rápida entre la segunda y la tercera base. La atrapa el campo corto y lanza la pelota a la segunda base quien la recoge, pisa la almohadilla y la envía a la primera base, para así completar la doble jugada que pone fin al episodio y por ende a la amenaza que representaba la potencial carrera en los pies del corredor en primera. 

Muy distinta es la situación cuando ya no se trata de un ejercicio deportivo sino de dos vidas, una de las cuales no ha conocido todavía el mundo extrauterino y la otra es apenas una adolescente en el resplandor de su juventud. Bastante se ha discutido y escrito acerca de la compleja temática del embarazo en adolescentes y los riesgos que ello implica; sin embargo, rara vez hemos querido penetrar en la profundidad de las raíces que alimentan  ese frondoso árbol dañino. Aumenta a diario el número de niñas que no bien experimentan sus primeros ciclos menstruales cuando ya salen encintas, sin remotamente estar preparadas para ser madres.

Son muchas las jovencitas que tras sostener precoces relaciones sexuales se encuentran ante la desagradable sorpresa de ver interrumpido su acostumbrado ciclo menstrual. Es entonces cuando se dan cuenta de que el óvulo generado por su ovario ha sido fecundado y que ya en su útero anida un nuevo ser. En el caso que nos concierne se trata de una graciosa y hermosa doncella con apenas quince abriles cumplidos, quien corrida de la vergüenza y el miedo no tuvo el coraje para comunicar a sus progenitores que cursaba el quinto mes de gestación. Prefirió ir en busca de los consejos de amigas a fin de deshacerse del no anhelado regalo.

Tomó medicamentos abortivos y aparentemente se sometió peligrosas manipulaciones físicas para ponerle fin al feto que ya venía dando señales de vida dentro del vientre materno.  La atribulada jovenzuela fue conducida en estado crítico casi agónico a la emergencia hospitalaria en donde pereció a las pocas horas de su ingreso. La autopsia mostró una matriz en proceso de gangrena y un feto despedazado dentro de la cavidad endometrial. Una mortal infección se había adueñado del bello cuerpo de la muchacha, convirtiéndolo velozmente en una entelequia en cuyo semblante se leía el fatídico rostro de la muerte.

Este tipo de tragedia humana no es rara en la sociedad y los tiempos que nos está tocando vivir, muy al contrario, es cada día menor la edad del primer embarazo en el país.

A nadie le sorprenden las decenas de chicas con doce y trece años en las consultas prenatales. Es aún superior la proporción de jóvenes embarazadas que no se someten a los chequeos obstétricos reglamentarios tal vez por temor a ser descubiertas por padres y familiares.

En la doble matanza narrada no ha habido equipo vencedor; todos hemos perdido, si acaso alguien ganó, con toda seguridad que tiene que haber sido el cementerio.