Donald Trump, el vencedor: del dicho al hecho

Muy pocos lo consideraban posible. Algunos más lo creían improbable y casi todos un imposible. Miraban desde las gradas. No queriendo aceptar que lo imposible en política no existe, y solemos desterrarlo. Admitimos la realidad preferida por personas que estimamos racionales e inteligentes como nosotros mismos pero negamos tales cualidades en quienes disienten. Los que piensan de manera distinta por convicción, conveniencia o por temor de que las cosas sigan como están, sin cambio alguno que la modifique y que pujan por algo diferente; o, al menos, que surja alguien, trace una raya y ponga a temblar, a mirar del otro lado poniendo desde su prisma freno al desenfreno que amenaza su seguridad, sus intereses, hábitos y creencias. Su identidad nacional, en este caso. ¿De cuál realidad se trata, la que denuncia Trump o la que oculta Hillary? La fea realidad que unos quisieran olvidar y otros desaparecer golpea y, al final, se impone. Ese es el escenario de los Estados Unidos y sus pasadas elecciones.
Solo él, Donald Trump, “el ignorante, el peligroso, el miserable payaso a tiempo parcial y sociópata a tiempo completo”, como lo definiría con absoluta propiedad el reputado analista Michael Moore, escarba donde debía escarbar, sin pudor alguno. Sabía lo que quería y cómo y dónde conseguirlo. Los demócratas no se inmutaron cuando “el loco” le arrebató a los líderes del Partido Republicano la candidatura presidencial, era “un clavo pasao” vaticinando, otra vez Moore, 5 meses antes de noviembre, quién sería electo Presidente.
Ocurrió “lo inesperado” no solo por las sabidas debilidades de Hillary Clinton, una mujer seductora, experta y peligrosa, “que no transmite confianza ni honestidad. Que representa la política tradicional y no cree en nada que no lo que le haga ganar las elecciones”, concluye Moore, analizando sus desaciertos políticos y el entorno de un país racista, xenofóbico, dominado durante 240 años por el hombre blanco, nunca antes por un negro, y menos por una mujer. Alguna actitud radical o perversa debía cortar esa cadena maldita que amenaza el sueño americano de la nación más poderosa de la tierra ¡Y así fue!
Trump, el bravucón, el grosero, el provocador, el impostor millonario que se jacta de evadir impuestos, que denuncia y desafía “un sistema político inservible” que incentiva Tratados Internacionales de Libre Comercio que “arruina” los estados industriales y sus habitantes, que promueve la guerra y envía tropas interventoras, que cosecha odio, muerte y destrucción, sin importar costos y consecuencias; y, en lo interno, acoge millares de inmigrantes despreciables que despojan a los auténticos nacionalistas estadounidenses, blancos de ojos azules, de sus derechos, beneficios y privilegios, de su estilo de vida, del dominio absoluto, tal fue el discurso del despótico Donald Trump, honesto consigo mismo y con los suyos, confiado en que su lenguaje imperialista, desnudo, xenofóbico que encanta a sus electores fanatizados, le daría el triunfo ¡y así fue! Pero no todo lo tiene consigo. En una democracia afianzada en una Constitución celosa, que se respete, las cosas son distintas. Del dicho al hecho queda mucho trecho.