Don Manuel Corripio

UBI RIVAS
Don Manuel Corripio García, que agotó el ciclo vital el día nueve del presente mes, fue el roble enhiesto y también umbrío, que resistió todos los vendavales y retos de la vida, permaneciendo como un soldado del deber y la creación fructífera, al pie del cañón justo hasta momentos antes de sus fuerzas físicas rendirlo.

Algún aeda podría inspirarse fácil en don Manuel, el decursar de su vida, y conciliabular en referencia de su vocación templada por el trabajo, desdeñando el decir que afirma que es tan malo que pagan para hacerlo.

Hizo del trabajo una filosofía, un curso de acción vital, un estilo de vida, sin parpadeo nunca “ni para coger impulso”, siempre atento, eficaz, tesonero, justo, lo primero, decía el Padre de la Patria, si queremos ser libres.

Otro aspecto inspirador de una loa lo constituye su humildad, el esforzarse inútilmente en pretender pasar inadvertido, por debajo de la puerta, porque su dimensión se lo impidió siempre, en no pretender para sí nada más que lo imprescindible para subsistir, que si se mira con imparcialidad, resulta bien poco, poquísimo.

No solamente por la exigua capacidad del proceso de combustión biológico, sino más bien por la fragilidad del ser y la brevedad de la existencia.

Todas esas limitaciones constituyeron para don Manuel una referencia, un marco de procedimiento, una línea conductual que en él asumió la escala y determinación de leit motiv.

La aparatosidad, el aguaje, la fanfarria, la altisonancia, grosería, altivez, desconsideración, nunca resultaron incorporarse a su gestualidad, a su diccionario, a su praxis, a su cosmos de interpretar la correlación con sus semejantes, en el esquema suyo de una sociedad civilizada, estigmatizando el resto como el instinto tribal, conectado con lo pedestre, primitivo, tosco y burdo, que siempre mantuvo a la distancia del brazo.

“Todo lo que se diga de él es poco y es cierto”, me acotó en el funeral su único hijo, José Luis, Pepín para todos, transido por el dolor de enfrentar la pérdida física de su progenitor, experimentando hace apenas 48 meses la pérdida de su progenitora, doña Sara Estrada de Corripio.

Pérdida física, expreso, porque memorial resulta inmarchitable, ejemplo constante, como un tic tac de reloj, que impulsó toda una filosofía de vivir, compartir, prodigar, producir, trabajar, interactuar, disfrutar con saberse capaz, idóneo, sin transgredir ni en un ápice, las formas excelentes, las recomendaciones que vigorizan la reputación, el candor de las tradiciones añejas y rancias que nos legaron los antepasados en relación a la forma de conducirnos en este efímero valle de interacciones que llamamos vida.

En ese tráfago de referencias altas, añadir una, sigilosa, sin que la mano derecha supiese jamás lo que hacía la izquierda, con un brazo echado al cuello del amigo, y el otro deslizando en la faltriquera ajena el bálsamo que, como un antiinflamatorio, reducía las angustias, y entonces rogar no chistar, porque era de profundis que surgía el imperativo samaritano, que fue en él un credo, una consubstanciación irresistible por la munificencia que siempre insistió pasar por inadvertido.

Esos son legados, principios, dechados en la praxis de don Manuel Corripio García, que legó a los suyos, que no solamente fue su único hijo, nietos y demás familiares, sino que fue prótesis para todos los que le apreciamos y nunca olvidaremos del todo. Paz a sus restos.