Don Antonio Imbert Barrera, ¡un responso!

Don Antonio Imbert Barrera, ¡un responso!

Pasados los 9 días de su fallecimiento, quiero hoy “compartir algunas memorias” sobre alguien de quien tuve la dicha de estar entre sus médicos por más de 20 años, honor que compartí con colegas de la talla de Alberto Santana Núñez, Eduardo Mejía Jabid, Rafael Guillén Marmolejos, Félix Escaño Polanco, Miguel Martínez, etc. Deseo “conversar” con mis amables lectores solo sobre el “hombre amigo”, por haber sido su médico, respetando las situaciones políticas y militares que le tocaron asumir en su vida, que correctas o no, fueron enfrentadas todas ellas con la máxima valentía, con la gallardía propia de un caballero del Medioevo cuando le “tiraban el guante en la cara”.
Ese era: un mortal, un sencillo ser humano de trato afable, a quien nadie osaría cuestionarle su valentía. Valentía, no es solo quien tiene el inmenso coraje para tomar las armas en actitud bélica o tomar decisiones mayores para defender una causa que considera justa. Al valorar la noche del 30 de mayo, debemos reflexionar sobre la bravura de todos esos hombres participantes. Podemos inscribirla en algo similar a la soñadora utopía de los antiguos griegos, buscando ellos en la Ilíada y la Odisea navegar más allá de las altas columnas de Hércules, que ostentaban la libertad y a lo que solo se atrevían los muy valientes en procura de alcanzar el paraíso y la gloria.
El valor representa un dominio de la inteligencia sobre las superficialidades y las profundidades del diario vivir. La razón exige quizás más fuerzas y coraje para soportar las limitaciones, las circunstancias adversas sin odios, sin rencores, ni lamentaciones. En ese sentido, le pregunté un día que si le guardaba rencor a aquellos que intentaron asesinarlo, a lo que él me contestó: “no me interesa saber quiénes fueron, yo los perdono de todo corazón”.
El patriota, eso es indiscutible, esto siempre llameó en su corazón. El país estuvo por encima de su propio ser, el patriotismo en él fue una vocación demostrada en sus servicios al país, sin importar creencias o credo político ni condición ni tiempo, siempre defendió los sagrados atributos de la patria.
Vivió como todo ser humano falible, “con anversos y reversos”, con pros y contras, siempre me decía: “Doctor, ni usted ni yo somos pepitas de oro para que todos nos quieran”. Fue sin lugar a dudas, el significado razonable de una muy buena perspectiva de coexistencia en nuestro país. Le dolía todo lo concerniente a la tierra que lo vio nacer (doy fe, fui testigo de que ayudó a mucha gente). Recuerdo decirme: “Doctor, qué pena que no nos entendamos todos como hermanos, parece que se ha perdido la fe en el futuro del bienestar como nación. Deben ustedes los más jóvenes luchar permanentemente por mejorar las condiciones de la educación, para evitar otra dictadura”.
Ese era él, un hombre empeñando muy sinceramente por el progreso nacional, con más aportes, seriedad y perseverancia que muchos de los frusleros que lo adversaron y que se ensañan ahora, después de su muerte. Al agravarse su salud, le expresé a la gentil doña Giralda su dedicada compañera, que el final estaba cerca, pero como sempiterno gladiador “cabaloso” luchó hasta el final para diferenciarse y murió el 31 de mayo.
Yo, reverente, leo poemas del inmenso bardo mexicano Octavio Paz de su obra “Delta de Cinco Brazos”, para intentar conceptualizar la despedida de este prohombre: “-no pasa nada, solo un parpadeo del sol, un movimiento apenas, nada, no hay redención, no vuelve atrás el tiempo, los muertos están fijos en su muerte y no pueden morirse de otra muerte, intocables, clavados en su gesto, desde su soledad desde su muerte sin remedio nos miran sin mirarnos, su muerte es la estatua de su vida, un siempre estar ya nada para siempre, cada minuto es nada para siempre, un rey fantasma rige tus latidos y tu gesto final…” ¡Don Antonio, el pórtico del Panteón Nacional ya lo espera!

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