Dominicanos y haitianos, ¿creced y multiplicaos?

POR ROSARIO ESPINAL
El pensamiento social conservador contemporáneo tiene dos pilares ideológicos: uno, que el individuo, no la sociedad, es responsable de su situación; y dos, que los dogmas religiosos constituyen la base moral de la sociedad. Estas ideas, aunque a veces coincidentes, no siempre coexisten en armonía, porque las religiones para poder operar como sistemas dogmáticos de valores y normas, restringen las opciones y acciones de las personas.

Mientras el individualismo se fundamenta en la idea de que la libertad personal conduce a mayor prosperidad porque se maximizan los esfuerzos y beneficios, las religiones dictaminan los constreñimientos a esa libertad. El argumento individualista de que cada persona toma decisiones para su propio bienestar, y por ende, para el colectivo, ha tenido efectos importantes en el campo político.

Por ejemplo, ha debilitado el papel del Estado en la formulación de políticas públicas, ya que asume que los ciudadanos, por sí mismos, buscarán la forma más adecuada de mejorar su vida.

Por otro lado, los esfuerzos por hacer de las religiones un factor significativo en la ecuación política con el objetivo de moldear las políticas públicas, han llevado a suponer que las creencias religiosas pueden prevenir y resolver los problemas sociales. El impacto de estas ideas en la estructuración de las sociedades contemporáneas es extenso y diverso. Un área donde se nota la influencia es en las políticas demográficas.

A diferencia de los años 60 y 70, cuando proliferaron los programas para reducir el crecimiento poblacional, recientemente ha predominado un desinterés por los programas de control de la natalidad.

Estados Unidos, país pionero en los años 50 y 60 en el financiamiento internacional para políticas de control natal, bajó el perfil de ese objetivo en sus programas de desarrollo después del ascenso de gobiernos neoconservadores, de sesgo fundamentalista, a partir de 1980. Desde la izquierda, el control de la natalidad en países pobres fue siempre visto como una forma de opresión imperialista; mientras distintas religiones han seguido adscritas a la vieja idea de creced y multiplicaos.

En esta confluencia de perspectivas, las políticas públicas de control de la natalidad perdieron vigencia en los últimos 25 años y se ha dejado a la voluntad individual la decisión de procrear.

En sociedades donde la población tiene un alto nivel educativo, se produce de manera voluntaria una reducción rápida y significativa del número de hijos; no así en sociedades con un bajo nivel educativo.

La razón es sencilla. A mayor escolaridad, mayor comprensión del costo económico y personal de criar hijos, y mayor acceso a los servicios de salud, incluidos los métodos anticonceptivos.

Cuando la población promedio tiene un bajo nivel educativo, como sucede en República Dominicana y Haití, la reducción del crecimiento poblacional es lento y las tasas de natalidad se mantienen relativamente altas en un contexto precario de ofertas de empleo y movilidad social. En estas condiciones es vital que el Estado tenga una política explícita y coherente de control de crecimiento poblacional.

Se requiere, por ejemplo, educación sexual masiva a través del sistema educativo y los medios de comunicación para que la población, sobre todo joven, adquiera conciencia del impacto negativo para la salud y el bienestar social de los embarazos a temprana edad. El Estado debe también ofrecer amplios servicios de salud enfocados en la prevención de embarazos, porque es muy difícil que la abstinencia voluntaria, por la que abogan distintas religiones, funcione como método efectivo de control de la natalidad.

Para la República Dominicana y Haití, el control del crecimiento poblacional es crucial para lograr cierta mejoría en las condiciones de vida, e incluso para la viabilidad de estas naciones.

Ambos países comparten una isla pequeña, tienen una alta densidad poblacional, y una tasa de natalidad mayor que el promedio para América Latina y que la mayoría de los países latinoamericanos. Según datos de las Naciones Unidas, la densidad poblacional promedio de América Latina en 2005 era 27 habitantes por kilómetro cuadrado, mientras en República Dominicana era 195 y en Haití 335.

Datos de la Comisión Económica para América Latina (CEPAL) indican que la tasa promedio de crecimiento poblacional estimada para el 2005-2010 es 13.7 (por mil personas) en América Latina, 14.7 en República Dominicana y 17.8 en Haití. La tasa promedio de fecundidad estimada para el 2005-2010 es 2.43 hijos por mujer para América Latina, 2.55 para República Dominicana y 3.6 para Haití.

Ante estas cifras es una irresponsabilidad de los gobiernos de República Dominicana y Haití no tener una política coherente de control de crecimiento poblacional. La explosión demográfica es grave en el caso dominicano y gravísima en el haitiano.

La isla de Santo Domingo cuenta ya con una población que se aproxima a 20 millones de habitantes, mucho más que Cuba que tiene mayor extensión geográfica, mejor sistema educativo y de salud.