Donaciones y banderías

Si los candidatos presidenciales aparcaran sus aspiraciones por respeto al desasosiego colectivo por la covid-19, recogiéndose mientras pasa lo peor, recurriendo únicamente a la belleza de las teorías para relumbrar como los mejores de la bolita del mundo sin soltar un céntimo, habría derecho a reclamarles que hablen menos y hagan más. Que sean tangibles desde ahora con sus buenas intenciones. En cambio, los gestos humanitarios de algunos de ellos (a veces de asombrosos costos) les hace objeto de otras críticas: que imprimen un fuerte y políticamente interesado tinte personal a las obras de bien; que se afincan en urgencias a vida o muerte de esta sociedad para atraerse votantes con novedosos roles de ángeles de la guarda. Palo si bogan y palo si no bogan. Suspicacia con el sentido de oportunidad lo mismo que para cualquier muestra de sensibilidad.
No procede en modo alguno que las competencias por cargos electivos adquieran apariencia de subastas a ver quién da más cuando lo que se necesita es convencer al electorado de las virtudes que reúnan los “subastadores” para dirigir el Estado, al margen de lo llena que puedan estar sus alforjas. Por demás, aunque sus entregas y favores van a noble causa, tales cooperaciones deben estar certificadas en sus procedencias aunque suele hacerse constar el uso de recursos derivados de inversiones privadas y de partidos solventados por amplio patrocinio ciudadano y estatal.

Restricciones de efecto contrario

Guardarse entre paredes es un buen consejo, pero algunos de los impedimentos a moverse que buscan propiciar aislamientos tienden a resultados diferentes. Las multitudes que llenan los frentes de sucursales bancarias derivan de “saludables” medidas que reducen frustratoriamente jornadas de operaciones y desactivan parte del personal en servicio. Para el común de los dominicanos su fuerte no es manejarse “on line” financieramente desde casa. Abracadabra a distancia y ya está.

Otras alternancias por día que encargan a pocos servidores labores esenciales, el límite de permanencia de clientes en supermercados recortados de horario y la lentitud de centros de salud pobremente activos para atender pacientes, hacen inevitable a mucha gente estar más tiempo en la calle. A los que fijan normas les falla la puntería.