Don Manuel Corripio

VÍCTOR GÓMEZ BERGÉS
Cuando mi familia vino a residir a la capital recuerdo como hoy, el día que mi padre llegó a la casa y comentó haber conocido un hombre “fuera de lo común”, fue su expresión. Se trataba de Don Manuel Corripio. Don Manuel tenía sus negocios instalados al comienzo de la calle Emilio Prud”Home. Fue uno de los primeros amigos que cultivó al llegar a Santo Domingo. Siempre le escuchaba relatar a la hora de almuerzo -cuando todavía las familias almorzaban unidas- algunos de los comentarios que externaba en sus tertulias o las observaciones que hacía o advertía en él.

Nos destacaba la principal condición que acompañó a don Manuel hasta la tumba, su vocación al trabajo. Siempre resaltaba que era el primero en llegar al negocio.

“Cuando vine al país casi un niño solo tenía unos pocos pesos en el bolsillo” le comentó a mi padre y comencé a trabajar a una familiar muy cercano que ya residía aquí. La empatía surgida entre estos dos hombres, fue fruto de un inicio de vida común.

De esa manera comencé escuchar hablar de ese otro “capitán de empresa” como define el intelectual dominicano Alvaro Arvelo a su hijo Pepín.

Don Manuel se tornó en nuestro hogar en tema obligado de conversación, cada vez que mi padre le visitaba. Algún mensaje edificante suyo traía.

Pasó algún tiempo cuando me inicié, muy joven en la carrera pública -a los 25 años-, de ahí en adelante don Manuel se convirtió en un seguidor permanente del accionar -del hijo de su amigo-. Cada vez que concurría a un programa de TV, o leía declaraciones en la prensa, que entendía merecían algún comentario, me llamaba para hacérmelo. Pero cuando Don Manuel se convirtió realmente en un verdadero observador de mis actuaciones, fue al ir repuntando en mi carrera pública.

A don Manuel le preocupaba el crecimiento “vertiginoso” de la misma y él, hombre observador y agudo, siempre me aconsejaba, “cuídese de ese hombre que los líderes son celosos”. No llegaba a entender el alcance de esos consejos y le analizaba, que no veía motivo de celos, porque yo era muy joven y el Presidente muy experimentado, además, nadie pensó nunca en la largueza de la vigencia política de este otro hombre excepcional, al extremo que pudiéramos en algún momento chocar.

De todas formas, sus consejos fueron proféticos.

Hace largo tiempo, una mañana me llamó que quería verme para comentarme algo. Eran momentos en que atravesaba serias dificultades políticas con Balaguer y la noche anterior éste se había reunido en la residencia de Pepín con un grupo de amigos y en un momento, don Manuel se le acercó a tocar el tema de “mi amigo Víctor Gómez”, resaltándome cuanto éste me había ponderado. Mi respuesta a don Manuel fue, además de agradecerle el fino gesto, decirle que conocía muy bien el personaje y que los comentarios, era una salida inteligente, pero en el fondo seguiría pensando igual.

Sabía que los generosos comentarios de don Manuel los motivaba el viejo afecto a mi padre y el seguimiento que le venía dando a mi carrera política. Sin embargo, el peso de los comentarios de don Manuel calaron en el ánimo de su interlocutor de tal manera que en encuentro posterior, Balaguer me dijo: “no sabía que don Manuel Corripio le estimaba tanto” y realmente, a partir de esos comentarios las cosas comenzaron a cambiar entre el líder y el seguidor.

Hará tres o cuatro años, conversando con Balaguer acerca del deterioro en que se encuentra la sociedad dominicana, el grado de corrupción que nos azota y la grave inversión de valores que dominan el mundo, llegamos a la conclusión que este cáncer en gran medida se nos ha inoculado por la carencia en nuestro medio de hombres paradigmáticos en los últimos tiempos, y pasando revista, saltó entre nosotros, como disparado por la fuerza de las convicciones y el conocimiento, el nombre de don Manuel, comentándome, “nunca había conocido un hombre más trabajador, consagrado y serio como el Sr. Corripio y por ese mismo camino va el hijo. De tal palo tal astilla”, me comentó.

A don Manuel aprendí a estimarlo, con un afecto especial, mezcla agradecimiento, admiración, simpatías. Y convertí en hábito visitarlo periódicamente en su residencia donde junto a doña Sara, escuchaba sus sabios consejos. Derrochaba sabiduría, no de la que se adquiere en las universidades, sino en la vida. Cuanto agradezco a Dios haber conocido y tratado un hombre tan noble y bondadoso como don Manuel Corripio.

Relato estas vivencias para rendir homenaje a la amistad desinteresada de ese hombre realmente excepcional, quien sin llegar a ser un sólido intelectual como el hijo, pues ni los tiempos ni las circunstancias se lo permitieron, fue grande de alma, en bondad, en concepto, en su amistad, en humildad, en vocación de servicio, en amor a doña Sara y con su familia.

El país no olvidará nunca a don Manuel Corripio como paradigma de seriedad, hombría de bien y dignidad.