Don Juan

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CARMEN IMBERT BRUGAL
Protagonista estelar, ocupó aquellos días de esperanza y dolor, de asombro y entusiasmo. Un despertar tardío después de tres décadas infames. Había otras acechanzas, otros conflictos. Desde su arribo lo persiguió la intolerancia. Llegó y empezó a recorrer y reconocer un territorio ajeno y querido. Comenzó a deletrear miserias, a nombrar desigualdades, a construir con palabras un camino distinto. Establecía relaciones entre viejos y jóvenes, hilvanaba parentescos con los recuerdos necios que permiten atenuar la desolación del exilio. Rechazó la hiena regodeada en el odio.

“El odio responde hoy con furor popular. No podía ser de otra manera. Tenía que ser así. Debió haber aparecido a tiempo una mano que colocara sobre las heridas del pueblo el bálsamo del amor, el bálsamo de la convivencia, el bálsamo de la democracia, el bálsamo de las libertades populares…” (J.Bosch 20.10.1961).

Portador de un discurso redentor desconocido, inaceptable, expuesto con una lucidez sin fanfarria. Pero todavía era temprano, equivocó el tiempo. Porque los hijos de machepa no debían saber su origen y los tutumpotes tenían que continuar disfrutando sus privilegios. Porque la ignorancia era un designio y la posibilidad de enmendarla una afrenta. Porque a los políticos les bastaba mandar, usurpar. Defender el patrimonio y conservar un poder depredador, apto para conculcar libertades desde el asomo de la disensión o de la inconveniencia.

Austero, sin más ostentación que el talento paseó por los parajes nacionales su propuesta. Sorteó peligros inimaginables, desoyó adversarios inicuos, propaladores de infamias, relatores de audacias e infracciones jamás cometidas. Mi infancia lo vio sobre una mecedora. Crecí con el recuerdo de sus manos y su cariño en la memoria. Fue presencia en mi familia materna a partir de aquella mañana cuando uno de los diez hijos de la abuela entró con él a la casa. La mecedora lo esperaba como si hubiera estado aguardándolo desde el año que eligió el ostracismo triste e incierto. Intercambió con la anfitriona recuerdos catalanes, castellanos y cubanos. Los viandantes se acercaban a la galería y disimulaban la curiosidad. La costumbre del miedo desaparece lentamente. Imponente, elegante, conversador exquisito, el entorno lucía arrobado. La abuela, perspicaz y discreta, atenta y escudriñadora, no necesitó profusión de indicios para convencerse que el mayor de sus varones, médico querido en la provincia, había enganchado en su corazón al visitante. Además de compartir ideas, los unía la experiencia cubana, ancestros similares, la devoción por el país y un tenue parecido físico que el paso de los años acentuó. Los unía ese intransigente apego a la honestidad que hizo del galeno puertoplateño un hombre respetable y del político dominicano un paradigma. Las visitas se repitieron y la amistad se fortaleció más allá de la coyuntura.

Incólume hasta en el momento de la traición y la asonada. Frente al riesgo presentido o provocado, Don Juan supo que era mejor preservarse y no perecer. Tal vez la ilusión y el compromiso del retorno le impidieron evaluar las consecuencias del atrevimiento. Su triunfo en las elecciones de diciembre -1962- fue imperdonable. Todos a una gestaron el plan. Grupos dispersos unieron sus apetencias para la hazaña vergonzante. Entonces dijo: “Ni vivos ni muertos, ni en el poder ni en la calle se logrará de nosotros que cambiemos nuestra conducta. Nos hemos opuesto y nos opondremos siempre a los privilegios, al robo, a la persecución, a la tortura. Creemos en la libertad, en la dignidad y en el derecho del pueblo dominicano a vivir y a desarrollar su democracia con libertades humanas pero también con justicia social…

Manuel del Cabral aseveró, refiriéndose al amigo presidente: “ Con la libertad que les dio a sus enemigos le quitaron la suya…” Navegó con destino incierto, después del golpe de estado. La alfombra de muertos y mezquindades, las complacencias y las cobardías, acompañaron su segundo retorno. Comenzó otra historia. Unos lo esperaban doblegados, otros defendiendo convicciones y dispuestos a seguir.

Maestro del cuento hispanoamericano, enjundioso analista, ensayista estupendo, fundador de dos partidos, autodidacta erudito, artista sacrificado en el cuerpo de un político, Don Juan actuó como aún no ha actuado ningún hombre público dominicano. Sin pretender la subversión su autenticidad fue provocadora. Hablaba de amores y desamores, disfrutaba el teatro, asistía al cine, a las exposiciones de pinturas. Confesaba su afición por el café y el cigarrillo, disfrutaba el mar, exaltaba la belleza, seducía. Compartía con escritores sin nombradía, leía sus palotes y comentaba las osadías literarias de imberbes creadores. Sorprendía con una llamada telefónica para preguntar ¿cómo estás? Su vida tuvo como demarcación la ética, por eso no cupo en el Palacio Nacional. Algunos congéneres prefirieron usar en su contra el dicterio, algunos protegidos recurrieron a la vileza cuando su cerebro se desgastaba. Decidieron privarlo de afectos incondicionales, imponiéndole lealtades de vodevil.

Con su terquedad y arrebatos, su ternura y rencores, sus historias repetidas y encantadoras, sus caprichos, su insospechada solidaridad y atinada indiferencia. Con su rigor y capacidad de trabajo, sus elucubraciones y desapegos afectivos, Juan Emilio Bosch Gaviño, dejó una impronta insuperable, más allá del mísero quehacer político vernáculo. Regatearle homenajes poco importa. Ahora Don Juan no depende de nadie, es absolutamente libre. Habita el predio de la inmortalidad.